Una de las imágenes más desoladoras que ha dejado el deporte. El sueño roto de un niño y la decepción de romper una promesa, la que le hizo a su padre cuando le dijo que sería campeón del mundo ante Brasil. Hace 32 años, Roberto Baggio lanzó por encima del larguero el quinto penalti de la final del Mundial de Estados Unidos ante Brasil. Allí, la Canarinha ganó su cuarta estrella. Allí, 'Il Divino' erró como cualquier humano. «Todavía sueño con el penalti», confesó el protagonista en su autobiografía, pues aquel momento será eternamente vinculado a su carrera pese a la magnitud de su figura. Un icónico '10' que hizo carrera en los grandes clubes del fútbol italiano y que fue el líder de su selección. Su fallo, aquel que aún lamenta, le conectó aún más con el público. Mostrarse vulnerable lo hizo más querido, aunque si hubiera tenido oportunidad de «desaparecer» en aquel momento, «lo habría hecho», reconoció. Aquel 17 de julio de 1994, el Estadio Rose Bowl de Pasadena (Los Ángeles) era un hervidero. A las 12.30 horas y con casi 40 grados se disputaron Brasil e Italia la gloria, en la única final de la Copa del Mundo que ha terminado sin goles. Allí estaba el fotógrafo argentino Omar Torres, que trabajaba para Agence France-Presse (AFP) y tenía el encargo de, en la tanda de penaltis, capturar la reacción de los lanzadores. «A mí me dijeron: 'tu trabajo es fotografiar al que patea'», relata Torres, que cuenta con más de 45 años de trayectoria profesional tanto en fotografía deportiva como social y artística. Así, tras 120 minutos de juego, se sucedieron los lanzamientos: por Italia, anotaron Albertini y Evani, y fallaron Baresi y Massaro; por Brasil, convirtieron Romário, Branco y Dunga, y solo falló Márcio Santos. Llegados al quinto penalti, la Azzurra partía con un gol de desventaja, con lo que Baggio estaba obligado a superar al portero, Taffarel, y trasladar la presión al rival. «Entonces, llegó el momento y yo estaba muy enfocado en Roberto», recuerda Torres, a quien una fractura en el dedo no impediría inmortalizar la escena. El italiano tomó doce pasos hacia atrás y, sin apenas contener la respiración, atacó el balón decidido a igualar la tanda. Taffarel se tiró hacia su izquierda; Baggio, con maestría, alejó el balón de su alcance dirigiéndolo hacia el lado contrario. Un disparo cruzado para un diestro, rutinario para alguien de su talla. O eso creía. A lo largo de su carrera, Baggio anotó 108 penaltis y falló 18. Un 85 por ciento de efectividad. Era el Balón de Oro y, bajo sus hombros, cargaba con la promesa que le había hecho a su padre. No podía fallar. Pero, para sorpresa y lamento de todo un país, el esférico sobrepasó el larguero y certificó el cuarto campeonato del mundo para Brasil. Y entonces, «el silencio invadió todas las casas de Italia. Sobre el campo, Roberto Baggio miraba hacia el suelo con los brazos en jarra. No era una simple imagen de derrota. Era como si aquel prodigio hubiese perdido su alma». Este es el relato de Iker Ruiz (conocido en sus redes como Elefutbol), periodista y creador de contenido para las redes sociales, que antes de subir el vídeo tenía 300.000 seguidores y, un mes después de publicarlo, acumulaba ya un millón y medio. La narración combina frases demoledoras con una instrumental lenta y nostálgica: «Nunca antes se había visto una imagen tan desoladora sobre un campo de fútbol. En sus ojos podía verse la tristeza infinita, la representación de un sueño frustrado, la promesa rota de un niño que un día le juró a su padre algo que nunca le pudo dar». Golpean una tras otra. Como puñales. A esta fecha, el vídeo acumula 43 millones de visitas, como si 9 de cada 10 españoles lo hubieran visto. «No sé si he cometido el error de normalizar este tipo de cifras en TikTok, pero más que vértigo me produce la satisfacción de saber que algo que a mí me apasionaba, algo que yo llevaba dentro, le ha llegado a tanta gente», reflexiona el autor, que ha calado hondo en un público mayoritariamente juvenil que, en parte, ni siquiera había nacido cuando Baggio se retiró y ahora lo tiene como uno de sus ídolos. «Me he cruzado con muchísima gente que lleva la camiseta de Roberto Baggio y que se acercan a hablar conmigo y a decirme que se la han comprado gracias al vídeo, o sea, que les sirvió de inspiración», relata Ruiz, que descubrió la leyenda del mediapunta gracias a su padre y que, a su vez, espera transmitir a sus seguidores la «misma pasión por el fútbol» que él heredó. Iker Ruiz narró la historia 30 años después, pero Omar Torres la inmortalizó en directo. Su foto recoge todos los elementos presentes en el lugar. «El equipo ganador festejando y el que perdió con la cabeza gacha. Futbolísticamente hablando, está todo allí; la foto simplifica todo lo que fue ese partido». «Ese es mi trabajo. Plasmar la realidad en una fotografía», reflexiona Torres. Una realidad lúgubre, deprimida, de un país que quedó de luto y una persona que tardó años en perdonarse el fallo. Esa mirada perdida fue la que capturó el argentino. «Y es que tras aquel partido, en Italia comenzó a popularizarse una frase que dice: 'Sócrates murió envenenado, pero Baggio murió de pie'», cierra Elefutbol. El italiano no obtendría revancha a esa final de Mundial, no pudo redimirse, pero encontró paz. Una vez retirado, su padre le confesó que la promesa que había hecho de niño y que definió su vida era mentira. Baggio dormía con 3 años mientras Brasil ganaba a su selección en la final de 1970. Su padre lo mintió para darle un objetivo por el que llegar lejos. Ahí, el ídolo respiró. Entendió que el trayecto hasta tirar ese penalti fue su hazaña y que el cariño de la gente, la mayor de las recompensas.