Creo que fue por junio, porque el sol golpeaba con rabia mis cristales y el aire dentro del coche era caliente y denso. Me habían mandado al súper por algo que hacía falta en casa y obediente respondía a la llamada. La radio estaba apagada, cosa poco frecuente, y el silencio pesaba sobre mí como una losa. Sin saber bien por qué, comencé a tararear una canción que no había escuchado nunca. Sospecho que aquello que movía mis labios no era más que el miedo de estar solo, de recordar a alguien, de reprocharme algo, de perderme en mí mismo y no encontrar el camino de regreso. De forma mecánica, aparqué entre dos líneas pintadas en el suelo y al apearme pisé una mata de grama verde que se abría paso entre el asfalto. Sin pensarlo, saqué el móvil del bolsillo y tras buscar el encuadre propicio hice una foto. Llevo días buscándola, porque me toca escribir sobre mi compañero y amigo Raúl Pizarro y esa imagen, o tal vez el simple hecho de intentar capturarla, siempre me ha recordado a su forma de contemplar el mundo y de cantarlo.Hoy acabo de leer, por tercera vez, su estupendo poemario Con el silencio a cuestas, publicado en la colección Calle del Aire de la editorial Renacimiento con una hermosa acuarela de José Mateos en la portada. Se trata de un libro sentido y bien reposado que aborda con elegante serenidad el duelo por la pérdida de su padre y ahonda, a su vez, en la infinita capacidad redentora del silencio.Pizarro se sabe tan poeta como docente y a ambas pasiones dedica sus días: observar y desvelar. Si le preguntamos sobre el por qué de este libro confesará que, a pesar del paciente destilado del dolor, no se trata de un poemario terapéutico, pues no busca la sanación a través de las palabras, sino más bien un ejercicio de comprensión y entendimiento: comprensión de la naturaleza misma del dolor y su feroz capacidad para doblarnos como hojas de papel; entendimiento del silencio como una «necesidad interna», como un viaje a ese lugar donde se escribe y se lee, ese lento espacio donde se nos permite convertir en barcos y pajaritas aquellas mismas hojas que la vida se empeña en arrugar.culturaEl poeta observador que abraza la belleza de lo cotidiano Sergio MorenoComo ya he dicho, Raúl es compañero y amigo, pero también lo considero mi maestro. Mucho hemos compartido y mucho es lo que aprendo cada día de su sabiduría y su experiencia. No es por eso raro que me vea reflejado en mucho de sus poemas. Reflejado no como el espectador que se observa en lo escrito mirándose en un espejo de coincidencias y tópicos, sino como el alumno que encuentra en la marca de sus trazos la precisa pincelada de un artista al que admira. De este modo me veo en “Esta orilla”, en “Marcapáginas”, en “El viajante”, poemas que yo mismo podría haber escrito, si hubiera sabido encontrar las palabras necesarias para hacerlo. Siguen resonando en mí los versos de “Interiores” como un aviso a navegantes sobre el mordiente salitre de la rutina: "Para evitar más daño, escribo versos. / Soy capaz / de cualquier cosa / por este amor de cada día"; o aquel otro de “Caminando”, tan sencillo y rotundo, siete palabras que consiguen aferrarse con fuerza a mi garganta: "Puede doler la luz de unas farolas".No deseo dar a mis palabras un tono profesoral y académico. No es mi intención hacer una crítica literaria. Las reseñas, al menos como yo las entiendo, se hacen para invitar al lector a conocer en primera persona lo que otros escriben. Por ello no voy a detenerme en los ecos de sus referentes literarios, en la precisión de su métrica y la musicalidad de susversos, en su habilidad para usar el relato no lineal de los sucesos, en la estética oriental de algunas de sus composiciones… pero sí en la pureza que se destila de la voz de un poeta profundo y sincero, ecos de infancia y barrio, de tierra y sal, de un corazón que siente con hondura, de una voz que nos alcanza.Podría seguir escribiendo, pero sé que Raúl, poeta humilde donde los haya, me acusaría con voz grave por echarle tantas flores. Por eso paro, porque es su libro el que tiene que susurrar en el silencio, porque nada se puede añadir hablando de más sobre algo que ya está hecho y tan bien hecho, porque el resto de mis palabras no sería más que pura “Retórica”: «Hay un roto en el verso / por donde escapó / el silencio. / Y ya / no vuelve, no vuelve: / solo quedan palabras. / También todo es retórica / tras soltar el pincel / para limpiarlo».