Durante demasiado tiempo hemos hablado de la emergencia climática como un desafío ambiental, económico o energético. Pero cada vez resulta más evidente que, sobre todo, es una crisis de salud pública. Y, como toda crisis sanitaria, tiene víctimas. La emergencia climática mata.No se trata de una afirmación retórica. La evidencia científica es contundente. Las olas de calor provocan miles de muertes evitables cada año, agravan las enfermedades cardiovasculares, respiratorias y renales, aumentan los ingresos hospitalarios y afectan de manera desproporcionada a las personas mayores, a quienes viven con enfermedades crónicas, a la infancia, a las embarazadas, a las personas que trabajan al aire libre y a quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad social.Pero el calor no llega solo. Alimenta una de las consecuencias más devastadoras del cambio climático: los incendios forestales. Cada verano, el aumento de las temperaturas y la sequedad del terreno incrementan el riesgo de grandes incendios que no solo destruyen miles de hectáreas de bosques y ecosistemas. También provocan muertes, lesiones, desplazamientos de población y una contaminación atmosférica que afecta a millones de personas, incluso a cientos de kilómetros del lugar donde arden las llamas.El calor y el fuego forman parte del mismo problema. Ambos se potencian mutuamente y ambos tienen consecuencias sanitarias que ya no podemos seguir ignorando.España (y Andalucía en ella) se encuentra entre los países europeos más vulnerables a este fenómeno. Cada verano deja un balance de fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas que supera ampliamente al de otras catástrofes naturales mucho más visibles, mientras los incendios se vuelven más frecuentes, más intensos y más difíciles de controlar.El calor es un riesgo sanitarioEl golpe de calor representa la expresión más dramática del problema, pero está lejos de ser la única consecuencia.Las altas temperaturas incrementan el riesgo de infarto de miocardio, ictus, insuficiencia cardiaca y descompensación de enfermedades respiratorias como la EPOC o el asma. También favorecen la deshidratación, el deterioro de la función renal y complicaciones en personas con diabetes.Incluso afectan a la eficacia de numerosos medicamentos. Diuréticos, antihipertensivos, antipsicóticos o algunos antidepresivos pueden alterar la capacidad del organismo para regular la temperatura o favorecer la pérdida de líquidos.La emergencia climática no crea únicamente nuevos problemas de salud: agrava los que ya existen.Cuando el calor se convierte en fuegoLas olas de calor secan los bosques, reducen la humedad del suelo y crean las condiciones perfectas para que cualquier chispa desencadene un incendio de enormes dimensiones. El cambio climático está alargando la temporada de incendios y favoreciendo episodios cada vez más extremos.Las llamas provocan víctimas directas, especialmente entre la población atrapada por el fuego y entre los profesionales de los servicios de extinción y emergencias. Pero gran parte del impacto sanitario procede del humo.El humo de los incendios contiene partículas ultrafinas (PM2,5), monóxido de carbono y numerosos compuestos tóxicos capaces de penetrar profundamente en los pulmones y alcanzar el torrente sanguíneo. Su exposición incrementa las crisis asmáticas, las exacerbaciones de la EPOC, las neumonías, los infartos de miocardio, los ictus y las hospitalizaciones por enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Incluso exposiciones relativamente breves pueden aumentar el riesgo de complicaciones en personas vulnerables.Los efectos del humo no terminan donde acaba el incendio. Las partículas pueden desplazarse cientos de kilómetros y deteriorar la calidad del aire de ciudades alejadas del foco, afectando a personas que ni siquiera son conscientes de estar respirando aire contaminado.A ello se añaden las consecuencias indirectas: evacuaciones forzosas, pérdida de viviendas, destrucción de explotaciones agrícolas, daños económicos, interrupción de servicios esenciales y una enorme presión sobre los sistemas sanitarios y de emergencias.Una amenaza también para la salud mentalExiste otra dimensión mucho menos visible.Cada vez disponemos de más estudios que muestran cómo el calor extremo incrementa los trastornos de ansiedad, el estrés, la irritabilidad y los problemas del sueño. También se ha observado un aumento de las urgencias psiquiátricas durante las olas de calor y una asociación entre temperaturas extremas y mayor riesgo de suicidio, especialmente cuando estos episodios se prolongan durante varios días.Las personas con enfermedades mentales graves constituyen además uno de los colectivos con mayor riesgo de mortalidad durante los episodios de calor intenso.Los incendios añaden otra carga emocional. Perder la vivienda, el paisaje en el que se ha vivido toda una vida o los medios de subsistencia deja secuelas psicológicas profundas. Ansiedad, depresión, estrés postraumático y sentimientos de duelo afectan especialmente a personas mayores, menores, agricultores y habitantes del medio rural.Hablar de cambio climático es también hablar de salud mental.Las desigualdades también matanEl calor y los incendios no afectan a toda la población por igual.No es lo mismo vivir en una vivienda bien aislada que hacerlo en un ático sin climatización. No es igual trabajar en una oficina que hacerlo en una obra, en el campo o repartiendo mercancías durante las horas centrales del día. Tampoco es igual disponer de recursos para abandonar una zona afectada por un incendio que carecer de alternativas.Los barrios con menos zonas verdes alcanzan temperaturas significativamente superiores. Las personas con menos recursos económicos disponen de menos posibilidades para protegerse del calor y del humo. Quienes viven solos tienen mayor riesgo de sufrir complicaciones sin que nadie pueda detectarlas a tiempo.escuela de saludEl exceso de mortalidad en diabetes que cuestiona ocho años de política sanitaria del PP en Andalucía Joan Carles MarchEl código postal puede convertirse en un determinante de salud tan importante como el código genético.La adaptación ya no puede esperarDurante años el debate climático se centró casi exclusivamente en reducir emisiones. Esa tarea sigue siendo imprescindible.Pero ya no basta.Necesitamos adaptar nuestros sistemas sanitarios y nuestras ciudades a una realidad que ya está aquí.Esto implica reforzar los sistemas de alerta temprana frente al calor y los incendios, proteger a las personas vulnerables, adaptar los horarios laborales, ampliar las zonas verdes urbanas, mejorar la gestión forestal para reducir el riesgo de grandes incendios, revisar los protocolos asistenciales durante las olas de calor, garantizar una adecuada climatización de centros sanitarios y residencias, disponer de planes de respuesta frente a episodios de humo y formar a los profesionales para identificar precozmente los riesgos asociados a estos fenómenos.Cada euro invertido en prevención evita sufrimiento, reduce costes y salva vidas.Una responsabilidad compartidaLa respuesta no puede recaer únicamente sobre el sistema sanitario.Urbanismo, transporte, vivienda, energía, educación, agricultura, gestión forestal o empleo son también políticas de salud cuando hablamos de cambio climático.Las ciudades deben diseñarse pensando en proteger a las personas. Los centros educativos necesitan protocolos frente al calor. Las empresas han de garantizar condiciones seguras para sus trabajadores. Los montes requieren una gestión preventiva que reduzca la acumulación de combustible vegetal. Y las administraciones deben incorporar la salud en todas las políticas relacionadas con el clima.No hablamos únicamente de sostenibilidad.Hablamos de supervivencia.Cambiar el relatoQuizá el mayor error haya sido presentar la emergencia climática como un problema ambiental.Es, ante todo, un problema humano.Cada décima de grado que aumenta la temperatura media se traduce en más ingresos hospitalarios, más enfermedades y más muertes. Cada ola de calor favorece incendios más devastadores. Cada gran incendio deteriora la calidad del aire, agrava enfermedades y deja cicatrices físicas y emocionales que perduran durante años.La emergencia climática ya no es una amenaza para las generaciones futuras.Es una emergencia sanitaria del presente.Y mientras sigamos considerándola únicamente un problema ambiental, seguiremos llegando tarde.Porque el cambio climático no solo altera el planeta. Está alterando nuestra salud.Y cada verano, entre el calor extremo y el fuego, sigue escribiendo certificados de defunción que, en demasiados casos, podrían haberse evitado.