La España de Lucinda

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La noche del partido de la selección española contra los galos conocí a Lucinda, una niña de seis años que se reveló ante mí como la explicación más sencilla de lo que hacen las identidades cuando alguien las necesita: llenar un vacío. Vestida con la camiseta de la roja y la bandera rojigualda estampada en cada mejilla, Lucinda me explicó con lujo de detalles todo lo relativo a su corta vida: nació en Salvador, pasó por Boston -ella no lo recuerda, pero su mamá se lo dijo- y ahora espera en España a que se cumpla un año para poder volver a su país. No soy capaz de enterarme el motivo, lo que sí me queda es claro es que ese plazo para ella es importante, decisivo, porque me lo repite a cada rato. En una mesa, inseparable de un ordenador portátil, el padre de Lucinda levanta a mirada hacia la pantalla y a veces hacia nosotras. En ocasiones coge su móvil hace un vídeo de una jugada poderosa y vuelve a lo suyo. El hombre no le hace demasiado caso a Lucinda y mucho menos a mí, pero como la niña me cae bien y tiene una sonrisa preciosa y solitaria, me quedo hablando con ella. No tiene muy claros los motivos, pero Lucinda le va a España. Es una pena que Cristiano Ronaldo no juegue en la selección. Es el jugador favorito de su padre, quien observa el partido vestido con una camiseta del Real Madrid, la iglesia global con mayor número de feligreses. Jugamos al 'sota, caballo, rey' por tercera vez cuando España marca su segundo gol . Lucinda se levanta, ejecuta una coreografía celebratoria y toma asiento. Tiene que pasar un año aquí en España para poder volver a Salvador, repite. Y no sé si es ella quien en verdad desea regresar o si son sus padres quienes están completando un proceso de regularización, el caso es que la niña insiste en recordarlo. Acaba el partido con victoria española y Lucinda sigue bailando entre la multitud. No sé cómo será la España que Mariano Rajoy tiene en su cabeza, pero la de ella, estoy segura, es muy más grande.