Contra todo pronóstico, un estudio asegura que cobrar las bolsas de plástico ha provocado que los clientes compren y las usen más

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Cobrar o retirar las bolsas gratuitas de la caja cambia un gesto de pocos segundos, pero sus consecuencias llegan hasta el cubo de la cocina. La compra diaria esconde usos secundarios que pueden pasar inadvertidos cuando se diseña una norma ambiental.Muchas familias reutilizan las bolsas del supermercado para guardar residuos domésticos. Cuando ese suministro desaparece, parte de los hogares recurre a rollos fabricados para la basura, de modo que el plástico cambia de estante y también de precio.Ese desplazamiento no basta para afirmar que una prohibición fracasa. El cálculo debe comparar el material que deja de entregarse en los comercios con el que empieza a adquirirse después, además de observar cuánto duran los nuevos hábitos cuando la norma se retira.El efecto que siguió vivoLos investigadores estudiaron las políticas aplicadas en Austin y Dallas mediante datos de compras registrados por códigos de barras. El trabajo Are We Worse Off After Policy Repeals? Evidence from Two Green Policies, publicado en Journal of Marketing Research por Dinesh Puranam, Sungjin Kim, Jihoon Hong y Hai Che, concluye que la venta adicional de bolsas de basura persistió durante meses después de que ambas medidas fueran derogadas.Austin ofrece una comparación distinta. Allí la prohibición se mantuvo entre 2013 y 2018 y el aumento residual de las compras seguía un 38,6% por encima de la referencia al terminar los 18 meses observados tras la derogación. Una regla más prolongada dejó una inercia mayor, un fenómeno comparable a otros debates sobre hábitos de consumo y duración de los productos.Dallas cobró cinco centavos por cada bolsa de un solo uso durante cinco meses de 2015. Al volver las bolsas gratuitas, la compra de bolsas para residuos cayó al principio, aunque tardó trece meses en regresar al nivel previo a la tasa. La corta vida de la política dejó, por tanto, una huella temporal y medible.El dato llamativo no cuenta toda la historia. El análisis de equilibrio calculó que Dallas necesitaba ahorrar una bolsa de supermercado cada siete visitas y Austin una cada cinco para compensar el plástico añadido por los rollos de basura. Así, una reducción bastante pequeña podía equilibrar el resultado, igual que sucede cuando una norma de diseño ecológico se valora por todo el ciclo de uso.La lección para las normas ambientalesEl hallazgo cuestiona las evaluaciones que solo miran el producto señalado por la ley. Si una bolsa servía primero para transportar la compra y después como forro del cubo, sustituirla por otra nueva elimina esa segunda función. Medir el residuo total evita conclusiones precipitadas y permite corregir una política sin renunciar a su objetivo.También importa la forma de comunicarla. Facilitar bolsas reutilizables, explicar cómo reducir los residuos domésticos o favorecer recipientes lavables puede limitar el traslado del consumo. En tecnología ocurre algo parecido: recuperar conexiones duraderas, como muestra el regreso de los auriculares con cable, alarga la vida de los objetos y evita compras de sustitución.Para los comercios, conocer el uso final resulta tan relevante como contabilizar las unidades entregadas. Encuestas breves, datos de venta y revisiones periódicas pueden descubrir sustituciones inesperadas, del mismo modo que una herramienta ayuda a decidir entre reparar o vender un dispositivo. La política mejora cuando observa la conducta completa y no solo el paso por caja.El estudio no demuestra que cobrar por las bolsas aumente el consumo total de plástico en cualquier ciudad. Revela algo más preciso: las personas compensan la pérdida de un objeto reutilizado y conservan esa respuesta durante un tiempo. Una buena norma debe anticipar ese relevo para que el ahorro previsto llegue también al cubo de basura.