Después de meter a Vox en el gobierno, la sonrisa de Moreno Bonilla se ha congelado, como el gesto de un maniquí de cera. Juanma Moreno Bonilla hace mucho tiempo ya que siembra la ruina en nuestra tierra con su política de privatizaciones y recortes, especialmente en sanidad y educación. Y es que una cosa son los datos y otra los relatos. La sonrisa de dentífrico del presidente (relato) se compadece muy mal con la dentadura cadavérica de los datos. Y para confirmar que antes de Vox ya lucía esa sonrisa, está la carta al director publicada en Gaceta Sanitaria sobre la atención oncológica de nuestra comunidad.El número que acusaHay cifras que no informan, sino que acusan. Las que acaban de publicar Juan Antonio Córdoba-Doña, Vanessa Santos-Sánchez y Antonio Escolar-Pujolar pertenecen a esa estirpe. Entre 2019 y 2024, Andalucía tuvo un exceso de muertes, injustificable epidemiológicamente, por tumores malignos respecto al sexenio anterior (2013-2018), comparada con el resto de España; todas las comparaciones que siguen se hacen siempre respecto a ese periodo anterior. Y eso es lo que manifiestan las 820 muertes de más por cáncer de colon y recto y 275 por cáncer de mama. Todas —conviene subrayarlo, porque es donde el dato se vuelve granito— estadísticamente significativas. Traducido al calendario, que es la unidad que la política entiende: cada año murieron en Andalucía 617 personas de más por tumores malignos, 136 por cáncer colorrectal y 46 por cáncer de mama. No hablamos de enfermos. Hablamos de muertos. De la diferencia entre seguir viviendo o no según el código postal en que a uno le tocó enfermar.Lo que dicen los dos sexeniosLa tabla publicada permite leer la brecha con lupa, sexenio contra sexenio, y esa lectura es demoledora. En el periodo 2013-2018 ya había exceso de mortalidad en los hombres andaluces por tumores malignos (1.874 muertes de más) y por cáncer colorrectal (558 frente a 101 en mujeres); en cáncer de mama, el exceso en mujeres era de 287. Pero las mujeres andaluzas, tomadas en conjunto, morían menos por tumores malignos que las del resto de España: un exceso negativo de 923 muertes. Un superávit de vida, por así decirlo.OpiniónEl modo de producción del caos Francisco GarridoEn el periodo 2019-2024 el cuadro se ennegrece en todas las casillas. Los tumores malignos arrojan 4.278 muertes de más en hombres y 374 en mujeres; el cáncer colorrectal, 1.160 en hombres y 319 en mujeres. La comparación entre ambos sexenios deja tres evidencias aritméticas. Primera: en las mujeres se produce un cambio de signo en los tumores malignos, de −923 a +374, un vuelco que ronda las 1.300 vidas; Andalucía dejó de morir menos para empezar a morir más, y eso, en epidemiología, no es ruido: es un acontecimiento. Segunda: en las mujeres, el exceso de mortalidad por cáncer colorrectal se multiplica por tres y el de cáncer de mama por dos. Tercera: en los hombres, tanto los tumores malignos como el cáncer colorrectal duplican sus excesos. No hay categoría, sexo ni tumor analizado que mejore. Todo empeora, y empeora a la vez.Lo que la ciencia descarta antes de señalar¿Qué separa un periodo del otro? Los autores hacen lo que hace la ciencia antes de apuntar con el dedo: descartar. ¿Determinantes sociales que hayan empeorado de forma diferencial? No consta. ¿Exposiciones ambientales exclusivas del sur? Tampoco. ¿La COVID-19, ese comodín? El virus no distinguió fronteras autonómicas de un modo que justifique la brecha. Eliminado lo que no encaja, queda la hipótesis que los firmantes formulan con prudencia: los déficits de accesibilidad, oportunidad y calidad de la atención oncológica —recursos y gestión, es decir, decisiones políticas— podrían estar asociados a esta sobremortalidad. Y añaden el detalle que incomoda: el segundo periodo coincide con la profundización de la privatización de la sanidad pública andaluza. El incremento de los excesos de mortalidad entre ambos sexenios debe contextualizarse, en efecto, en los recortes que se han ido produciendo en las políticas sanitarias andaluzas de prevención y atención oncológica. Los autores hablan de asociación, no de causalidad; de hipótesis, no de veredicto. Y piden —esta es la clave— una auditoría independiente de las políticas de la Junta contra el cáncer. No exigen una condena: exigen abrir los libros.Ciencia pública, sin financiación y con rigorHay una tercera lección que este episodio deja escrita, y es la importancia de las instituciones públicas para hacer investigación rigurosa y de calidad. Quienes firman la carta son investigadores del Servicio de Medicina Preventiva del Hospital de Jerez, del Instituto de Investigación e Innovación en Biomedicina de Cádiz y del Departamento de Estadística e Investigación Operativa de la Universidad de Cádiz. Sin financiación, pero con rigor, siguen poniendo luz a los datos epidemiológicos que deberían constituir el fundamento de toda política sanitaria. Mientras el poder fabrica relato, la ciencia pública fabrica dato. Lo que mata, si algo mata, no es una sonrisa: es una cadena de decisiones. Cada plaza de oncólogo sin cubrir, cada lista de espera que se estira, cada euro desviado de lo público a lo concertado bajo la coartada de la eficiencia, cada cribado gestionado como un trámite y no como lo que es: una carrera contra el reloj de un tumor. La sonrisa es solo la cara de la aritmética. Y la aritmética, este mes, ha dado tres mil setecientas una muertes de más.Abrir los librosQue conste lo que sabemos y lo que no. Sabemos que la brecha existe, que ha crecido y que es estadísticamente significativa: eso es dato, roca, hemeroteca de la mortalidad. Sabemos que pone de manifiesto una desigualdad estructural de la atención en salud de Andalucía respecto a la media de España. No sabemos con certeza que la causa sea la gestión de la Junta: eso es hipótesis que reclama ser puesta a prueba. Por eso la exigencia que ningún gobierno puede rechazar sin delatarse es la auditoría independiente. Si la Junta tiene razón, la auditoría la exonerará y podrá exhibir su sonrisa, esta vez con motivo. Si no la tiene, sabremos cuántas de ese exceso de muertes se podían evitar. Hasta entonces, el número queda flotando sobre Andalucía como una pregunta que nadie ha querido responder. Y un pueblo que ha aprendido a contar a sus muertos es un pueblo que, tarde o temprano, aprenderá también a pedir cuentas.