En la era de la inmediatez y la sobreexposición al entorno digital, Rodri Hernández es la excepción que ha irrumpido en un fútbol en el que cada vez importa más lo que pasa fuera del campo que dentro de él. Alejado de los grandes focos, con un perfil bajo, siempre ha nadado a contracorriente de lo que mandaban los cánones del deporte rey. Un centrocampista defensivo que hace que el equipo funcione para que sean sus compañeros los que brillen. A priori, una figura invisible para el aficionado, más aún si se tiene en cuenta que no dispone de redes sociales. Eso no va con él; prefiere seguir remando en contra de la mar. Así lo ha hecho hasta ahora y así seguirá haciéndolo porque, hasta el momento, no le ha ido nada mal. Natural de Villanueva de Castañeda (1996), un pequeño pueblo ubicado al oeste de la Comunidad de Madrid, con diecisiete años se marchó a Villarreal para perseguir su sueño de ser futbolista. Allí lloró noche tras noche porque echaba de menos su casa. Quería volver, pensaba que eso no era para él, que el sueño por el que había invertido tanto tiempo de su vida se desvanecía. Pero con el apoyo de sus padres fue armándose de valor para después regresar a su tierra y emigrar al fútbol extranjero para convertirse en una estrella en el City. «Me decían que si ya habíamos llegado hasta allí, no podíamos tirar la toalla, que teníamos que ir hasta el final», explica. A partir de ahí, cambió su mentalidad y reafirmó sus convicciones para forjar una forma de ser que trasciende al Rodri futbolista. Un «chico normal», como él se define, «con valores» y trabajador. Alguien alejado de los grandes focos que intenta hacer las cosas bien y que ha guiado a España hasta su segundo Mundial. Precisamente, en el torneo de los partidos inundados por la publicidad y el marketing, Rodri ha hecho justicia al deporte, centrándose en lo que sabe hacer: jugar al fútbol y dejarse de elementos externos. Una personalidad forjada en esas noches lejos de casa que le ayudaron a crecer y a reflexionar sobre que no hay que compartir todo lo que se hace. Que hay que guardar espacio a la intimidad, una intimidad bajo la que se ha cosido la segunda estrella de esta selección española. No tiene tatuajes o peinados llamativos que hagan resaltar su 'marca personal' por encima de las de los demás. Prefiere formarse académicamente y huye de los comportamientos extravagantes. Así lo hizo en 2021, cuando se licenció en el Grado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Pública Jaume I de Castellón. En este largo camino de formación su ya extécnico en el Manchester City Pep Guardiola ha sido determinante. Alguien que le ha marcado. «Haced caso siempre a Pep», reconocía ayer en zona mixta tras proclamarse campeón del mundo. No es para menos; él ha sido el hombre que le ha impulsado hasta la cima. Indiscutible año tras año en Manchester, derrochando una forma de jugar que le llevó a conquistar el Balón de Oro en 2024. Un hito que nunca lograron otras generaciones doradas como la del Mundial de 2010. Ni siquiera jugadores como Xavi o Iniesta pudieron hacerse con un galardón que parecía que estaba hecho exclusivamente para delanteros y nunca para jugadores de perfil más defensivo. Una vez más, el profesional madrileño fue la excepción para vencer a otro de los futbolistas del momento como era Vinicius Junior en ese año. Este trayecto también tuvo subidas y bajadas. Una rotura del ligamento cruzado le hizo apartarse de los terrenos de juego en septiembre de 2024, cuando estaba en el mejor momento de su carrera. Parecía que todo se podía terminar con ese Balón de Oro. Y es que su regreso no fue el esperado, le costó volver a su mejor nivel. Siguió trabajando en la sombra, como siempre ha hecho, hasta que, en este campeonato, ha vuelto a ser esa brújula en el centro del campo que ha guiado a la selección hasta el título. Quién sabe a qué destinos la guiará en los próximos años. De momento, ya ha firmado un Mundial y una Eurocopa.