El fútbol, en su caprichosa y hermosa naturaleza cíclica, ha decidido tender un puente de dieciséis años entre dos puntos cardinales de la historia del deporte español. De Johannesburgo, la ciudad más grande de Sudáfrica, al MetLife Stadium de Nueva York, España vuelve a paralizarse ante la pantalla . Este domingo, la selección disputa la gran final del Mundial frente a la Argentina de Leo Messi. Es inevitable la mirada retrospectiva, el ejercicio de comparar el equipo que cosió la primera estrella en el pecho en Sudáfrica 2010 con este bloque que persigue la gloria eterna en tierras norteamericanas. Dos épocas, dos libretos, pero un mismo orgullo. La construcción de ambos finalistas arranca desde la pizarra y la gestión humana de dos técnicos con un aura compartida: la serenidad y la amabilidad. Vicente del Bosque, que dirigió la selección entre 2008 y 2016 (ganó el Mundial 2010 y la Eurocopa 2012), y Luis de la Fuente, al mando de la absoluta desde 2022 (ha la Liga de Naciones 2023 y la Eurocopa 2024). Del Bosque comandó en 2010 un transatlántico repleto de capitanes. Su gran triunfo no fue puramente táctico, sino diplomático. Logró pacificar un vestuario tensionado por la guerra civil de los clásicos entre el Real Madrid y el Barcelona, fusionando ambos bloques en una causa común. El salmantino apostó por el orden jerárquico, la pausa y el respeto a una idea heredada de Luis Aragonés. Por el contrario, Luis de la Fuente representa el triunfo de la calle y el conocimiento de las raíces. Este equipo de 2026 no nació en los focos de la Champions League, sino en los campos de barro de las categorías inferiores de la Federación. De la Fuente lleva once años entrenando a la mitad de este grupo en las selecciones Sub-19 y Sub-21. Su figura es la de un mentor, un seleccionador que maneja al grupo como una familia unida, blindándola de las dudas de la prensa. El contraste estilístico entre ambos onces es innegable. El equipo de 2010 jugaba al ajedrez y el de 2026 prefiere el atletismo de alta competición. En todas las líneas se aprecian matices que les separa en la concepción y ejecución del juego, comenzando por la portería. Iker Casillas era el santo protector, un cancerbero de milagros y paradas imposibles en el uno contra uno. Unai Simón ofrece un perfil de enorme fiabilidad bajo palos, complementado por su sobriedad y un juego de pies fundamental para el inicio de la jugada. El madrileño encajó dos goles en todo el torneo, el vasco solo acumula uno. La línea defensiva se está mostrando como una de las mejores en este Mundial. La zaga de Sudáfrica (Sergio Ramos, Piqué, Puyol y Capdevila) desbordaba jerarquía y contundencia física. La actual, conformada por Pedro Porro, Laporte, el jovencísimo Pau Cubarsí y Marc Cucurella, destaca por su salida limpia de balón y un repliegue muy veloz para corregir a campo abierto. El mayor cambio cultural reside en el centro del campo. En 2010, el doble pivote Busquets-Xabi Alonso junto a Xavi Hernández y Andrés Iniesta monopolizaban el balón. Era un rondo infinito diseñado para desgastar al rival por asfixia posicional. En 2026, comandados por el Balón de Oro Rodri y escoltado por Fabián y Dani Olmo (y en menor medida Pedri), el mediocampo busca la transición rápida. Es una medular más física, vertical y con mayor llegada al área rival. La última comparación la cierra el ataque. En Sudáfrica la pólvora la ponía Villa rodeado de centrocampistas con llegada. En 2026, España genera el peligro mediante los extremos puros. El descaro de Lamine Yamal y la potencia de Baena han transformado a la selección en un equipo directo, letal al contragolpe y profundamente vistoso, que tiene a Oyarzabal como su máximo realizador. Si actualmente ha sido Oyarzabal el que ha logrado el mayor número de goles y Merino el de los más trascendentes, en Sudáfrica fue Villa el máximo anotador con cinco dianas —ante Honduras (2), Chile, Portugal y Paraguay—, flanqueado por Puyol, que anotó el único tanto ante Alemania en semifinales, e Iniesta, autor del gol más importante de la historia de España: en la final ante Países Bajos. Con sus 5 tantos, Oyarzabal ha igualado el récord de más goles marcados por un jugador español en una misma edición de la Copa del Mundo, alcanzando la cifra de Butragueño (1986) y, precisamente, Villa (2010). Merino por su parte, fue determinante y decisivo ante Portugal y Bélgica, en octavos y cuartos de final, respectivamente. El centrocampista del Arsenal fue suplente en ambos encuentros, salió en los últimos minutos y anotó sobre la bocina. El gol de Porro ante Francia en las semifinales (2-0) tuvo la importancia de dar la tranquilidad a la selección en su camino hacia la final. La España de 2010 viajó a Sudáfrica con la presión de una generación obligada a ganar para saldar una deuda histórica. Esta España de 2026, libre de complejos, acude a Nueva York impulsada por la frescura de unos niños que juegan como si estuvieran en el patio del colegio pero que compiten como veteranos de guerra. El hilo conductor es innegable: la ambición irrenunciable por el balón. Del 'Iniestazo' de Johannesburgo al descaro de Lamine Yamal en el MetLife, España busca demostrar que la gloria no pertenece a una sola época. Pertenece a una forma eterna de entender el fútbol.