Docencia a la intemperie

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Estoy en la docencia desde 2004. Funcionaria de carrera, desde 2008. Jamás me ha regalado nadie nada. NADA. Mucho antes, a Selectividad fui sola, no me acompañaron mis padres. A las oposiciones, obviamente tampoco. A mi primer destino como interina sí me llevaron, porque me avisaron de un día para otro, como era habitual para cubrir sustituciones, y el instituto al que me debía incorporar con prisa estaba donde Cristo perdió el mechero, con perdón, sin apenas enlaces de transporte. Luego, con mi estrenado sueldo, me metí a pagar "la letra" de mi primer coche.Hasta llegar a mi plaza, viví multitud de experiencias, y el porcentaje menor de positivas ya a nadie le importa (tampoco importó en su momento). Al llegar a mi plaza, seguí soportando mucho. Y no me creo especial, tengo muchos amigos profesores que han pasado por lo mismo.Aguantar lo de las injustas vacaciones eternas, el cuestionamiento de la profesionalidad por parte de familias con la patología común del "súper hijo perfecto", compañeros que no lo son en absoluto —con lo que sé ahora, pues la edad tiene sus cosas buenas, habría denunciado a más de uno por acoso laboral y psicopatía envidiosa, directivos también, que se quedaron fuera en el reparto de vidas propias y devoran las de los demás. De ahora en adelante no me lo pensaré—, adolescentes maleducados perdonavidas, inspectores poco empáticos y muchas carajotadas soterradas que atentan contra la dignidad.Veo ahora a opositores indignados porque les reprochan faltas de ortografía. No me extraña, porque he sido correctora en PAU y mi especialidad es luchar por el respeto a las palabras, y he visto aberraciones.En fin. ¿Por qué pongo por aquí esta parrafada? Pues porque todavía no se tiene claro qué es un profesor, cuál es su cometido, por qué han de tener autoridad, por qué es una profesión que merece seriedad, respeto y defensa a ultranza desde los cimientos de la sociedad y apoyo total y absoluto por parte de los que mandan.Los profesores no somos cuidadores de bebés de metro y pico, no somos psiquiatras de familias enteras, no somos contenedores de basura política ni social. Por supuesto que a un aspirante profesor se le debe exigir máxima preparación (cero faltas de ortografía, claro, porque no es ésa la cuestión, sino la profundidad que hay detrás de esas faltas, como la falta de lectura, el poco interés en la forma, el mínimo esfuerzo en comprender y asimilar lo que se lee), motivación y ganas, además de emoción, cariño, ilusión y otras pamplinas que no son prioridad por desgracia (otro debate para otro día).La realidad es que es un trabajo que ya no es admirable, sino que ha pasado a ser un alimentadero, una nómina poco realista y desganada. Y es una lástima, porque es mucho más, pero tantas trabas, tantos obstáculos, tanta tristeza, nos aleja de la vocación: ¿eres profe? Ay, te compadezco.Un trabajador que vea mermada su autoestima e identidad durante años es campo abonado para la enfermedad mental, con el estigma que conlleva y las miradas de desprecio por bajini de la moral buenista.No quiero aburrir con esto de instalarme en la queja. Prometo que escribiré sobre las infinitas bondades del oficio. De momento, esto comparto, y seguro que algún "amigo" haré. Pero opino de lo que conozco, porque me da la gana, y por si a alguien le sacude por dentro. Sobre todo a los alevines de la docencia, para que no se indignen tanto, sigan preparándose y dejen a sus padres en paz, porque eso de que les acompañen a las manifestaciones para protestar por los criterios de corrección es una extensión de las tutorías y tanta infantilización nos traerá consecuencias de mierda. A mí me va a pillar jubilada. Y si me toca la lotería, monto un comercio chino para mis hijos.P D. Algunos dirán o pensarán: mirad la que habla de tonterías habiendo intentado huir y probar otras cosas en la vida. Pues sí, y es legítimo y no es reprochable en absoluto. ¿Vale?Gracias siempre a lavozdelsur.es por darme un lugar para mis confesiones.