El campanario de la iglesia de San Félix marca las ocho de la tarde y el aire de Alella, habitualmente impregnado del aroma dulce y afrutado del mosto de sus viñedos, hoy huele a nervios, a barbacoa vecinal y a historia. No es un domingo cualquiera en este bastión de la comarca del Maresme. Las calles empinadas que trepan hacia la Cordillera Litoral, flanqueadas por masías señoriales y urbanizaciones que miran de reojo al mar Mediterráneo, presentan un silencio irreal. Un silencio que responde a la firme decisión de las autoridades locales y del propio consistorio de no instalar pantallas gigantes en el espacio público, invitando a una prudente neutralidad. Incluso entidades históricas y motores del dinamismo popular como el Casal d'Alella han decidido dejar sus salas a oscuras y no programar ninguna actividad extraordinaria para la jornada de hoy. Sin embargo, frente a esta directriz de quietud institucional y calles desiertas, el fervor futbolístico ha encontrado su principal y selecto templo de resistencia. En las instalaciones del Club de Tennis i Pàdel Alella Sistres, rodeado de viñas, el restaurante La Gravella se ha convertido en el verdadero epicentro de la emoción colectiva. Rompiendo con la tónica contenida del municipio, el establecimiento ha colgado el cartel de 'completo' tras agotar todas sus reservas hace días, preparando un despliegue especial con dos grandes pantallas para seguir el partido al minuto. Allí, el tintineo de copas de vino blanco de la tierra se mezcla con el murmullo nervioso de una afición que necesita gritar los goles en comunidad. Curiosamente, el dueño de La Gravella, Juan Martín, es argentino. No ha venido al restaurante. Prefiere masticar los nervios en la soledad de su hogar. Al frente del negocio hoy está Roser, su esposa. «Hemos dado fiesta a todos los camareros argentinos que tenemos», comenta. Algunos de los empleados, despachan las mesas enfundados en la elástica blanca de la selección española. Salomé es colombiana y va con España: «Para los sudamericanos, Argentina es como Francia para los europeos. Un país antipático y que se cree superior». Nos encontramos en la terraza al primo de Cucurella, David Casanova (sus madres son hermanas). «Marc está haciendo un gran Mundial. Hoy se medirá al más grande y seguro que no se arrugará. Soy optimista, seguro que ganamos. El pueblo entero está con él», asegura mientras se señala el apellido de su primo, que luce en la espalda de la camiseta roja. Sociopolíticamente, Alella es un municipio singular. Con una de las rentas per cápita más altas de Cataluña, combina una tradición agrícola profundamente arraigada a su prestigiosa Denominación de Origen vinícola con un perfil residencial de clases medias-altas. Es un pueblo donde el respeto a la privacidad es una ley no escrita. A medida que el partido avanza, la tensión se corta con un cuchillo de viticultor. Mientras la inmensa mayoría del municipio contiene el aliento estrictamente desde el sofá de sus casas, en el oasis de las pantallas de La Gravella se vive una experiencia comunitaria catártica. Cada cabalgada del lateral zurdo por la banda izquierda hace rugir las mesas completas del restaurante. Se corea la filigrana de Lamine Yamal, se lamenta el fallo ante el 'Dibu' y se contiene el aliento cada vez que Messi tocala pelota. Se jalean las faltas de los rojos, se critican las de los albicdelestes. Oyarzabal levanta al público al filo del descanso. El fallo provoca que caiga derrengado sobre sus sillas. La amarilla a Lisandro se celebra como un gol. En el descanso, con las pulsaciones a mil pero con el hambre intacta, los corrillos de comensales siguen desgustando la comida casera y a la brasa que va saliendo, continuamente, de la cocina de La Gravella. Los abanicos sacuden los nervios a la par que agitan el denso ambiente de una de las noches más calurosas de este verano. Aplausos cuando la realización enfoca a Cucurella tras una gran ocasión antes del final de la primera parte. Se llega a la prórroga entre insultos a Enzo Fernández tras una fea entrada a Cubarsí y se aplaude su expulsión. El público ya ve la última media hor de pie. Es el momento de los cafés, copas y licores. El Dibu mantiene viva a una Argentina que juega con diez. Y Alella se encrespa con el gol anulado a Nico Williams, con insultos a Infantino, presidente de la FIFA, y gritos de «manos arriba, esto es un atraco». El gol de Ferran, el júbilo, el éxtasis, la comunión improvisada. Pitó el árbitro el final y el estallido unánime de los aficionados concentrados en el Club Sistres teminaron por romper de golpe el silencio de las viñas. Marc Cucurella puso a este pequeño rincón del Maresme en el mapa del planeta fútbol, demostrando que, aunque Alella prefiera procesar sus emociones de puertas para adentro, su orgullo por el vecino ilustre es absoluto.