En el atletismo hay tardes que se escriben con tinta indeleble y la de hoy en el London Stadium ha sido una de ellas. Josh Kerr, el escocés de zancada felina y mirada arrogante, de acero, no sólo ha volado por el tartán: ha acabado con un mito. El reloj, implacable y frío, se detuvo en un tiempo que hasta hace unas horas parecía reservado a la leyenda del marroquí Hicham El Guerrouj, el hombre que transformó y dominó el mediofondo en los años 90. El 'Proyecto 222', como se había bautizado este intento de récord del mundo, patrocinado por la marca de zapatillas Brooks y desplegado durante siete meses, ha sido justamente eso: 222 segundos y 66 centésimas. Una locura. Los 3:42.66 que ha registrado Kerr en esta tarde histórica en un Londres soleado y algo ventoso, entierran de una vez los valiosísimos, míticos 3:43.13 de El Guerrouj, que han aguantado 27 años. El estadio que acogiera los Juegos de 2012 y ahora es la casa del West Ham United Football Club, abarrotado y expectante, contuvo la respiración en la última vuelta. Kerr, con el torso inclinado hacia adelante y los brazos cortando el aire como cuchillas, no miró atrás. No había rivales, sólo un fantasma: el del récord que durante tres décadas había resistido embates de generaciones enteras. Cuando cruzó la meta, el rugido del público parecía querer empujar las agujas del cronómetro aún más atrás. Una historia sencilla. Dos liebres. 54.75, el crono en el cuarto de milla, un ritmo perfecto. Siempre por delante de las luces verdes que marcaban el ritmo del récord. 1:50.63 en la mitad de la prueba, frente a los 1:51.58 que había marcado el marroquí en su récord. Todo viento en popa. Kerr se quedó solo a los 1.000 metros, cuando la segunda liebre ya no pudo más. Comenzaba la agonía. 600 metros de angustia y soledad. 2:46.39 a falta de una vuelta. El estadounidense Nuguse le seguía de cerca. Fue en la última vuelta cuando se vio que el récord era realmente posible. Porque Kerr volaba y abría hueco. Con sus zapatillas galácticas y su traje especialmente diseñado con orificios de ventilación, el escocés fluía e incluso esprintaba en el último giro. Al cruzar los 1.500 metros el reloj de pista señaló 3:27.51, mejor que los 3:28.21 de El Guerrouj el día de su récord. Esa era la gran referencia. El trabajo estaba hecho. La grada rugió en la recta final. 3:42.66, un crono galáctico, más de tres segundos de ventaja sobre Nuguse (3:45.69). En realidad no fue sólo una victoria deportiva; fue un manifiesto de voluntad. Kerr había anunciado que llegaba en la mejor forma de su vida, había dado a conocer incluso sus tiempos en los entrenamientos, pero pocos imaginaron que esa forma sería suficiente para derribar una barrera que había sobrevivido a campeones olímpicos, a prodigios juveniles y a noches perfectas que se quedaron en el intento. Había saltado a la pista concentrado, serio. Sus gafas de sol de siempre, su nuevo traje aerodinámico. Quizá más delgado que de costumbre, que cada libra pesa. No saludó, apenas miró a sus rivales. Quizá algo más de viento de lo deseable. La adrenalina por las nubes: siete meses esperando esto. Tras la carrera, con el sudor aún dibujando mapas en su rostro, Kerr dijo: «No he sido yo, ¡ha sido mi equipo!» con esa sobriedad británica que esconde océanos de emoción. Y quizá ahí radica la grandeza de lo que hizo: en la gran confianza en sus siete colaboradores que ha desplegado este año el atleta de Edimburgo. Juan Carlos Higuero, el gran mediofondista español de principios de siglo, avisaba a ABC antes de la carrera que Kerr iba a batir el récord. «Tiene opciones reales. Ese test de 1.200 metros en 2:42 indica que está en forma y que tiene piernas y margen para lograrlo. Necesita un ritmo descomunal, quizá menos de 2:18 al paso por los mil metros». En el London Stadium, el tartán ha sido testigo de un pacto cumplido entre un hombre y su destino. Y el atletismo, agradecido, suma un nuevo capítulo a su libro de epopeyas. Pese al gran triunfo de Kerr, la memoria se centraba en el talento de El Guerrouj. Higuero explica el mérito del marroquí: «Viendo la evolución del material, de la preparación y de la ciencia aplicada al entrenamiento, es fascinante que el marroquí conserve el récord de los 1.500 metros desde 1998. Esto habla de la inmensidad de un atleta que marcó una época». En Londres, 60.000 personas salen orgullosas del Estadio Olímpico. La milla vuelve a ser británica.