Un tribunal federal ha respaldado la designación de Anthropic como «riesgo para la cadena de suministro» del Gobierno Trump después de que la compañía se negara a permitir que el Pentágono utilizase su tecnología para vigilancia interna o armas autónomas. La disputa sigue abierta en los tribunales, pero ya ha dejado al descubierto un problema bastante más grande que Anthropic.Según recoge Gizmodo, empresas como Palantir, Anduril o SpaceX ya no se limitan a fabricar algo para el Ejército y entregárselo. Siguen siendo propietarias de parte de la tecnología que necesita el Pentágono, lo que significa que una empresa privada puede conservar capacidad de decisión sobre herramientas que Estados Unidos considera esenciales para sus operaciones militares.El Pentágono compra tecnología que puede seguir siendo privada Alex Karp, CEO de Palantir¿Dónde está la diferencia? El Pentágono podía encargar un avión a Lockheed Martin y después utilizarlo sin pedir permiso a la empresa para cada misión. Con Palantir, Anduril o SpaceX la relación es distinta, porque parte de la tecnología militar puede seguir siendo privada incluso cuando las Fuerzas Armadas estadounidenses dependen de ella para operar.Sharon Weinberger, periodista especializada en defensa y autora de Valley of Death, resume el problema de una forma bastante sencilla: «La idea de que una empresa privada deba decirle al Pentágono cómo se utiliza la tecnología... esto es lo que estamos viendo ahora». El poder ya no está únicamente en quien compra, sino también en quien conserva la tecnología.Palantir es probablemente el ejemplo más llamativo. La compañía ronda una valoración de 455.000 millones de dólares tras crecer alrededor de un 500% en dos años, aunque sus ingresos siguen siendo una fracción de los de Lockheed Martin, RTX o Northrop Grumman. Y, pese a presentarse como una empresa de inteligencia artificial, no entrena sus propios modelos.Parte de esa valoración, según Weinberger, tiene que ver con el relato que Palantir ha construido alrededor de sí misma. En 2024 emitió durante el Army-Navy un anuncio con el mensaje «Las batallas se ganan antes de empezar», aunque las tecnologías autónomas que aparecían todavía no se habían desplegado y Palantir, además, no las estaba fabricando.El anuncio encaja con el giro militar de Silicon Valley que defiende el propio Alex Karp, partidario de que las tecnológicas dejen de limitarse a fabricar aplicaciones y entren en el negocio de las armas. Karp defiende que Silicon Valley participe directamente en la guerra, no únicamente que venda software a quienes ya fabrican el armamento.Anduril ya está en Ucrania y mira hacia Taiwán El Fury de AndurilAnduril ya ha llevado esa idea al campo de batalla. Palmer Luckey asegura que la empresa envió personal y equipos a Ucrania dos semanas después de la invasión rusa y que sus armas autónomas han destruido material ruso por valor de cientos de millones de dólares. La compañía fabrica drones y misiles de crucero autónomos para el Ejército estadounidense.Eso tampoco significa que todo haya funcionado como estaba previsto. The Wall Street Journal publicó en noviembre que varios drones enviados a Ucrania sufrían fallos capaces de provocar retrasos y problemas de seguridad. Al mismo tiempo, Anduril ya preparaba sus prioridades pensando en un posible conflicto por Taiwán en 2027, con China como siguiente gran escenario militar.SpaceX aparece por otra vía: la infraestructura. La Fuerza Aérea estadounidense depende en buena medida de sus cohetes y Starlink ha tenido un papel clave para el Ejército ucraniano. Tampoco es un caso aislado: la OTAN ha recurrido a servicios de Google Cloud para operaciones, así que la dependencia militar de Silicon Valley va bastante más allá de las armas.En 1961, Dwight D. Eisenhower advirtió de la «adquisición de una influencia injustificada» por parte del complejo militar-industrial. La comparación sirve porque el nuevo reparto de poder añade a Silicon Valley a la ecuación: las empresas no sólo cobran por desarrollar sistemas militares, sino que pueden seguir siendo propietarias de la tecnología después de que el Pentágono la adopte.Weinberger recuerda que estos ejecutivos también tienen opiniones sobre política, inmigración, fronteras, enemigos o sobre contra quién debería luchar Estados Unidos. Palmer Luckey, por ejemplo, dijo a Axios: «Yo fabricaría armas nucleares. Fabricaría armas de fisión. Fabricaría armas de fusión». Quienes controlan estas empresas también tienen sus propias ideas sobre cómo debe librarse una guerra.El caso Anthropic vuelve al principio. La compañía ha intentado poner límites a determinados usos de su tecnología y el Pentágono ha respondido tratándola como un riesgo para su cadena de suministro. Weinberger resume la discusión sobre quién tiene la última palabra así: «Prefiero un Gobierno responsable que consejeros delegados que no lo son». La batalla judicial continúa abierta.