¿Hay margen para que, en el contexto político actual y con las tendencias de intención de voto que muestran las encuestas, vuelva a haber un Gobierno progresista después de las elecciones del 29 de noviembre, repitiendo así el vuelco de 2023?Hace tres años y medio, el presidente Pedro Sánchez sorprendió a propios y extraños al adelantar las elecciones tras el batacazo de su partido en las municipales y autonómicas de mayo de 2023. Lo hizo con una izquierda en plena recomposición en torno a Sumar y con un debate público dominado por la aplicación de la amnistía a los líderes independentistas y la polarización territorial.Entonces, igual que ahora, el PP daba por segura la victoria y un hipotético gobierno con Vox. Así lo anticipaban las encuestas. Pero todo se torció para Alberto Núñez Feijóo. La derecha frustró sus opciones por una combinación de tres elementos: expectativas desmesuradas, movilización tardía de la izquierda y una mala traducción del voto a escaños. El PP ganó con el 33,1% de los votos y 137 escaños, pero el bloque PP-Vox se quedó en 170 diputados, por debajo de la mayoría absoluta, y eso convirtió un triunfo cantado en una victoria pírrica.El primer error fue de pronóstico. La victoria territorial de mayo hizo pensar a PP y Vox que las generales confirmarían una ola conservadora, en parte porque varios medios afines publicaron sondeos que les prometían entre 179 y 187 escaños. Aquella lectura ignoró que la convocatoria sorpresa cambiaba el contexto: la elección pasaba a ser una competición entre bloques, y la mera posibilidad de que Vox entrara en un gobierno nacional era un incentivo para concentrar el voto progresista.El segundo desacierto fue estratégico. El PP intentó neutralizar a Vox asumiendo parte de su agenda, pero eso no evitó que la presencia de la extrema derecha siguiera movilizando al electorado contrario.El tercero fue territorial y técnico. Las encuestas subestimaron la participación en algunos distritos clave y fallaron en la proyección de escaños en circunscripciones pequeñas, porque el sistema electoral español no convierte de manera lineal los votos en poder parlamentario. Vox obtuvo menos escaños de los esperados y no compensó suficientemente la victoria del PP.Pero lo que de verdad pareció alterar el curso de la campaña fue la última semana. Los socialistas venían de un mal cara a cara en Atresmedia, que había extendido la impresión de que la victoria de Feijóo era inevitable. El debate de RTVE, al que el líder del PP no acudió, cambió ese estado de ánimo: Sánchez y Yolanda Díaz salieron reforzados frente a Santiago Abascal.A ese giro contribuyeron sobre todo los tropiezos del candidato popular. El primero, su afirmación en TVE de que el PP siempre había revalorizado las pensiones conforme al IPC, desmentida en directo por la periodista Silvia Intxaurrondo. El segundo, la reaparición de su antigua amistad con Marcial Dorado, condenado por narcotráfico, que culminó el último día con la admisión de Feijóo de que sabía que era “contrabandista” cuando compartía vacaciones con él. Ambos episodios dieron pie a retratar a un candidato que mentía.La participación fue del 70,4%, cuatro puntos por encima de 2019. La lección de 2023 es que una campaña no solo cambia opiniones: también modifica la intensidad de la participación y el valor de cada voto en el mapa, y eso condiciona el reparto final de los asientos en el Congreso.La foto ahora, sin embargo, es en parte muy distinta. PP y PSOE parten de expectativas de voto muy parecidas a las de 2023, pero no ocurre lo mismo con sus socios. Vox empieza la precampaña con una intención de voto muy superior a la de las últimas elecciones. Y la izquierda, en cambio, con un horizonte de apoyo muy por debajo del que tenía hace tres años y medio. 40dB cifraba este lunes en El País el bloque PP-Vox por encima del 50% de los votos y la última encuesta de Sigma Dos para El Mundo le otorga 203 diputados, muy por encima de la mayoría absoluta.A ello se suma la dificultad de no haber hecho los deberes: la mutación de Sumar en una nueva coalición, bajo la marca Frente Amplio, está en pañales, igual que la designación de un candidato que le ponga cara. Todo indica, además, que esta vez no habrá unidad y que Podemos acudirá bajo sus propias siglas, con la exministra Irene Montero como cabeza de cartel.Esa doble tendencia, a derecha y a izquierda, es lo que marca la diferencia. Para que el bloque PP-Vox no controle el Congreso a partir del 29N hace falta un vuelco electoral mucho mayor que el de 2023. No es imposible, pero sí mucho más difícil que entonces.A favor de quienes sueñan con esa posibilidad está que ninguna de las encuestas conocidas hasta ahora ha tenido en cuenta dos elementos: las elecciones no estaban convocadas —la izquierda tiende a movilizarse mucho más cuando tiene la expectativa de acudir a las urnas— y la derecha aún no había tumbado en el Congreso las medidas contra la crisis de la vivienda impulsadas por el Gobierno, que gozaban de un amplio respaldo de la población, también entre los votantes de PP y Vox.Para el Gobierno es esencial que el debate, como en 2023, vuelva a plantearse como una elección entre dos bloques: la continuidad de un Gobierno progresista presidido por Pedro Sánchez o la llegada al Ejecutivo de la ultraderecha de la mano de Feijóo. Y que a ese marco se sume la situación extrema que viven millones de personas por culpa de la vivienda; de ahí que este mismo martes el Consejo de Ministros recupere los decretos que el Congreso tumbó el pasado viernes.La clave será si ese marco se mantiene. Porque si el eje dominante vuelve a ser Ceuta, la inmigración o la seguridad, favorecerá claramente al bloque conservador. Un cambio de tema dominante también afecta a qué votantes se activan, qué líderes parecen más competentes y qué problemas se convierten en símbolo de la legislatura. Por eso, para comparar con 2023, hay que incorporar no solo encuestas y escaños, sino también la disputa por la agenda.