Durante décadas, una de las historias más conocidas de la ciencia se contó como una película. En 1953, con 23 años, James Watson visita el laboratorio de Maurice Wilkins en el King’s College de Londres. Allí, Wilkins le enseña una fotografía de ADN que había tomado Rosalind Franklin y Watson tiene una epifanía. “En cuanto vi la imagen, me quedé boquiabierto y mi pulso empezó a acelerarse”, escribe Watson en La doble hélice: una reseña autobiográfica sobre el descubrimiento del ADN, el libro en el que el científico contó quince años después cómo él y Francis Crick desentrañaron la estructura del ADN. Seguir leyendo