Feijóo, contra sí mismo: el candidato del PP calla para no tener que responder a Ayuso, Aznar y sobre todo a Vox

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Feijóo nunca se ha sentido del todo cómodo en campaña electoral. Quizá en Galicia, cuando controlaba no solo los mensajes, sino la mayoría de los medios, pero no desde que preside el PP y juega la partida estatal.Su primer intento de alcanzar la Moncloa fracasó en 2023, en parte, por errores propios. La mentira que destapó Silvia Intxaurrondo en La 1 de TVE cuando él sostuvo que su partido había votado “siempre” a favor de revalorizar las pensiones. O la controvertida decisión de dejar la silla vacía en el debate con Pedro Sánchez, Yolanda Díaz y Santiago Abascal.Ahora todo indica que la convocatoria anticipada le desafiará desde el principio y le llevará a territorios incómodos, a los que no está acostumbrado. La campaña no ha comenzado oficialmente, pero la derecha ya intenta fijar sus temas. Tan pronto conocieron la decisión de Sánchez, Vox, Isabel Díaz Ayuso y José María Aznar agitaron la agenda con la inmigración, el futuro de las pensiones, el voto por correo y una supuesta amenaza existencial para la monarquía y la unidad de España. Un campo de minas para Feijóo nada más empezar, y no de la izquierda, sino producto del fuego amigo.El líder del PP, obligado a responder —o a callar—, ve así amenazada, desde el primer momento, su intención de eludir los debates que más le incomodan, aunque de entrada haya callado.El primero, el de Ayuso al dudar de la limpieza del voto por correo y llamar a votar solo en urna, cuestiona implícitamente a Feijóo, expresidente de Correos, que sabe perfectamente que la presidenta madrileña miente. Y que las garantías son las mismas que cuando él dirigía el organismo que mueve las sacas de votos.El segundo lo ha planteado Aznar: si Sánchez vuelve a gobernar, “el sistema constitucional y la monarquía se terminan”, advirtió. La narrativa no es nueva: ya lo profetizó en enero de 2023, al afirmar que si el líder del PSOE seguía en la Moncloa la siguiente legislatura —la que acaba de terminar—, en España se abriría “un proceso constituyente irreversible con unas consecuencias que afectarían a la persistencia histórica de la nación y a la vigencia de la Constitución”. A la vista está su escasa capacidad como oráculo.Tampoco de esto habla Feijóo, que suele evitar ese argumento, aunque en 2023 sí respaldó a Aznar al confirmar, sin pruebas, “un plan premeditado” de Sánchez “para alterar sustancialmente las bases de la convivencia democrática que se plasma en la Constitución de 1978”.Con todo, el principal desafío para evitar los debates que no le interesan viene de Vox. La evidencia de que solo podrá gobernar si mete a los ultras en el Gobierno le emplaza a responder a las condiciones que Abascal ya pone sobre la mesa.La extrema derecha empuja al PP hacia una política de inmigración basada en la llamada “prioridad nacional” y las deportaciones masivas, lo que la ultraderecha mundial llama “remigración”. Hasta ahora, el PP salvaba ese debate con acuerdos en gobiernos autonómicos que a menudo no pasaban de brindis al sol, porque las competencias decisivas en extranjería son del Estado.Esa estrategia ya no sirve. El PP debe decidir —y explicar— si hará lo que Abascal pide: decretar un apartheid contra los extranjeros y, en último término, emprender deportaciones masivas como las que Donald Trump impulsa en su segundo mandato en EEUU.Vox también ha puesto en titulares otro debate que Feijóo quiere evitar a toda costa. A través de José María Figaredo, ha cuestionado el futuro del sistema público de pensiones y sugerido sustituirlo por un “modelo mixto”, parcialmente privado. Hay mucho gasto público por recortar, subrayó en una entrevista con el digital ultracatólico El Debate el portavoz de Vox en materias tan sensibles como desregulación, energía y economía.La desregulación es, precisamente, el otro caballo de batalla de los ultras. Pasa, para empezar, por liberalizar aún más el suelo y la vivienda, eliminar cualquier protección ambiental, facilitar despidos o borrar las normas de igualdad de género. No en vano ha asumido consejerías en aquellas comunidades que gobierna con el PP y que ha renombrado para llamarlas así, consejerías de Desregulación (entre otras competencias).De ninguna de estas condiciones habla todavía Feijóo. Aunque algunos interpretan su silencio de estas horas como la primera señal de que aceptará lo que sea con tal de garantizarse la investidura.En todo caso, el dilema no es fácil. A medida que el PP endurece su discurso antiinmigración, más exigente se vuelve Abascal. Cultivar la imagen de líder centrado y responsable es complicado si solo puedes llegar a la Moncloa metiendo a los ultras hasta la cocina. Atender a Vox y a la vez al portavoz del PP europeo, Manfred Weber, que acaba de pedirle públicamente evitar que “la influencia de las fuerzas más radicales” sea “necesaria ni decisiva”, es imposible.En una estrategia de autodefensa para esquivar sus respuestas a Vox –pero también para no comprometerse con errores como el que este lunes reveló sus escasos conocimientos sobre el mercado energético al confundir “hidrógeno verde” con “nitrógeno verde”–, Feijóo evitó cuidadosamente a los medios en la primera jornada de precampaña. Programó un acto público del PP en el Senado para devolver transitoriamente el foco a Ceuta y publicó una anotación en X, la red social del ultra Elon Musk, para fijar la atención en la amnistía a Carles Puigdemont y pedir que sirva para castigar a Sánchez en las urnas. El resto del día, a salvo de los medios.La decisión no consiste solo en hablar o callar. Si Feijóo asume esos marcos, puede reforzar la expectativa de un Gobierno dependiente de Vox. Si los rechaza, se arriesga a una disputa con dirigentes con capacidad de movilización en su espacio político. Y si calla, deja que otros definan los límites de su futura acción de Gobierno.La campaña ya le plantea esa encrucijada. Feijóo puede intentar presentarse como candidato del “cambio” y tratar de hablar solo de Sánchez. Pero mientras Vox hable de prioridad nacional, Ayuso cuestione el voto por correo y Aznar anuncie el supuesto final de la monarquía, deberá demostrar quién dirige la agenda y aclarar las dudas que persisten acerca de qué país propone si consigue, esta vez sí, llegar a La Moncloa.