La semana pasada, una boya frente a Sa Dragonera, en Mallorca, registró por primera vez más de 33 ºC. En el otro extremo de la península, el Cantábrico tampoco ha quedado al margen de los récords y la boya de Bilbao-Vizcaya alcanzó los 25,2ºC en julio, la temperatura más alta registrada para ese mes. Entre ambos mares hay cientos de kilómetros de costa, pero una misma señal que demuestra que el agua que rodea España está acumulando cada vez más calor. Las aguas que rodean la península Ibérica y las islas se están calentando un 67% más rápido que la media mundial, según los datos recogidos por Greenpeace. Y mientras las costas españolas registran temperaturas extraordinarias, los océanos vuelven a romper récords a escala global. Julio fue, por segundo mes consecutivo, el mes con la temperatura media de la superficie marina más elevada registrada para ese periodo, según el Servicio Copernicus. Pero lo preocupante no es solo el récord, sino lo que ocurre cuando este empieza a repetirse. El océano funciona como uno de los grandes reguladores del clima terrestre. Durante décadas ha absorbido más del 90% del exceso de calor generado por las emisiones de gases de efecto invernadero. Esa enorme capacidad de almacenamiento ha hecho que buena parte del calentamiento se haya producido bajo la superficie. Hasta ahora, el mar ha actuado como un amortiguador, pero empieza a saturarse. «Estamos llevando al Mediterráneo a una situación sin precedentes», advierte Elvira Jiménez, responsable de Adaptación al Cambio Climático de Greenpeace. «Cada décima de grado que gana el mar supone más energía disponible para alimentar fenómenos meteorológicos extremos y un mayor impacto sobre los ecosistemas marinos». La relación entre temperatura del mar y tiempo atmosférico no es sencilla, pero sí existe una conexión fundamental ya que un océano más cálido dispone de más energía y puede aportar más humedad a la atmósfera. -Por eso el calentamiento marino no es una historia que suceda lejos de las ciudades, bajo las olas. Puede terminar cayendo sobre ellas en forma de tormentas más intensas, lluvias torrenciales o episodios meteorológicos extremos. El Mediterráneo, además, se encuentra en una situación especialmente delicada. Desde 2022, el 100% de sus aguas ha experimentado algún episodio de ola de calor marina durante el año. Desde 2023, las temperaturas se mantienen por encima de la media de forma prácticamente continuada. Así, el mar que durante siglos ha definido el clima y el paisaje de buena parte de España está cambiando delante de nuestros ojos. Para un bañista, pasar de 25 a 28 ºC puede parecer una buena noticia. Para muchas especies marinas, no. Cada organismo está adaptado a unas determinadas condiciones de temperatura y el problema aparece cuando esas condiciones cambian más rápido de lo que las especies pueden adaptarse. Algunas pueden desplazarse. Otras no. Los peces pueden buscar aguas más frías y desplazarse hacia el norte o hacia mayores profundidades. Esto modifica la distribución de las especies y puede cambiar incluso los lugares donde los pescadores encuentran sus capturas habituales. Para la pesca artesanal, que depende en gran medida de los recursos cercanos a la costa, no se trata de una transformación abstracta sino un cambio en el territorio de trabajo. Por otra parte, también están apareciendo especies propias de aguas más cálidas en lugares donde antes eran menos habituales. El Mediterráneo vive así un proceso de tropicalización en el que hay especies que encuentran cada vez mejores condiciones para colonizar nuevas áreas mientras otras, incapaces de soportar el aumento de temperatura, retroceden. El mapa de la vida marina empieza a desplazarse y hay ecosistemas que tienen mucho menos margen que un pez para escapar. A pocos metros de profundidad, las praderas de Posidonia oceanica forman uno de los ecosistemas más importantes del Mediterráneo. No son simples extensiones de plantas marinas, sino el refugio y zona de reproducción para numerosas especies, almacenan carbono, producen oxígeno y ayudan a mantener la estabilidad de los fondos y de las playas. Pero también tienen límites. Cuando las temperaturas alcanzan valores extremos, estas praderas pueden sufrir episodios de mortalidad y cuando desaparecen, no solo se pierde una planta, sino que se deteriora todo un hábitat construido alrededor de ella. Algo parecido ocurre con otros organismos especialmente sensibles a las variaciones térmicas. Pero además, el calentamiento tampoco llega solo. Las aguas más cálidas pueden contener menos oxígeno, aumentando el estrés al que están sometidos los ecosistemas. A ello se suman la contaminación, la sobrepesca, la pérdida de hábitats y la presión humana sobre la costa. El cambio climático no está creando un problema completamente nuevo, está haciendo más difíciles todos los que ya existían. Hay otra transformación que ocurre lentamente y que resulta mucho menos espectacular que una boya marcando 33 ºC y eso es el nivel del mar porque cuando el agua se calienta, se expande. Ese fenómeno contribuye a la subida del nivel del mar y aumenta la vulnerabilidad de las zonas costeras. España tiene miles de kilómetros de litoral y una enorme concentración de población, infraestructuras y actividad económica junto al mar. Las playas, además, soportan desde hace décadas una combinación de presión urbanística, erosión y alteración de la dinámica natural de los sedimentos. Y mientras la costa retrocede, el propio océano continúa desempeñando una función esencial para contener el cambio climático. Los mares absorben alrededor del 30% del dióxido de carbono emitido a la atmósfera. Se trata de otra de las paradojas del calentamiento global ya que el océano nos protege de una parte del problema mientras se convierte, al mismo tiempo, en una de sus principales víctimas. El patrón se repite con diferentes intensidades. «Los mares se están calentando mucho más rápido de lo que pueden adaptarse sus ecosistemas», señala Jiménez y es que no solo importa cuánto se calienta el mar, sino cuánto tiempo tienen las especies para responder a ese cambio. La temperatura puede subir en décadas. La adaptación de un ecosistema puede necesitar mucho más. Greenpeace reclama acelerar la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, abandonar los combustibles fósiles y reforzar la protección y restauración de los ecosistemas marinos.