Todo empezó con una curiosidad menor: revisar una vieja sala de bombas en una esquina de la plaza. Al indagar un poco más, los obreros empezaron a encontrar tablas, después escombros, y finalmente cámaras enteras conectadas entre sí por túneles, con azulejos y restos de instalación eléctrica todavía visibles. Nadie tenía un plano que confirmara que ese mundo subterráneo existía debajo de sus pies desde hacía más de cuatro décadas