Entre todas las cosas increíbles que la ciencia moderna nos permite hacer, como fotografiar galaxias lejanas o descifrar el genoma humano, hay algo que parece pura magia: la arqueología sensorial. Resulta que hoy no solo podemos saber cómo vestían o qué comían nuestros antepasados, sino también a qué olían sus casas. Dicho esto, un grupo de investigadores acaba de reconstruir el aroma exacto que se respiraba en los hogares acomodados de la antigua Pompeya antes de que la erupción del Vesubio lo sepultara todo. ¿A qué olía? A una mezcla amaderada y terrosa, con un toque fresco a cítricos.Llegar a ese nivel de detalle no fue fácil. Un equipo de arqueólogos europeos analizó dos incensarios de terracota con más de dos mil años de antigüedad. Uno apareció en un edificio que estaba siendo remodelado para convertirse en posada en el año 79 d. C.; el otro se encontró intacto en el altar de una villa rural cercana, en Boscoreale. Eran recipientes pensados para quemar ofrendas a los Lares y Penates, los dioses protectores de la casa. Los poetas romanos como Propercio ya hablaban de estas costumbres en sus versos, pero una cosa es leerlo en un contexto clásico y otra muy distinta tener la prueba física en la mano.El trabajo de laboratorio tras la búsqueda de los aromas perdidos de Pompeya Diagrama que representa el uso de datos biomoleculares para reconstruir las experiencias, conductas y sociedades del pasadoEl gran reto era no contaminar las piezas encontradas. Los investigadores rasparon con mucho cuidado el interior de los recipientes y llevaron a cabo una serie de pruebas químicas. Buscaron desde rastros de minerales microscópicos hasta fitolitos, partículas de sílice que las plantas dejan tras de sí y resisten milenios. Además, usaron cromatografía de gases y espectrometría de masas para rastrear la "huella dactilar" molecular de aceites y resinas.Una vez hecho esto, las sorpresas no tardaron en llegar. Lo primero que llamó la atención fue una ausencia: nada de estiércol seco, un combustible habitual en otras partes del mundo antiguo. Los habitantes de Pompeya preferían la madera de su propio entorno. Quemaban ramas de roble, laurel, árboles frutales y también hierbas del campo. Muchas de estas plantas no eran mero combustible, sino parte del propio ritual, lo que encaja perfectamente con los higos y piñones carbonizados que han aparecido en otros altares de la zona.El descubrimiento más revelador estaba escondido en una de las piezas: restos de resina exótica de la familia del incienso, probablemente elemí. Este pequeño detalle nos demuestra que Pompeya no vivía aislada, sino conectada a una gran red de comercio internacional. Esas resinas viajaban desde Arabia, Asia o el África tropical, cruzando el mar Rojo, pasando por Alejandría y surcando el Mediterráneo hasta terminar en un quemador de barro en la bahía de Nápoles. Conseguir ese perfume no era fácil ni barato, lo que deja en evidencia la gran importancia que tenía el aroma en sus oraciones. Nuevo hallazgo en Pompeya: así es cómo los científicos han identificado a un médicoPor si fuera poco, en ese mismo incensario aparecieron marcas químicas que podrían corresponder a vino o vinagre. Esto es algo que aparece en las crónicas de la época, que cuentan cómo los romanos vertían vino sobre las brasas mientras el incienso ardía. Este trabajo, publicado en la revista Antiquity, nos regala algo único. Saber que el humo de una ceremonia de hace dos mil años ha dejado un rastro capaz de llegar hasta nosotros es, probablemente, lo más cerca que estaremos jamás de tener una máquina del tiempo.