Cada dieciocho horas, el mundo instala una cantidad de paneles solares capaz de igualar la potencia de una central nuclear. La cifra resume una transformación que, hasta hace no demasiado tiempo, parecía improbable: la energía solar ha dejado de ser una tecnología marginal para convertirse en uno de los motores de la nueva economía energética. Y, para Bill McKibben, ese cambio puede ser mucho más profundo que una simple sustitución tecnológica. En Here comes the sun el ambientalista estadounidense mira hacia esa transformación con una mezcla poco habitual de alarma y esperanza. El autor, una de las primeras voces que advirtieron sobre la crisis climática, sostiene que el mundo se encuentra ante la oportunidad histórica deabandonar progresivamente el carbón, el petróleo y el gas y construir un sistema energético alimentado por el sol y el viento. No es, sin embargo, un libro que ignore la gravedad del punto de partida. McKibben recuerda que la combustión de combustibles fósiles continúa calentando el planeta, derritiendo los polos, deteriorando la salud humana y profundizando las desigualdades. Pero introduce una diferencia respecto a buena parte de su obra anterior. Después de décadas dedicadas a describir la dimensión de la amenaza climática, ahora cree distinguir un camino de salida. «Un camino iluminado por el sol», escribe. La tesis del libro se apoya en una transformación tecnológica que avanza a una velocidad difícil de ignorar. Según el dosier, la energía solar y la eólica se han convertido en las fuentes energéticas más baratas del planeta y son, además, las que están creciendo con mayor rapidez. McKibben utiliza una comparación especialmente reveladora para explicar el ritmo del cambio: la célula solar fue inventada en 1954, pero hubo que esperar hasta 2022 para alcanzar la primera planta solar de un teravatio; la segunda llegó apenas dos años después. Para el autor, estos datos anuncian algo más que una evolución del mercado energético. La tecnología ha alcanzado un punto en el que la expansión de la energía solar puede convertirse en una herramienta decisiva para limitar el calentamiento global. Cada nueva instalación renovable puede contribuir a reducir la dependencia de las fuentes fósiles y, con ella, las emisiones que han alimentado la crisis climática. Pero McKibben introduce una segunda dimensión: la democratización de la energía. El petróleo y el gas son recursos concentrados geográficamente. Su extracción, transporte y comercialización han generado durante décadas enormes estructuras económicas y políticas alrededor de un recurso escaso. El sol, en cambio, llega a prácticamente todas partes. Los paneles solares pueden instalarse en comunidades, viviendas y territorios que históricamente han tenido dificultades para acceder a redes eléctricas fiables. La transición energética podría convertirse así también en una transición del poder. Desde la Revolución Industrial, recuerda McKibben, buena parte de la economía mundial se ha construido alrededor de recursos limitados y concentrados en manos de unos pocos. Esa concentración ha permitido acumular riqueza y poder, pero también ha condicionado la geopolítica mundial. La energía renovable introduce una lógica diferente. El viento y la radiación solar no se encuentran encerrados bajo el suelo de unos pocos países, sino que son recursos distribuidos. El autor imagina, por ello, una geopolítica menos dependiente de quienes controlan las reservas de combustibles fósiles. No significa que el cambio vaya a producirse automáticamente. Precisamente ahí aparece uno de los principales argumentos del libro que señala que el mayor obstáculo para la expansión de la energía solar ya no es necesariamente tecnológico, sino político. McKibben describe la resistencia de una industria fósil que trata de conservar su posición económica y estratégica y relaciona esa lucha por el poder energético con el actual giro ultraconservador de parte de la política mundial. Por eso, Here comes the sun no es únicamente un libro sobre placas fotovoltaicas. Es también un libro sobre poder. La paradoja que atraviesa sus páginas es que el momento más crítico de la crisis climática coincide, según McKibben, con la aparición de una alternativa capaz de modificar radicalmente el sistema que la ha provocado. El cambio climático ya ha generado daños irreversibles, por tanto, el objetivo no consiste en regresar al mundo anterior a la crisis, sino en impedir que el calentamiento continúe alcanzando niveles todavía más peligrosos. Para McKibben, acelerar el despliegue de la energía solar puede ayudar a ganar esas décimas de grado que todavía separan escenarios climáticos muy diferentes. La apuesta tiene además una dimensión social. Una red energética basada en fuentes distribuidas podría facilitar el acceso a la electricidad en regiones que históricamente han carecido de suministros adecuados y reducir la dependencia de grandes centros de producción. La transición, en esta lectura, no solo permitiría contaminar menos sino que podría contribuir a construir sociedades más igualitarias y autónomas. El título del libro procede de la canción de George Harrison Here Comes the Sun, una elección que resume bien el cambio de tono de McKibben. El mismo autor que comenzó su trayectoria denunciando la llegada de una crisis climática que parecía inevitable encuentra ahora una posibilidad de transformación. La imagen que propone es casi civilizatoria: durante dos siglos, la humanidad construyó su modernidad aprendiendo a quemar carbón, petróleo y gas. Ahora podría estar aprendiendo justamente lo contrario, a obtener la energía necesaria sin quemarlos y a mirar hacia el cielo en lugar de hacia el subsuelo. La tecnología existe, los costes han caído y la expansión de las renovables se acelera, pero nada garantiza que la transformación llegue a tiempo. La transición requiere infraestructuras, inversión y, sobre todo, decisiones políticas capaces de enfrentarse a los intereses que todavía dependen del viejo modelo energético. McKibben entiende esa batalla como una de las grandes empresas colectivas del siglo XXI. La compara incluso con la carrera espacial de los años sesenta: entonces, el objetivo era llevar a dos seres humanos hasta la Luna; ahora, la misión sería traer la energía del Sol a la Tierra y ponerla al servicio de las comunidades humanas. La diferencia es que esta vez no se trata de llegar a otro mundo. Se trata de conservar el que ya tenemos. Y quizá ahí reside la principal apuesta de Here comes the sun, en convertir una crisis planetaria en un proyecto común. No hay garantías de que la humanidad consiga realizar a tiempo esa transición, pero, después de décadas describiendo el desastre, McKibben propone mirar hacia arriba. El sol, recuerda, lleva miles de millones de años haciendo exactamente lo que ahora intentamos aprender a hacer, que no es otra cosa que proporcionarnos la energía necesaria para vivir. La cuestión ya no es si existe una alternativa al mundo de los combustibles fósiles. La cuestión es si seremos capaces de construirla antes de que sea demasiado tarde.