Operación Gardel: el gendarme de 19 años que sobrevivió al atentado de Montoneros y volvió al avión para salvar a sus compañeros

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El 28 de agosto de 1975, en la casa de los Cuello, en San José de Jáchal (San Juan), sobraban los motivos para celebrar. Al día siguiente, Gustavo, el menor de los cinco hermanos, cumplía años. Y esa tarde también regresaría al hogar Raúl, el mayor, después de varias semanas destinado en Tucumán. Desde temprano, María Josefina, madre y jefa de familia, puso manos a la obra: cocinó masitas, un bizcochuelo y una torta.Raúl Cuello tenía 19 años. “Hacía poco, menos de un año, que había ingresado a Gendarmería. Cuando lo mandaron a Tucumán nos dijo: ‘Cuídense, yo voy a volver’. Se despidió con besos y abrazos. Fue la última vez que lo vi”, recuerda su hermana Mónica para LA NACION.Todavía había olor a horneado cuando, después de las 13, Mónica y su madre escucharon información confusa que llegaba desde Tucumán. En la casa no había televisión, las noticias llegaban por la radio. El locutor decía que un avión había sufrido una explosión durante el despegue. Enseguida comenzó a hablar de una bomba. En los primeros reportes, Mónica entendió que se trataba de un vuelo del Ejército. Su madre no necesitó escuchar más: “Es el avión donde viene Raúl”, dijo. Mónica intentó tranquilizarla. “No, mamá. Escuchá bien, dicen que es un vuelo del Ejército”, le explicó. Pero ella insistió: “No. Es el avión donde viene mi hijo”. Tenía razón.“Una persona excelente”-¿Quién era Raúl antes de entrar a Gendarmería?-Una persona excelente, fuera de lo común. Siempre fue muy compañero, muy de la casa y de ayudar a los demás. Si encontraba a alguien tirado en la calle, lo acompañaba hasta su casa. Si una vecina necesitaba algo, se ofrecía a hacerle los mandados. En la escuela era muy querido: lo querían sus profesores y tenía muchos amigos. También estaba de novio con una chica a la que le decíamos “la Gringa”.-¿Cuáles eran sus pasiones?-Era hincha de Boca y jugaba algo al fútbol con sus compañeros, aunque no demasiado. Lo que sí le gustaba mucho era cantar. Tenía un conjunto con amigos de la escuela, hacían folclore y él tocaba la guitarra.Justamente la guitarra aparecería otra vez, de una forma inesperada, en las últimas horas de su vida.Cuando terminó el secundario, Raúl ingresó al Escuadrón 25 “Jáchal” de Gendarmería. “Nunca supimos exactamente por qué quiso ser gendarme. Fue una decisión suya. Él quería ser alguien y, sobre todo, ayudar económicamente a mis padres en casa”, explica la hermana.A fines de enero de 1975, Raúl viajó a Buenos Aires, acompañado por su padre y un oficial de la fuerza para incorporarse a la Escuela de Gendarmería Nacional General Martín Miguel de Güemes.En aquellos tiempos las comunicaciones eran complejas. No había celulares y las llamadas telefónicas eran difíciles. Raúl se contactaba con su familia principalmente por cartas. De tanto en tanto llamaba al teléfono fijo de un compañero suyo cuyos padres también vivían en San José de Jáchal.-¿Qué les contaba? ¿Estaba contento?-Sí, siempre trataba de mostrarnos que estaba bien. Nunca nos contaba si algo le costaba o si la estaba pasando mal. Para él, todo estaba bien, todo le gustaba. Tampoco hablábamos demasiado porque estaba interno y haciendo el curso. En esa época no había tanta comunicación como ahora.-¿Y volvió a San Juan?-Sí, en mayo. Él nos dijo que venía porque no había aprobado inglés en el cuatrimestre y no podía seguir con el curso. Eso fue lo que nos contó. Después, con el tiempo, hablé con algunos compañeros que habían compartido habitación con él y ellos nos dijeron que también tenía ganas de volver porque había comenzado el Operativo Independencia, en Tucumán, y quería participar.Tucumán 1975Desde 1974, Tucumán se había convertido en el escenario de actividad guerrillera del Partido Revolucionario de los Trabajadores y el Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Allí, el ERP había establecido la Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez, un frente de guerrilla rural.Ante esta situación, el 5 de febrero de 1975, durante el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, se firmó el decreto secreto 261/75. La norma ordenaba al Ejército ejecutar las operaciones militares necesarias para “neutralizar y/o aniquilar” el accionar de los llamados “elementos subversivos” en Tucumán. Cuatro días después comenzó el despliegue que sería conocido como Operativo Independencia. El sur de la provincia pasó entonces a convertirse en una zona de actuación militar y en Famaillá se instaló uno de los centros de comando.Para entonces, Raúl ya había regresado al Escuadrón 25 de Jáchal. Poco después se organizó el contingente que viajaría a Tucumán. “Cuando salió el grupo que tenía que ir a cubrir el Operativo Independencia, se ofreció a sus superiores. Primero no lo querían llevar porque tenía muy poco tiempo de servicio, pero él insistió tanto que finalmente se fue a Tucumán. Se fue después de su cumpleaños, el 3 de julio”, cuenta Mónica.-¿Cómo vivieron en tu casa la decisión de que Raúl fuera a Tucumán?-Con preocupación, sobre todo mamá. Sabíamos que iba a un lugar que no era lindo, que iba a tener que enfrentarse con los subversivos. Además, teníamos muy poca información de lo que pasaba allá, solo lo que nos llegaba por la radio, nada más.-¿Cuál fue la última vez que lo viste?-Fue después de su cumpleaños. Se fue y no lo vimos más. Al despedirse dijo lo de siempre: “Cuídense, yo voy a volver”. No sabíamos cuándo, hasta que nos avisaron que regresaría el 28 de agosto. Al día siguiente era el cumpleaños de mi hermano más chico así que mamá empezó a preparar de todo para celebrar por partida doble: festejar el cumpleaños de Gustavo y el regreso de Raúl.Respecto al regreso, hay un detalle que la familia Cuello conocería después. El 27 de agosto, en el fin de la campaña, los gendarmes hicieron sorteo y Raúl ganó el premio mayor, una guitarra. “Venía recontento porque quería regalársela a su hermano por el cumpleaños”, cuenta Mónica.Operación GardelEl 28 de agosto de 1975, a las 9 de la mañana, un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina salió de la Base Aérea de El Palomar. A las 11.56 aterrizó en el aeropuerto Benjamín Matienzo, en Tucumán. Allí subieron 114 integrantes de Gendarmería pertenecientes al Equipo de Combate “San Juan”, provenientes de la Agrupación X San Juan y de los escuadrones 25 “Jáchal”, 26 “Barreal” y 27 “Punta de Vacas”. Regresaban a su provincia después de haber cumplido funciones en el Operativo Independencia.A las 13.05, el Hércules comenzó su carrera de despegue. Había recorrido unos 800 metros cuando se produjo una brutal explosión en la pista que dejó un cráter de doce metros de ancho por dos de profundidad.La aeronave, que ya había despegado, estaba aproximadamente a 12 metros del suelo cuando fue alcanzada por la onda expansiva y las llamas. Se prendió fuego, se inclinó a la derecha y cayó sobre la pista. La inercia la arrastró 400 metros.El rescate de sobrevivientes fue complejo, debido a las sucesivas explosiones posteriores.Las crónicas periodísticas dieron cuenta de las seis víctimas: además del cabo Raúl Remberto Cuello, murieron también los sargentos ayudantes Pedro Francisco Yáñez y Juan Esteban Riveros junto, los cabos Evaristo Francisco Gómez, Juan Argentino Luna y Marcelo Godoy. Además, hubo 23 heridos.Se supo, casi de inmediato, que se trató de un atentado: una carga de explosivos había sido colocada debajo de la pista y detonada durante el despegue.Poco después, la organización guerrillera Montoneros se atribuyó la acción, a la que llamó “Operación Gardel”. La denominación apareció por primera vez en septiembre de 1975 en la revista Evita Montonera, que presentó su propia reconstrucción del ataque bajo el título “Golpe a las fuerzas de ocupación”. El nombre que eligieron para el ataque refiere a Carlos Gardel, inigualable cantor de tango, quien había muerto 40 años antes en un accidente aéreo en Medellín. Puro cinismo. Como una ironía macabra.Mientras todo eso ocurría en Tucumán, la familia Cuello escuchaba en la radio las noticias sin poder dejar de pensar en su hijo.La noche más larga-¿Cuánto tardaron en confirmarles que Raúl estaba en ese avión?-Muchísimo. Hasta las tres o cuatro de la mañana no tuvimos ninguna información concreta de Gendarmería. Con papá fuimos muchas veces al Escuadrón a preguntar, pero nos decían que no sabían nada. Mientras tanto, los vecinos empezaron a venir a nuestra casa. A la una de la mañana ya estaba llena de gente. Todos sabían lo que había pasado, lo único que faltaba era la confirmación.-Finalmente, ¿cómo supieron que Raúl había muerto?-Una de las veces que fuimos con papá hasta el escuadrón nos confirmaron su muerte y nos dijeron que alrededor de las cinco de la mañana llegarían los ataúdes. Llegaron más o menos a esa hora, pero no nos lo entregaron enseguida porque dijeron que ellos iban a preparar una sala velatoria.Sobre los detalles del accidente Mónica explica: “Nos dijeron que la explosión alcanzó una parte del ala y que, como el avión recién estaba intentando despegar, pudo haber sido mucho peor. También nos hablaron mucho del piloto. Si no hubiese sido por su pericia, quizás habría sido otra cosa. Pudo mantener el avión, carretear un poco y frenarlo. Después empezó a explotar porque estaba lleno de combustible”, cuenta.“Yo estoy vivo gracias a Raúl”Con los días, gracias al testimonio de sobrevivientes del atentado, los Cuello conocieron otra parte de la historia. Les contaron que, tras la explosión y la caída, Raúl consiguió salir del Hércules. Que pudo quedarse a salvo, pero decidió volver al avión para socorrer a sus compañeros.“Algunos muchachos se nos acercaron y nos dijeron: ‘Yo estoy vivo porque Raúl me sacó’ o ‘gracias a Raúl estoy vivo’. Después Gendarmería nos informó lo que había pasado, cómo había muerto mi hermano. Raúl había logrado salir y estaba en un lugar seguro, pero volvió a entrar al avión en llamas para salvar a sus compañeros. Entró y salió varias veces, rescatando a otros muchachos, hasta que ya no pudo salir. Murió por asfixia”, cuenta Mónica.-¿Llegaron a saber a cuántas personas ayudó?-No, eso no lo sabemos. Había un señor que siempre iba al cementerio y decía: “Yo estoy vivo gracias a Raúl, le debo todo”. Después falleció por las secuelas que le había dejado el atentado. Hubo varios casos así.-Cuando supieron que Raúl había conseguido salir y decidió volver a entrar, ¿los sorprendió?-No. Siempre dijimos que él era capaz de hacer algo así, porque era muy especial.-¿Qué pasó en su casa después de la muerte de Raúl?-Uy, mi casa fue un caos. Papá estuvo unos días, pero después tuvo que volver a trabajar porque había que seguir viviendo: viajaba, traía mercadería... Mamá quedó en cama con una depresión muy grande. Durante mucho tiempo estuvo enojada con Dios. Era muy católica, pero después de la muerte de Raúl quedó con mucho resentimiento. Venía el padre a hablar con ella porque eran amigos, se conocían, pero ella preguntaba por qué Dios no lo había salvado. Era muy difícil, sobre todo porque nosotros éramos todos chicos. Mis hermanos menores prácticamente no recuerdan muchas cosas de aquella época. Así que la que se hizo cargo de todo fui yo. Tenía que atender la casa, ir a la escuela, ocuparme de mis hermanos, ver a mamá, hacer los papeles y ocuparme de las cosas de Gendarmería. Y sigo siendo yo la que mantiene el contacto con Gendarmería.-¿Qué respuesta recibió la familia del Estado después de la muerte de Raúl?-Únicamente pagaron un seguro y algo por la ropa y las cosas que él había llevado. Pero no una indemnización. Justamente ahora estoy haciendo ese trámite.Tras el regreso de la democracia, el Estado argentino creó diferentes regímenes de reparación económica para víctimas del terrorismo de Estado. Entre ellos se encuentran las leyes 24.043 y 24.411, destinadas respectivamente a determinados casos de detención ilegal y a familiares de personas desaparecidas o fallecidas como consecuencia del accionar represivo estatal. En el caso de los Cuello, Mónica sostiene que la familia no recibió una reparación específica por la muerte de Raúl. 51 años después del atentado, impulsa un reclamo para obtener ese reconocimiento económico.-¿Sentís que, además de la reparación económica, hubo una falta de reconocimiento o de Justicia?-Sentís mucha impotencia. No sé si decir odio porque es una palabra muy fea... Pero no podés creer determinadas cosas. Hay personas, terroristas, que participaron de este atentado que después escribieron libros o incluso ocuparon cargos políticos. Por eso ahora estoy tratando de que el caso de mi hermano sea considerado e indemnizado. No puede ser que unos hayan sido juzgados y otros no. Llega un momento en que te da mucha impotencia.Con el paso de los años, Raúl se convirtió en una figura de la memoria institucional de Gendarmería. La Escuela de Suboficiales de la fuerza, en Jesús María, Córdoba, lleva su nombre. En octubre de 2025, además, esa institución donó un busto de Cuello a una escuela de Córdoba.-¿Qué sentís cuando escuchás que lo llaman “héroe”?-Para mí es un orgullo. Aunque también pasaron cosas raras. Por ejemplo, nunca nos preguntaron si queríamos que le pusieran su nombre a una escuela o si nos gustaba el busto que hicieron. Yo ya hice cambiar dos veces el busto. -¿Por qué?-Porque no era la cara de él. Nunca estuve conforme. Y el último que hicieron tampoco sigue pareciéndose del todo. Te dicen que es muy difícil hacerlo solamente con fotografías, que no ayuda que haya una persona de la familia idéntica a él. Y es lógico, podemos tener rasgos parecidos, pero no somos iguales.Mónica siente, además, que en su propio Jáchal la historia tuvo menos presencia pública de la que esperaba. “Hubo años, los del kirchnerismo, en los que prácticamente no se hablaba del tema. Era un responso muy calladito, con los familiares y nada más”, dice.Por eso, el próximo 28 de agosto, cuando se cumplan 51 años del atentado, quiere que sea diferente: “No quiero que sea adentro del Escuadrón. Quiero hacerlo en una plaza, en la calle, en un lugar público. Quiero que participen los familiares de los otros que fallecieron con él y también los sobrevivientes”, sostiene.Los que todavía recuerdanMuchos de los que sobrevivieron al atentado ya murieron. Otros, cuenta Mónica, todavía tienen dificultades para hablar del tema. Uno de ellos es su propio cuñado, hermano de su marido, que viajaba en el Hércules. “No podés hablar con él de esto. Cuando era más joven decía que no se acordaba de nada. Yo creo que sí se acordaba. Ahora directamente no podés hablarle porque se pone muy mal, se emociona muchísimo. Es como si ahora le estuviera saliendo todo”, dice.María Josefina, la madre de Raúl, murió en 1996. Según cuenta Mónica, después de la muerte de su hijo sufrió tres infartos y finalmente falleció de un paro cardíaco. Su padre, Gastón Aliro, tiene hoy 88 años. En los últimos tiempos empezó a perder la memoria y la familia evita llevarlo demasiado seguido al cementerio porque se emociona mucho.“El año pasado hubo un acto muy lindo en la escuela. Los chicos hicieron cosas hermosas, pero para papá fue terrible. Lloró mucho. A cada rato preguntaba: ‘¿Dónde está Raúl? ¿Por qué no está acá junto con los demás? No lo veo por ningún lado’. Está perdiendo la memoria y se le mezclan las cosas”, cuenta Mónica. -Después de tantos años, ¿qué te gustaría que la gente supiera de Raúl?-Que se conozca su historia. Era muy joven, tenía 19 años y toda la vida por delante. El 3 de julio habría cumplido 70 años.-¿Cómo convivís hoy con esa pérdida?-Es una herida que no cierra nunca. Hace poco estaba en un acto con oficiales que ya están retirados, señores grandes, y uno se emocionaba mucho. Y yo pensaba: “Él capaz que ni siquiera lo conoció”. [Hace una pausa emocionada] Yo sí lo conocí, fue mi hermano. Además, éramos muy amigos, muy compañeros, nos contábamos nuestras cosas, compartíamos todo".