La NASA fotografía desde el espacio la mayor cicatriz de fuego de España: es más grande que la ciudad de Nueva York

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Que los veranos en Europa traigan incendios ya no sorprende a nadie. No obstante, lo vivido en julio de 2026 en España y Francia sobrepasó cualquier guion previsto. Sin duda, fue una pesadilla. En zonas de Ávila y Madrid, así como en la Gironda francesa, el fuego avanzó rápidamente, quemando casas y obligando a huir a miles de vecinos. Más allá de la tragedia humana, la magnitud del desastre dejó a los científicos ante un caso de estudio sin precedentes. Ahora bien, cabe mencionar que algunos de los incendios fueron provocados.En España, la peor parte se la llevó Ávila. Allí se declaró el mayor incendio registrado en la historia del país. Todo empezó a mediados de julio cerca de Burgohondo, cuando los satélites de la NASA detectaron los primeros focos. Lo que vino después fue una reacción en cadena: el fuego se unió a otros incendios cercanos hasta quemar más de 77.000 hectáreas. Para hacernos una idea, es como si ardiera de golpe toda la ciudad de Nueva York. Las imágenes del satélite Landsat 9 eran desoladoras, mostrando cicatrices marrones gigantescas donde antes había bosque, y arrasando a su paso con viviendas y mucho más.Unos incendios que todo apunta a que cada vez serán más habituales Imagen captada por un satélite de la NASA que muestra una gran cicatriz provocada por los incendiosAl otro lado de los Pirineos, el panorama no era mucho mejor. El suroeste de Francia ardió a un ritmo aterrador, borrando del mapa pueblos como Le Porge y quemando más de 42.000 hectáreas. Francia cerró así una de sus peores temporadas de incendios en décadas. Pero lo que de verdad dejó helados a los meteorólogos ocurrió el 25 de julio. La columna de calor llegó a generar su propio clima: un pirocumulonimbos, una temible "nube de fuego" que nace de la energía del propio incendio. Es algo que a veces se ve en España o Portugal, pero nunca antes se había documentado un fenómeno así en Francia.A la pregunta de cómo se llegó a este punto. Los científicos del proyecto The State of Wildfires tienen la respuesta. Meses antes, el invierno había sido muy lluvioso. Esto hizo que la hierba y el matorral crecieran más de lo habitual. El problema vino después: olas de calor sofocantes y meses de sequía secaron toda esa masa verde hasta convertirla en una caja de cerillas. Cuando a finales de julio entraron rachas de viento de hasta 65 km/h, llegó el desastre. El fuego arrasa miles de hectáreas en España y deja una tragedia silenciosa: animales domésticos y fauna salvaje desaparecen entre las llamasApagar semejante incendio exigió un gran despliegue. Miles de bomberos y militares lucharon pie a tierra y desde el aire, apoyándose en la tecnología satelital de la NASA, como el sistema FIRMS, para localizar las llamas metro a metro y anticipar sus movimientos. A finales de julio, el fuego dio un respiro y muchas familias pudieron regresar a sus casas. Sin embargo, la lección que nos deja este verano es clara y preocupante: con un planeta cada vez más cálido y seco, estos incendios tan grandes han dejado de ser una excepción para convertirse en la nueva realidad a la que nos enfrentamos.