En general, y a pesar de su enormidad y diversidad, tendemos a pensar en Rusia como en un lugar lejano, frío y con el que no tenemos mucha conexión en el mundo occidental. Por eso, que el común de los lectores no haya oído hablar jamás de WildBerries, el auténtico y conocidísimo rey del comercio electrónico en Rusia, es incluso normal.A pesar de eso, la compañía fundada por Tatyana Kim en 2004 es un auténtico monstruo con más de siete mil millones de dólares en ventas y activos de casi cuatro mil millones, que generalmente se asocia con artículos como ropa, electrónica y productos de consumo cotidianos, aunque también han estado disponibles a través de la plataforma artículos militares y de doble uso, como cascos, dispositivos de visión nocturna y accesorios tácticos.La compañía afirma que aunque los soldados, como el resto de la población, la utilicen habitualmente para comprar cosas, no es para nada un suministrador del ejército ruso. Y sin embargo, sus almacenes se han convertido recientemente en un claro objetivo de las armas ucranianas, capaces ahora de alcanzar prácticamente la totalidad de Rusia: más de veinte localizaciones de WildBerries han sido atacadas desde mediados de julio, se estima que destruyendo en torno al 20% de la capacidad logística de la empresa, en lo que podría interpretarse como una variante de la guerra psicológica: hacer que el ciudadano ruso promedio sea consciente de una guerra que ocurre, por lo general, muy lejos de su casa. El alto mando ucraniano afirma que WildBerries vende artículos como componentes de drones, GPS o equipamiento militar como chalecos o cascos, pero la inmensa mayoría de lo que vende son productos que carecen completamente de uso militar. Según la legislación humanitaria internacional, una localización puede ser considerada como objetivo militar si su naturaleza, localización, propósito o uso constituye una contribución efectiva a la acción militar y destruirla puede dar lugar a una ventaja al bando atacante. ¿Tiene sentido atacar los almacenes de WildBerries? En este caso, el objetivo parece claro: dado que la compañía mueve aproximadamente la mitad del comercio electrónico del país y conecta a cientos de miles de proveedores con sus clientes a lo largo de las once franjas horarias en las que se divide Rusia, destruir la infraestructura que contiene el inventario de un proveedor o la ropa que un cliente quería adquirir genera un efecto mucho más visible e inmediato que destruir, por ejemplo, una refinería, por mucho que esta pueda dar lugar a un eventual racionamiento temporal de combustible. La idea, por tanto, además de interrumpir un posible suministro militar, es generar un fuerte descontento popular y producir efectos económicos colaterales a través de empresas y bancos. Es, claramente, el momento en que la guerra se traslada a las aplicaciones de comercio electrónico. Se trata, fundamentalmente, de penetrar en la conciencia del ciudadano ruso: con un conflicto activo que dura ya más de tres años, únicamente el 46% de los rusos afirma estar siguiendo la evolución de la guerra, y un 19% la ignora completamente. Sin embargo, si se les pregunta qué eventos recuerdan de los últimos meses desde julio, la inmensa mayoría recuerdan los ataques con drones de largo alcance a los almacenes de WildBerries y a las refinerías. Claramente, Ucrania está consiguiendo convertir una guerra para muchos lejana en algo cada vez más difícil de ignorar. ¿A dónde nos lleva esto? A un debilitamiento cada vez mayor de la figura de Vladimir Putin, con una fatiga provocada por la guerra cada vez mayor a medida que más restricciones de gasolina, más caídas de internet y más ataques con drones llegan a cualquier lugar de Rusia. Eso ha hecho que el gobierno posponga constantemente una oleada de reclutamiento forzoso que necesita desesperadamente pero que sabe que sería tremendamente impopular, y que cada vez le resulte más complicado reclutar soldados voluntarios. Nada garantiza que una estrategia de este tipo vaya a ser exitosa. Atacar objetivos estratégicos para hacer más miserable la vida de la población civil y que fuercen un cambio de poder es algo que, habitualmente, no ha funcionado en la mayoría de los conflictos, con la población y los gobiernos tendiendo generalmente a adaptarse, a resistir o a radicalizarse más aún. En el caso de Rusia, con un poder político prácticamente blindado, parece más complicado aún. Pero la gran pregunta, para mí, es qué pasa en una era en la que los drones baratos y con cada vez más rango de actuación hacen posible atacar prácticamente cualquier infraestructura de comercio, pagos, logística, comunicaciones o energía: ¿cuáles son ahora las infraestructuras que definimos como críticas?