Los robots ya pueden notar si una fresa se resbala: esta piel electrónica ultrafina convierte el tacto humano en datos para las máquinas

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Los robots ya saben reconocer objetos, moverse por fábricas e incluso realizar tareas complejas con inteligencia artificial. Sin embargo, siguen teniendo un problema muy básico: no sienten. Algo tan sencillo para nosotros como sujetar una fresa sin aplastarla o notar que empieza a resbalarse continúa siendo un desafío enorme para muchas máquinas.La compañía Touchlab quiere resolverlo con una piel electrónica más fina que la humana, capaz de convertir presión, fuerza y dirección en datos. Su sistema puede detectar que un objeto comienza a deslizarse antes de que caiga y reaccionar prácticamente al instante, imitando esos pequeños reflejos que utilizamos constantemente con las manos.Una piel que le permite al robot corregir el agarre al instanteLa tecnología en cuestión aprovecha un fenómeno llamado efecto túnel cuántico. Dicho de forma simple, cuando cambia la presión sobre el material, también cambia una señal eléctrica que el robot puede medir con una precisión enorme. De esta forma, la máquina sabe cuánto está apretando, hacia dónde se mueve el objeto y si está empezando a perder el agarre.La vista puede indicar a una máquina dónde está una fresa, pero el tacto confirma qué está ocurriendo cuando la toca. Sin esa información, tiene que calcular previamente cuánta fuerza ejercer y corre el riesgo de dejar caer un objeto delicado o apretarlo demasiado.Touchlab ya comercializa componentes táctiles e integra su sistema TACTO en manos robóticas como las de Shadow Robot y Tesollo. La compañía trabaja además para que esta tecnología termine cubriendo zonas cada vez mayores de los robots, y no únicamente las yemas de los dedos.La idea recuerda a otras investigaciones que buscan dotar a los humanoides de una piel capaz de percibir personas incluso antes de que exista contacto físico.El reto ya no es sentir, sino hacerlo barato y resistenteTener el sensor funcionando es tan solo una parte del problema. Una piel destinada a fábricas, hospitales o viviendas debe soportar miles de contactos, adaptarse a robots muy diferentes y tener un precio que permita instalarla de forma masiva. Ahí se encuentra ahora buena parte del trabajo de Touchlab.También es necesario gestionar la enorme cantidad de información generada. En lugar de enviar continuamente todos esos datos a servidores externos, la compañía quiere procesar gran parte de esa información en el propio robot. De esta manera puede reaccionar rápidamente ante un resbalón y transmitir únicamente la información necesaria.Este tipo de autonomía cobra más importancia a medida que los robots dejan de ser simples demostraciones. Robots como Atlas ya pueden cambiarse su propia batería, pero manipular objetos cotidianos con la delicadeza de una persona sigue siendo otro paso imprescindible.Touchlab pretende que estos sensores acaben siendo tan comunes en los robots como hoy lo son las cámaras. Si consigue llevarlos a gran escala, una máquina no solo verá que sostiene una fresa, también sabrá cuándo debe aflojar, apretar o mover los dedos para no perderla.