Isaac Moreno Gallo, ingeniero e historiador: «Si el Imperio romano no hubiera caído, el hombre habría llegado a la Luna en el año 1000», pero esto realmente no es cierto y tampoco lo dijo Carl Sagan

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«Si el Imperio romano no hubiera caído, el hombre habría llegado a la Luna en el año 1000». Isaac Moreno Gallo condensó en esa frase una idea tan rotunda como seductora y la atribuyó ni más ni menos que al divulgador científico, físico e historiador Carl Sagan. Las calzadas, los acueductos y las cúpulas que siguen en pie parecen dibujar un progreso interrumpido. Para el ingeniero, la caída cortó una evolución técnica que habría continuado hasta el viaje espacial.La afirmación parece apoyarse en un contraste reconocible. Buena parte del Occidente posromano dejó de sostener aquellas infraestructuras a la misma escala, mientras que numerosas ciudades, talleres y rutas comerciales se contrajeron entre los siglos V y VII. De esa ruptura real nace la imagen de mil años perdidos, como si el conocimiento hubiese permanecido inmóvil hasta la Revolución Industrial.No existe constancia de que Carl Sagan formulara ese escenario. Su reflexión en Cosmos trataba sobre los científicos jonios, exigía que varias condiciones sociales hubiesen sido distintas y mantenía siempre la cautela propia de una especulación. El Imperio, la fecha del año 1000 y la expedición lunar pertenecen a la versión defendida por Moreno.Lo que planteó el astrónomo La declaración aparece en el canal oficial de Isaac Moreno, dentro de una charla publicada en 2021. A partir del minuto 26:22, el ingeniero habla de técnicas arquitectónicas perdidas, introduce el nombre de Sagan y formula la llegada lunar como una consecuencia de la continuidad romana. Añade que el astrónomo tenía razón.La formulación no aparece en las fuentes primarias de Sagan consultadas. El antecedente rastreable se encuentra en el episodio 8 de Cosmos, emitido el 16 de noviembre de 1980. Sagan se pregunta qué habría ocurrido si la tradición científica de los griegos jonios hubiese prosperado. Para que eso sucediera, explica, habrían tenido que cambiar numerosos factores sociales, incluida la aceptación de la esclavitud. Parte de aquel saber sobrevivió: la recuperación moderna del catálogo estelar de Hiparco en un palimpsesto medieval ofrece un ejemplo material.Sagan especuló con que quizá se habrían ahorrado diez o veinte siglos y que la humanidad podría estar viajando a las estrellas. En aquel pasaje no aparecen la supervivencia de Roma, la Luna ni el año 1000. El propio Moreno expresó la duda de forma explícita el 27 de julio de 2026, cuando escribió en X: «No sé si lo dijo Carl Sagan, pero yo sí que lo digo».Innovación sin despegue industrialDurante buena parte del siglo XX, la interpretación influida por Moses Finley concedió poco peso a la innovación como motor de la productividad y subrayó la esclavitud, la jerarquía social del trabajo y la separación entre teoría y práctica. La arqueología y la historia económica posteriores han matizado esa imagen. Kevin Greene y Andrew Wilson documentaron una difusión tecnológica mayor de la que se suponía.Los romanos emplearon molinos hidráulicos, bombas, tornillos, prensas y sistemas mecánicos para elevar agua o triturar mineral. El complejo de Barbegal, en la actual Francia, reunió 16 ruedas hidráulicas para moler cereal a gran escala. Era una concentración excepcional de potencia mecánica, no la prueba de una economía industrial.Herón de Alejandría describió en el siglo I una esfera que giraba gracias a dos chorros de vapor. La eolípila demostraba que el calor podía producir movimiento, pero no era un motor industrial incompleto. La descripción conservada no la conecta con una bomba, un molino ni ningún trabajo productivo. Como ocurre con otros hallazgos sobre la tecnología del antiguo Egipto, una solución avanzada para un problema concreto no anuncia el futuro industrial de una sociedad. El mismo cuidado sirve para interpretar desde la metalurgia del Bronce Final hasta los molinos romanos. Invención, uso y difusión son procesos distintos. En ocasiones quedaron separados por siglos o por condiciones que nunca llegaron a reunirse.Roma seguía dentro de una economía orgánica. Los alimentos sostenían a las personas, el forraje a los animales y la madera o el carbón vegetal proporcionaban calor. El agua ofrecía energía mecánica allí donde el terreno lo permitía. No se produjo una transición general hacia los combustibles fósiles ni un crecimiento acelerado y continuo de la productividad por habitante semejante al de la era industrial.El historiador Neville Morley examinó este problema en su estudio «Trajan’s Engines». Incluso si los romanos hubieran desarrollado una máquina de vapor, el Estado podía haberla utilizado para abastecer ciudades, mover al ejército o afianzar su poder. La tecnología podría haber servido a las instituciones existentes y agravado la deforestación sin originar una Revolución Industrial.Qué eran las fabricaeLa palabra fabrica induce a imaginar naves, maquinaria y división sistemática de tareas. En el Bajo Imperio designaba talleres o arsenales estatales de armamento. La Notitia Dignitatum enumera 15 centros en Oriente y 20 en Occidente, especializados en escudos, espadas, arcos, flechas, armaduras o artillería. Su organización apenas puede reconstruirse con seguridad.Cuando Simon James publicó en 1988 el gran estudio sobre estas instalaciones, ninguna de las documentadas en las fuentes había sido identificada arqueológicamente de forma indiscutible. Su estimación orientativa de entre 200 y 500 trabajadores por centro dependía de analogías y sigue siendo muy incierta. Además, consideró probable que cada artesano elaborase piezas completas, aunque algunos objetos pudieran exigir cierta división de tareas.Los fabricenses tampoco formaban una masa ordinaria de esclavos. Eran trabajadores jurídicamente libres y gozaban de algunos privilegios, aunque el Estado los vinculaba al oficio de manera hereditaria y perseguía las fugas. No hay pruebas de cadenas de montaje en las fabricae ni de una decisión consciente de sustituir máquinas por trabajadores.La esclavitud pudo afectar al precio del trabajo, a la formación y al prestigio de ciertas ocupaciones. Aun así, convivió con molinos hidráulicos, minería mecanizada, prensas y bombas. Algunos esclavos cualificados cobraban por pieza, acumulaban peculio y transmitían conocimientos. La abundancia de mano de obra no explica por sí sola la ausencia de industrialización.Después de 476La desaparición del Estado romano occidental causó pérdidas profundas. Bryan Ward-Perkins ha mostrado mediante cerámicas, edificios, distribución de mercancías y restos urbanos una caída de la complejidad material en amplias zonas de Occidente. Se redujo la capacidad para recaudar impuestos, sostener infraestructuras y mantener determinadas escalas de producción.El proceso tuvo ritmos muy diferentes. Britania sufrió una contracción especialmente dura; otras regiones conservaron durante generaciones instituciones, talleres y redes heredadas de Roma. En Oriente, el Estado romano sobrevivió, aunque cambió y perdió territorios. La supervivencia del Imperio oriental muestra que la continuidad política no garantizaba la industrialización.La innovación continuó durante la Edad Media. Bizancio conservó y reelaboró saberes matemáticos, astronómicos y médicos; los estudiosos del mundo islámico ampliaron la óptica y la astronomía; la Europa medieval difundió molinos de agua y viento, relojes mecánicos, universidades y, más tarde, la imprenta. El conocimiento siguió trayectorias diversas y conectadas, también fuera del antiguo Occidente romano.La fecha de 476 no funciona como un interruptor. Para imaginar un Imperio occidental duradero habría que modificar guerras civiles, sucesiones, epidemias, ingresos fiscales, asentamientos germánicos y la pérdida del norte de África. Proyectar después una consecuencia hasta el año 1000 multiplica las bifurcaciones. La fecha lunar carece de un mecanismo histórico que permita calcularla.Para Walter Scheidel, la fragmentación política europea pudo favorecer a largo plazo el crecimiento moderno. Su propuesta invierte el argumento de Moreno, pero es discutida y no demuestra que la fragmentación cause el crecimiento. Sí muestra que la relación entre imperio e industrialización sigue abierta y admite explicaciones de signo opuesto.El programa lunar resume la magnitud del salto. El software del Apolo 11 era solo una parte de un sistema que reunía cohetería, navegación, telecomunicaciones, nuevos materiales y cientos de miles de trabajadores. Ningún elemento aislado conducía al resultado final.La eolípila de Herón no contenía en miniatura el Saturn V. Entre ambos hubo formas de conocimiento, fuentes de energía, instituciones y decisiones que aparecieron en momentos concretos y pudieron haber seguido otros caminos. Esa línea recta solo existe cuando el pasado se ordena desde 1969. Esto es lo que se conoce dentro de la historiografía como un error teleológico y es necesario no tender puentes directos entre presente y pasado dentro del conocimiento social que aporta la Historia.