A las ocho y media de la noche, un grupo de jóvenes artistas secuestra a Federico García Lorca del Palacio de Velázquez de Madrid, a la vista y paciencia de los visitantes del Parque del Retiro. Salen del lugar riendo, levantándolo triunfantes y gritando “¡Lorca vive!” en medio de cientos de aplausos, con una pancarta que dice: “Quiero dormir un rato, un rato, un minuto, un siglo, pero que todos sepan que no he muerto”. Se lo llevan entre gritos, así como se llevaron a miles de personas en las noches de la Guerra Civil y la dictadura, en las temidas sacas nocturnas que terminaban en fusilamientos y cuerpos enterrados en fosas que aún no han sido abiertas. Pero esta vez, los gritos son de alegría, porque Lorca ha vuelto a Madrid 90 años después de ser fusilado. Seguir leyendo