Todo empezó con una pregunta simple, casi de sobremesa: ¿a dónde va a parar esta botella si Nueva Orleans ni siquiera tiene reciclaje de vidrio? Cinco años después, la respuesta se convirtió en una planta de tres hectáreas capaz de procesar cientos de miles de kilos de vidrio al año, y en un puñado de islas artificiales creciendo, literalmente, sobre un pantano que llevaba seis décadas muerto