Confucio fue un filósofo chino del siglo VI a.C. cuyos principales pensamientos se enmarcaron todos bajo una corriente filosófica que recibió su nombre. El confucianismo ha permanecido inherente a la cultura del país oriental durante milenios. Tanto es así que su sabiduría y sus enseñanzas han llegado hasta nuestros días teniendo aún vigor. Una característica fundamental de sus enseñanzas es que casi siempre estaban constituidas por frases cortas abiertas a diversas interpretaciones, lo que permite un mejor entendimiento para todos sus fieles. Por su carácter universal se le considera el primer maestro. Entre sus ideas filosóficas más arraigadas se destacan la importancia de llevar a cabo una vida virtuosa, la piedad y el culto a los antepasados. También promulgaba la necesidad de que los gobernantes fueran benévolos y austeros, convertidos en maestros que fueran modelos a seguir para la sociedad en su conjunto. Y predicaba la importancia de la armonía moral interior y su conexión con la armonía en el mundo físico. Uno de sus proverbios más celebres es la frase «compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir». Se trata de una sentencia que a veces es difícil de interpretar, pero que si se reflexiona, tiene todo el sentido del mundo y es perfectamente aplicable a nuestros días. Lo que quiere decir Confucio con este proverbio es una lectura de las prioridades y las obligaciones que tenemos en la vida, ya que ejerce una división en dos términos. El primero, el de las necesidades. Por eso compra arroz, un alimento básico, para la pura supervivencia. Sin embargo, luego se decanta por las flores, un elemento tradicionalmente relacionado con la belleza, como motor y objetivo de vida. Así pues, este filósofo chino de hace más de 2.600 años lo que nos invita es a diferenciar entre aquello que se necesita para seguir avanzando, la pura subsistencia, y esos otros objetivos que nos sugieren algo más idílico, más bello y por lo que merece la pena gastar tiempo y esfuerzos. Es decir, algo plano y nada llamativo como es el arroz tiene que ser el mínimo imprescindible. Sin embargo, aquello que nos suponga un esfuerzo debe ser algo por lo que merezca la pena. Y es que estos dos elementos que casi nada tienen que ver entre sí ilustran muy bien la diferenciación de conceptos que quiere llevar a cabo el maestro. Y que también pueden ilustrar nuestro días. Sin ir más lejos, el arroz suele ser un producto barato y fácil de cocinar que nos saca de cualquier apuro o que nos sirve para cumplir el expediente, pero no va a suponer ningún deleite o disfrute exacerbado. Representa ese sustento básico, también extrapolable a conceptos como el dinero o el trabajo, los cuales son, en cierto modo, alimento. En cambio, las flores siempre van a ser algo que nos posiciona del lado de la belleza y de la distinción. Y se relacionan con el arte, el amor y aquellos detalles que no son estrictamente necesarios para existir. La enseñanza que transmite Confucio aquí es que trabajar y pagar nuestras cuentas es algo obligatorio, pero que a la vez se convierten en una rutina que deja a la persona un tanto vacía por dentro y sin aspiraciones. Por ello, es necesario encontrar un equilibrio vital donde ambas percepciones tengan cabida, alimentando el cuerpo (arroz), pero también la mente, el alma y el espíritu (flores).