Un neurocientífico vincula seis horas de pantallas en clase con peores resultados cognitivos, mientras otros expertos cuestionan la causa

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La adopción de tecnología en las aulas parecía un camino natural para que los estudiantes se familiarizaran cuanto antes con los entornos digitales de su futuro a medio y largo plazo. Sin embargo, Jared Cooney Horvath sostiene que dicha implantación dista de favorecer una formación óptima en los jóvenes, especialmente en sus fases iniciales de aprendizaje, respaldando de este modo estudios que hablan de la influencia negativa del uso de pantallas por parte de menores de 13 años.Horvath es un neurocientífico y exdocente que acaba de publicar La ilusión digital, una obra en la que analiza el impacto de la tecnología en el ámbito escolar desde comienzos de milenio. Con datos en la mano, el experto defiende la existencia de un frenazo en el desarrollo intelectual de los estudiantes, un estancamiento que coincide en el tiempo con la proliferación de pantallas, portátiles y demás herramientas digitales en los colegios. Su estudio reafirma en parte el hecho de que las pantallas en las aulas pueden llevar a distracciones que penalizan a la hora del aprendizaje.Dos décadas de tecnología escolar bajo la lupa En un informe publicado por The Guardian, Horvath sostiene que el uso de pantallas en las aulas está reduciendo la capacidad cognitiva y de retención de los estudiantes. Lo hace valiéndose de los resultados de los informes PISA y de las referencias de progreso previas a la irrupción de las pantallas en las escuelas. Tal como destaca el experto, a partir del año 2000, los coeficientes intelectuales y los resultados en pruebas internacionales de rendimiento académico comenzaron a caer en Occidente, a pesar de que el tiempo de escolarización se mantuvo o aumentó.A la hora de buscar el elemento diferencial respecto a épocas anteriores, Horvath apunta con claridad a la tecnología educativa. Se trata de una dinámica que ganó protagonismo con el cambio de siglo y que experimentó una aceleración definitiva tras la crisis sanitaria del COVID-19.En aquel momento la necesidad impuso un modelo en que la enseñanza a distancia tuvo prioridad como recurso para evitar el frenazo académico frente a una exposición temprana de los menores a pantallas. Según los datos extraídos de informes PISA desde ese año 2000 y mencionados por el propio Horvath, aquellos alumnos que pasan más de seis horas al día frente a pantallas en el colegio obtienen puntuaciones inferiores en comparación con quienes no las utilizan en las aulas.Interpretaciones dispares y alejadas del pesimismo por el exceso El debate sobre cuándo acercar a los jóvenes a las pantallas continúa abiertoSin embargo, las cifras están abiertas a diversas lecturas y la profesora emérita del UCL Knowledge Lab, Rose Luckin, ofrece una réplica al planteamiento de Horvath. Luckin admite que la integración de la tecnología en el entorno escolar se produjo sin pruebas suficientes sobre su idoneidad, aunque discrepa de la idea de que todo uso digital redunde en un perjuicio para los estudiantes.De este modo, la experta propone una postura más equilibrada respecto al rendimiento académico. Con base en los mismos informes internacionales, Luckin subraya que los alumnos con un uso moderado de la tecnología en clase obtienen mejores resultados que aquellos expuestos a los extremos de cero o seis horas diarias. En esta misma línea, el especialista en evaluación educativa Dylan Wiliam advierte de que la evidencia actual refleja únicamente una correlación, sin que exista una relación demostrada de causa y efecto entre las pantallas y el deterioro cognitivo.Tres expertos que ante un mismo escenario son capaces de realizar tres lecturas particulares. Frente al pesimismo de Horvath con respecto a aquellos alumnos que reconocen un uso elevado de pantallas surgen voces que señalan sus dudas frente a la correlación entre ambas cuestiones, así como quienes tratan de defender que un uso moderado parece ser el mejor camino para lograr esa familiaridad con los entornos digitales sin penalizar el aprendizaje ni la capacidad de retención.