El negocio de la erupción del Etna: piden a los turistas hasta 1.000 euros por recorrer 200 kilómetros

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Existe un famoso libro autobiográfico escrito por el pintor, médico y autor -antifascista- italiano Carlo Levi. Se titula 'Cristo se detuvo en Eboli', y se publicó en 1945. El significado de esta frase tenía que ver con las penurias vividas por los campesinos del sur de Italia, donde la civilización o la moral jamás habían aparecido por allí. Ni siquiera Dios se acercaba a esas tierras ínclitas del profundo Mezzogiorno. Hay algo de ese universo salvaje en lo sucedido en Catania, azuzada una vez más por el volcán Etna , cuyos ciudadanos lo llaman en femenino A Muntagna. Se trata del más alto de Europa, y en este fogoso agosto ha vuelto a hacer de las suyas vomitando lava, fuego y cenizas sin parar en uno de los momentos clou a nivel turístico. Los focos han agravado la situación, lógicamente. Con mimbres apocalípticas en un lugar ubicado a siete kilómetros de la urbe. Porque sí. Hay una zona cero afligida por estos caprichos de la madre tierra. Se trata del aeropuerto Fontanarossa, el más importante de la Sicilia Oriental y el quinto en Italia en cuanto a tráfico se refiere. Allí, durante más de una semana, han transitado cientos de miles de turistas sin rumbo ni certeza. Escenas de cataclismo vacacional-veraniego propias del norte de Etiopía -en época de las grandes lluvias- y no de la mayor isla del Mediterráneo, cuyo cuadro actual es desolador: más de setecientos vuelos suspendidos en total (algunos desviados a Palermo, Comiso o Trapani) y unas pérdidas estimadas de 24 millones de euros. Además, la irrupción de 'chacales' que ofrecían un transfer terrestre hasta Palermo-Punta Raisi (aeropuerto Falcone-Borsellino) por mil euros. «Puede parecer mucho dinero, pero se tardan tres horas en llegar desde Catania. Cuatro al volver, por obras en la autovía. Siete en total», explicaba un taxista. No terminaba ahí el mercadeo negro ante las pocas compañías que organizaban servicios bus hacia otros puntos de escala. Según recogía el diario La Stampa en la edición del viernes 14 de agosto -un día antes de retomar escaladamente la normalidad-, el servicio NCC (alquiler de vehículo o miniván con conductor) ofrecía un precio aún más exagerado. Había quien, en la desesperación y hasta que se abría el espacio aéreo del Etna, ofrecía más de cinco mil euros para llegar hasta Milán o Roma de cualquier forma (tren, barco o coche). El caos fue total. Incluso la emergencia, indirectamente, afectó a Malta, donde se suspendieron algunos trayectos. El dibujo era de colapso, con grietas feroces del turismo masivo, rehén de sí mismo. Hoy queda la resaca. Cansancio, calor, impotencia, frustración y hastío la delatan. En medio de la confusión generalizada, con -además- empresas de coches de alquiler colapsadas y apenas sin vehículos, hubo quien se quejó de tarifas desorbitadas por pocas horas. Más afortunados fueron los clientes de algunas compañías aéreas como Vueling o WizzAir, quienes contaron con buses gratis hasta las salidas de avión direccionadas a otras ciudades. En las antípodas, por ejemplo, Ryanair, quien solo ofrecía el reembolso a aquellos que se aventuraron en esta jungla que, durante días, se convirtió una buena parte de la isla. Esto dijo el ministro de Protección Civil, Nello Musumeci: «Desde que, en 1999, ya era presidente de la provincia, evidencié los límites de Fontanarossa, especialmente vulnerable por su cercanía con el Etna. El problema no es él con su evento geológico, sino dónde se encuentra el aeropuerto. De ahí la necesidad de sustituirlo por uno nuevo en la zona entre Piana de Catania y Enna. Veremos», soltó de forma lacónica. Hay una frase de Ennio Flaiano, escritor y guionista de La Dolce Vita, que dice así: «Tranquilos, lo mejor ha pasado». Esa sátira feroz propia de un país inmoral y bello resume perfectamente este episodio que trasciende el ardor y la brama. Fontanarossa no es La Terminal con Tom Hanks encerrado. Tampoco Sicilia es hoy la Eboli de entonces (región campana situada bajo Salerno, cerca de Nápoles). O no. Quizás es eso y mucho más. «Sicilia tiene muchas almas. Una de ellas es como la piel del tambor que yo toco. Es aparentemente muerta, pero la impregno de vida en el contacto. Cuenta historias. Habla de tradiciones y antepasados, de cultura pastoral. La mitología griega es esto. Primero este mundo ancestral; después Jesucristo. El tambor es un instrumento femenino. Lo tocaba Afrodita. Sicilia, Catania, es calma y tempestad. Todo y nada. Es esto, pero también sensibilidad, placer, observación, pureza. Armonía y perfección. Mar y volcán». Probablemente no hay nadie en el mundo que defina mejor esta situación que Alfio Antico, cantautor, músico y actor teatral, uno de los mayores intérpretes a nivel mundial, de la tamorra (tambor gigante). No la juzga. Al menos, no lo hace de forma tajante y sesgada. Solo Italia sabe embellecer sus fisuras y poner flores al fuego. También teñir de color esos hoteles fantasmas que aguardan ahí afuera, impertérritos y acongojados en este hermoso drama, custodiándolo.