Animales predadores: su implicación con los intereses del hombre

Wait 5 sec.

Los términos predador o depredador, idénticos según la Real Academia de la Lengua Española, se refieren al animal que caza para supervivir. Dicho de otro modo, el animal que mata a otros de distinta especie para comérselos y así poder supervivir. El primer gran ejemplo que llega a nuestra mente es el mismo ser humano. Pues ¿existe alguna otra especie del Reino Animal más predadora que 'Homo sapiens'? Este 'Homo sapiens' que, cuando llevó a cabo su titánica lucha por subsistir en el medio a veces hostil comportándose como cualquier otra especie animal, cambió su suerte cuando desarrolló un cerebro prodigioso que lo elevó a la máxima cota evolutiva iniciando entonces una etapa que puso a prueba su dominio sobre los demás seres vivientes importándole únicamente su propio bienestar. De manera que a lo largo del tiempo se hizo, prácticamente, dueño de casi todo lo que contiene la naturaleza manejándolo a su antojo. Si a eso le sumamos el proceso incontestable de la evolución propiamente dicha que sufre el planeta desde que en él apareció la vida –la friolera de aproximadamente cuatro mil millones de años– junto con los fenómenos colaterales que él mismo ha provocado con sus adelantos tecnológicos, con la destrucción o alteración realizadas sobre numerosos enclaves naturales distribuidos a lo largo y ancho del globo terráqueo, con el elevado número de individuos de su población cifrado en la actualidad en más menos ocho mil trescientos y con el manejo continuo a veces descontrolado de todos los seres vivos que gravitan a su alrededor, no es de extrañar que estemos ante un problema de gran magnitud en lo que a su estabilidad en este mundo se refiere. Estabilidad que por supuesto se hace extensiva a otros muchos animales debida a una u otra causa, siendo la principal el citado manejo descontrolado por parte del hombre. Helena Curtis y N. Sue Barnes, en su obra 'Biología' (1992), indican que en los años cincuenta del siglo pasado el eminente ecólogo Charles Elton notó que ninguna población animal sigue siendo la misma durante un periodo prolongado y que los números de la mayoría de las especies están sujetos a fluctuaciones violentas. Y que la noción popular de que la Naturaleza se encuentra en equilibrio y que las poblaciones por lo general alcanzan un estado de equilibrio ha sido objeto de severas críticas por parte de los ecólogos contemporáneos. Sea como fuere, la verdad es que, sin entrar en la discusión del llamado «equilibrio biológico», la relación entre especies está claramente alterada en muchos lugares de la tierra, sobre todo en aquellos, que no son pocos, en los que existe una sobredimensión de la población humana, ya que por pura matemática el número de especies de animales que conviven o interactúan con los individuos de tal población han sufrido y continúan sufriendo distintos problemas, muchos de ellos de extrema gravedad, casi todos relacionados con la alimentación, base exclusiva de su supervivencia. Y con toda posibilidad uno de esos problemas se presenta entre ciertos predadores y presas, y por ende entre ambos y el ser humano. De los tres actores, predador, presa y hombre, la mala prensa se ceba, a veces, con el primero olvidando el tercero, que se comporta de igual manera que aquel. Ese «a veces» se refiere a los predadores que interfieren con sus intereses. ¿Qué intereses? Fundamentalmente dos: el primero, económico; el segundo, de recreo. Económico cuando los animales domésticos, por lo general cabras, ovejas, vacas, gallinas e incluso caballos, sufren directamente las consecuencias. De recreo cuando los animales cinegéticos ven amenazadas sus poblaciones de forma drástica. ¿Qué predadores? Hoy en día, en el económico las primeras posiciones las ocupan el lobo y el zorro; y en el de recreo el zorro se presenta como cabeza de serie. Pero no solo estos dos mamíferos ostentan el privilegio, si así puede llamarse, de ser los actores principales de la 'tragedia' predadora, sobre todo en lo concerniente a la actividad cinegética, pues hay bastantes más que se cuelgan esta medalla, entre los cuales destaca el jabalí. Ya en el año 1385, Pedro López de Ayala, en su 'Libro de la Caza de las Aves', da el nombre de «aves de rapiña» a aquellas que capturan a otras aves para cebarse con ellas, siendo las principales las águilas, los azores, los halcones, los gavilanes, los esmerejones y los alcotanes. Apunta, por un lado, que tales aves, salvo el águila, nunca comen otra carne que las aves que atrapan; y, por otro lado, que el águila, cuando no puede cazar aves, caza liebres, conejos e incluso corderos pequeños. Con el paso del tiempo estas «aves de rapiña» se ven incluidas en las «alimañas», término dado a los animales que perjudican a la caza: lobo, zorro, lince, garduña, comadreja, nutria, turón, tejón, águila, águila real, aguilucho, alcotán, buitre, búho, gavilán, halcón, milano, urraca, cuervo, chova, grajo, culebra, lagarto y víbora. Ahora, la pregunta obligada: ¿cómo se contempló en el pasado y cómo se contemplará en el futuro el problema que, real o supuesto, acarrean los predadores para los intereses humanos? No hace mucho tiempo, como un poco más de medio siglo, la Administración española competente creyó tenerlo claro creando las Juntas de Extinción de Animales Dañinos y Protección de la Caza que fijaban las pautas a seguir en estas actividades dando lugar a la aparición del 'alimañero', figura que aprovechaba la coyuntura legal para ganarse el sustento. Y, al socaire de ello, una excelente pluma como la del licenciado en Ciencias Naturales Joaquín España Payá plasmó en varios libros ('Caza de Alimañas' y 'Caza de Rapaces con Búho') los métodos a seguir para acabar con los 'molestos' predadores. Estos métodos, junto con el uso del potente veneno de la estricnina, fueron ilegalizados en el año 1983, al igual que las especies de rapaces años antes habían pasado a la condición de protegidas. Tales prohibiciones fueron casi sin duda por completo acertadas, ya que las poblaciones de los más 'reputados' predadores -linces, águilas, lobos, entre otros- sufrieron un descenso más que considerable poniendo en peligro su propia supervivencia. Fue entonces cuando se transmutó la idea de la aniquilación de estos animales molestos a ciertos sectores de personas por la de su estricta protección y recuperación poblacional, esta última felizmente conseguida en muchos casos merced al desarrollo de proyectos auspiciados por las Administraciones tanto europeas como españolas. De manera que con estas actuaciones, bien costosas por cierto, el problema de los predadores, para algunos, los que creen ser los salvadores de la propia Naturaleza, está resuelto; pero para otros, bien aquellos que viven de los productos procedentes de los animales domésticos, bien aquellos que viven del manejo de animales de caza o bien aquellos otros que legítimamente practican esta última, no lo está al existir numerosas trabas, fundamentalmente de origen administrativo, alentadas, por supuesto, por las voces de muchos de los presumibles redentores del mundo natural. El ejemplo más representativo de esta problemática lo tenemos en la actualidad con el lobo, ampliamente extendido por algunos lugares de la Península, causante de importantes daños en las cabezas de ganado con la consiguiente pérdida monetaria y protegido por la Administración, que desaprueba su control poblacional mediante la caza selectiva. Y es entonces cuando los investigadores intervienen para resolver el asunto con la puesta en escena de proyectos novedosos, ya probados, al parecer, con el zorro, tal como lo es la denominada «aversión condicionada». Esto es: habituar al lobo a consumir cebos del alimento al que se quiere generar la aversión (por ejemplo, carne de oveja) impregnados con una sustancia química olorosa de manera que cuando los consume experimentará un malestar generador del proceso de aversión, por lo que si se marca con ese olor al ganado el cánido no se acercará más, lo dejará tranquilo. Bueno, esperemos resultados positivos. Aunque en principio parece que el método ofrece bastantes dudas, entre otras cosas porque anular el instinto de la predación sea de una forma u otra es presumiblemente bastante complicado o probablemente casi imposible. Y todo esto para prohibir una caza que se rige con normas estrictas que ordenan respetar la selección de los ejemplares a abatir para que, creámoslo o no, alcanzar el bienestar de la propia especie en cuanto al equilibrio de su población. En fin, que tenemos la obligación de cuidar de los animales que nos rodean, no hay duda. Que debemos guardar el legado de la naturaleza para nuestros descendientes, por supuesto que sí. Pero, antes de plantear los remedios adecuados que solventen cualquier problema que provoquen estos animales (por supuesto, sin querer), sería del todo conveniente que los afines o no al estricto conservacionismo unan sus fuerzas e ideas para encontrar las herramientas necesarias al objeto de resolverlo. De esta forma todos saldrán ganando, los humanos y los animales