Andaluz con subtítulos

Wait 5 sec.

Imaginemos que el actor británico Anthony Hopkins mostrase su más enérgica queja e indignación cuando descubriera un día que la gente que decide ver en el reino de España El silencio de los corderos en su versión original lo hace leyendo subtítulos en castellano sobreimpresionados en la parte inferior de la pantalla. Supongamos que Hopkins echara en cara a la audiencia ibérica que no fuera capaz de entender directamente en inglés las peripecias del siniestro Hannibal Lecter en la celebérrima película de Jonathan Demme, en el caso de no dominar la lengua de Shakespeare. Resultaría sin duda chocante, ¿verdad? Pues bien, recientemente RTVE ha recibido una oleada de críticas después de haber puesto subtítulos en castellano al parlamento de la madre del jugador de la selección española de fútbol Fabián Ruiz durante su intervención en la docuserie Denominación de Origen de Televisión Española. La polémica ha llevado al propio presidente del ente, José Pablo López, a disculparse en el Senado, donde ha calificado como “error” el subtitulado. Lo más probable es que de inmediato quien se encuentre leyendo estas líneas las vea venir y reponga que absolutamente nada tiene que ver la situación hipotética aquí planteada con el episodio real sucedido hace pocos días (que Anthony Hopkins realmente sea galés en vez de inglés no altera la premisa). Sin embargo, los próximos párrafos intentarán hacer ver que el ejemplo inicial en relación con el subtitulado a Chari Peña, que así se llama la madre del citado futbolista, no resulta tan absurdo como a primera vista parece. Recuerdo que el viernes 25/V/2018 La Sexta emitió un interesante reportaje dentro de su espacio La Sexta Columna titulado “Los otros Gernikas” sobre los bombardeos de la llamada guerra civil en el que, amén de a varios historiadores y estudiosos del tema, se entrevistó a testigos naturales de diferentes puntos de la geografía del reino de España donde tuvieron lugar los hechos relatados. Hay que aclarar que todos ellos ofrecieron su testimonio en lo que se supone que es oficialmente castellano o español; no estamos hablando de otras como euskera, gallego o catalán. Pero solo el testimonio de una de esas personas fue objeto de subtítulos: el de una señora de Cabra, localidad de la Subbética cordobesa, situada en el centro geográfico del país. Si se supone que 400 (o más, según versiones) millones de personas hablamos lo mismo, o sea, castellano/español, y en Andalucía no hablamos más que español hablado en Andalucía, como le gusta denominarlo a la oficialidad dominante en el ámbito académico, ¿qué necesidad hubo de rotular las palabras de la entrevistada egabrense a efectos de que lo que narraba pudiera ser entendido en el resto del Estado? No tengo conocimiento de que tal subtitulado provocara reacción negativa al respecto, probablemente porque al tratarse de un tema sin tanta influencia social como el fútbol el asunto no trascendió. Pero tal circunstancia, la de poner rótulos a discursos emitidos en lo que se habla en Andalucía para facilitar la comprensión del público de fuera de Andalucía, tampoco fue nueva en aquella ocasión. La productora del filme Caín, de 1987, pretendía doblar a a las actrices y actores amateur naturales de una localidad andaluza, esto es, alumnos de un colegio de Chiclana, porque en el preestreno de rigor llevado a cabo en tierras mesetarias se verificó que no se les entendía en el resto del Estado. Ante la negativa de su director, Manuel Iborra, a que se efectuara ese doblaje, finalmente la productora ejecutó su amenaza de no distribuirla. La percepción inicial entre la audiencia de Andalucía respecto al subtitulado a Chari Peña fue hasta cierto punto comprensible: si se supone que en Andalucía pertenecemos al ámbito lingüístico del español y la lengua oficial de todos los territorios del reino de España es el español, ¿qué sentido tiene poner por escrito lo que dice esta señora si está hablando en la misma lengua que alguien de Madrid, Ponferrada, Miranda de Ebro, Calatayud o Tarragona (cuando este último no está usando el catalán, se entiende)? Sin embargo, y aquí es donde nos empezamos a adentrar en el meollo de la cuestión, en el campo de la lengua, o al menos en el abordaje científico de la materia, las cosas no son tan sencillas como se nos intenta hacer ver. Si Anthony Hopkins se enfadara con nosotros por ver sus películas con subtítulos al instante se le repondría que no tenemos por qué conocer el inglés (aunque algunos angloparlantes den por hecho que todo el resto del mundo está obligado a conocer su idioma, pero eso es otro tema). El inglés es una cosa y el español es otra. Hasta aquí bien. Pero lo que aquí no vemos de forma tan nítida es que el castellano centro- y nor-peninsular no es lo mismo que lo que se habla en Andalucía. Como hemos sido instruidos en la idea de que básicamente sí lo es (español uno y español otro), nuestro escaso nivel de autoconciencia lingüística nos impide percibirlo. Recuerdo que en una ocasión un amigo me contó que durante una época que vivió y trabajó en Tomelloso (Castilla-La Mancha) les respondía a los locales, cuando estos le acusaban de ser inentendible o no hablar correctamente cuando lo hacía en su habla nativa, que él era bilingüe, porque era capaz de usar tanto la lengua en la que se había criado como la de ellos. La primera vez que me contó la anécdota no pasé de considerarla una boutade, pero el tiempo me ha llevado a darme cuenta de que en el fondo el argumento era impecable. De hecho en varias ocasiones en las que he conversado con personas de fuera de Andalucía he tenido oportunidad de recoger más o menos el mismo testimonio: cuando vienen aquí hay ocasiones en que tienen serias dificultades en entender a personas andaluzas. Y puedo asegurar que no me lo decían con el menor asomo de crítica, desprecio o falta de respeto por el andaluz. Todo lo contrario; se limitaban a constatar un hecho. Apliquemos otra vuelta de tuerca. Se nos ha contado como una presunta verdad histórica que las llamadas Glosas Emilianenses son el primer texto escrito en castellano (spoiler: falso). Pero cuando la página web del monasterio de San Millán de la Cogolla donde fueron compuestas informaba a quienes lo visiten de que allí se encuentran las “Primeras palabras en castellano” o el “Primer texto en castellano” lo hacían reproduciendo el texto original de ese supuesto castellano para luego incluir debajo una traducción... al castellano. ¿No es un poco extraño eso de que sea necesario realizar una traducción de un texto procedente de otro que se supone que pertenece a la misma lengua a la que se traduce?Lo es tanto como puede serlo la subtitulación a Chari Peña siempre que partamos de axiomas que en realidad son falsos, esto es, en lo que aquí nos ocupa, que lo que se habla en Los Palacios, Cabra o Chiclana es la misma lengua que lo que se habla al norte de Despeñaperros. Se podrá argüir que la lengua oficial de toda España y de la gran mayoría de países del continente americano es el español, sí, pero eso no quiere decir que lo hablen 400 millones de personas porque lo que ese español oficial es una lengua estandarizada, o sea, básicamente escrita. No es lo mismo lo que se habla realmente en Tegucigalpa que lo que se habla en Valladolid. Es más: no es lo mismo ni siquiera lo que se habla en Los Palacios que lo que se habla en Burgos. El hecho de que se considere, empero, que ambas formas de hablar pertenecen esencialmente a la misma lengua obedece exclusivamente a factores político-ideológicos. Tegucigalpa, Los Palacios o Palencia pertenecen a Estados que sí comparten (aproximadamente) un mismo estándar lingüístico que se aprende en las escuelas y se emplea en los medios de comunicación, cierto, y puedo intercambiar correos electrónicos con alguien de Chile con facilidad, pero en cuanto abramos la boca unos y otros vamos a usar lenguas naturales diferentes. En otras palabras, e introducimos aquí lo fundamental: hay dos clases de lenguas, las cultas o estandarizadas y las naturales u orales. La confusión llega cuando mezclamos ambos planos. Sin embargo, desde pequeños se nos ofrece una explicación totalmente al revés. Es como si en los colegios e institutos todavía se enseñara la teoría geocéntrica merced a la cual la el Sol girara alrededor de la Tierra, cuando sabemos que obviamente no es así sino todo lo contrario. De la misma forma, las diferentes variedades orales no son desviaciones ni deformaciones (en el peor de lo casos) ni manifestaciones (en sus versiones más pretendidamente tolerantes) de la lengua estándar, como aún demasiado a menudo se difunde: al contrario, la lengua estandar es una elaboración llamada culta de la lengua llamada vulgar. Tal como lo proclamaba abiertamente el propio Ramón Menéndez Pidal, el ideal de lengua culta del español ha venido siendo el habla de las clases altas de Madrid. Por tanto, el español oficial, el estándar, es una creación fruto de la artificialidad (no menos que el euskera, por ejemplo, al que se le suele achacar dicha condición como si le fuera exclusiva) que se ha terminado imponiendo (lo siento, Gabilondo) a otras por factores políticos. Esto se puede aplicar a particularidades léxicas como las palabras “naide”, “probe” o “haiga”, que podemos encontrar en las letras flamencas. Son palabras que ya existen aquí desde la Edad Media y la prueba la tenemos en el uso que de ellas se hace actualmente en el sefardí, lengua de las comunidades judías expulsadas de la península Ibérica y que pervive aún en variadas regiones del globo. Los mismos filólogos que condenan su uso en Andalucía calificándolas de vulgarismos (imperdonables incorrecciones) son los mismos que las ensalzan en dicha lengua sefardí como arcaísmos (interesantísimos vocablos antiguos). Las sucesivas generaciones que las han seguido empleado en Andalucía no tienen la culpa de que en épocas más recientes, a posteriori, las autoridades legislativas, políticas y culturales del Estado hayan elaborado un estándar que de toda la variación oral existente ha seleccionado las formas respectivas “nadie”, “pobre” o “haya”. Que se enseñe un estándar formado con estas últimas puede ser muy legítimo; que se condene al averno el uso de las alternativas en la lengua natural del pueblo ya no lo es tanto. En su disculpa, el presidente de RTVE, José Pablo López, definió el andaluz como “acento” y ahí radica uno de los ejes de la confusión. Todos tenemos en la cabeza la categorización jerárquica en sentido descendente de lengua-dialecto-habla-acento. Pero no hay ninguna justificación científico-lingüística tras la presunta distinción entre lengua, dialecto, habla y acento. Por si no quedara claro este punto, lo voy a escribir de nuevo: no hay ninguna justificación científico-lingüística tras la presunta distinción entre lengua, dialecto, habla y acento. Al calificarlo como “acento” se está interpretanto que lo que habla Chari Peña pertenece a una gran categoría única y esencialmente uniforme que sería el español, respecto a la cual no dejaría de ser un mero deje, un estilo de usarlo. Pero a nivel real, esto es, oral, Chari Peña habla una lengua que socava la premisa de la mutua inteligibilidad a la que se suele invocar a la hora de establecer los dominios de una lengua. Porque mucha gente fuera de Andalucía realmente no la entiende. Y ello no supone necesariamente desprecio. Es más, y a la inversa, en algunas ocasiones vemos en los informativos estatales subtítulos para lo que dicen personas que hablan catalán o gallego a las que seguiríamos entendiendo fácilmente sin necesidad de ellos (el euskera es otro asunto por no ser una lengua romance, como es obvio); a pesar de ello, nadie (o casi) piensa que por eso dichas lenguas sean acentos, hablas o dialectos del español. Tan sujeta está toda esta suerte de consideraciones a factores políticos que muchos que no dudan en calificar al valenciano como una lengua netamente diferente del catalán ponen mil y una objeciones a considerar al andaluz como una lengua específica diferente del castellano centropeninsular. La diferencia entre unas variedades y otras es un continuo más que una frontera discreta. Y la necesidad de poner subtítulos a la manera de hablar de la madre de Fabián Ruiz no ha hecho más que poner en evidencia la arbitrariedad de los límites convencionales entre las categorías lingüísticas al uso. Posiblemente el habla empleada en los grandes núcleos urbanos andaluces sea más cercana o más comprensible desde la óptica del castellano central, fruto de la mayor influencia ejercida por la castellanización a través del sistema educativo y los medios de comunicación, pero si nos adentramos en zonas más alejadas de las grandes capitales sale a relucir ese andaluz más genuino y diferenciado, si queremos describirlo así. Menos comprensible al norte de Despeñaperros. Termino este artículo con un par de complementos. Primero, quien quiera profundizar en el discurso tanto explícito como implícito en torno al andaluz en los medios de comunicación y otros ámbitos puede hacerlo en Por lo mal que habláis, trabajo que publiqué en 2019 en la editorial granadina Hojas Monfíes. Segundo, tuve ocasión de tomar conciencia de todo este cambio de paradigma gracias a la lectura de diversos textos del catedrático de Lingüística General (ahora jubilado) y divulgador científico Juan Carlos Moreno Cabrera, autoridad mundial de primer orden cuyos libros no dejo nunca de recomendar.