Cuando el calor deja de ser una noticia del tiempo para convertirse en una emergencia sanitaria

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Los casi 900 fallecimientos asociados a las altas temperaturas registrados en España durante el mes de junio no deberían ser interpretados únicamente como una consecuencia de una ola de calor excepcional. Son, sobre todo, el reflejo de una realidad que se consolida año tras año: el cambio climático ya está teniendo un impacto directo sobre la salud de la población.Cuando el calor provoca cientos de muertes en pocos días, deja de ser una noticia meteorológica para convertirse en una cuestión de salud pública. Sin embargo, seguimos reaccionando como si se tratara de un episodio pasajero, cuando en realidad estamos ante un fenómeno estructural que exige respuestas igualmente estructurales.El calor mata, aunque no siempre aparezca en los titularesLas muertes asociadas a las altas temperaturas tienen una particularidad: rara vez ocupan la primera página con nombres y apellidos. No existe una única causa inmediata. El calor descompensa enfermedades cardiovasculares, agrava patologías respiratorias, acelera insuficiencias renales, empeora enfermedades neurológicas y aumenta la fragilidad de quienes ya presentan problemas de salud.Por eso, muchas veces hablamos de “mortalidad atribuible al calor”. Pero que sea una estimación epidemiológica no significa que sea menos real. Cada una de esas muertes representa una vida perdida que, en muchos casos, podría haberse evitado mediante medidas de prevención y protección.Una amenaza que ya no es excepcionalDurante décadas hemos entendido las olas de calor como episodios extraordinarios. Hoy sabemos que esa visión ha quedado superada.Los veranos son cada vez más largos, las temperaturas más elevadas y las noches tropicales más frecuentes. El calor extremo ya forma parte del nuevo escenario climático del sur de Europa y España se encuentra entre los países más expuestos.Esto obliga a cambiar el enfoque. No basta con activar planes de emergencia cuando se superan determinados umbrales de temperatura. Es necesario incorporar la adaptación al calor como una política permanente de salud pública.La desigualdad también se mide en gradosNo todas las personas sufren el calor de la misma manera.Las personas mayores, quienes padecen enfermedades crónicas, los pacientes respiratorios o cardiovasculares, las personas con trastornos mentales, los trabajadores al aire libre, las personas sin hogar o quienes viven en viviendas mal aisladas soportan un riesgo mucho mayor.A ello se añade un factor frecuentemente olvidado: la pobreza energética.Mientras algunas familias pueden protegerse mediante sistemas de climatización, otras deben elegir entre mantener una temperatura adecuada en su hogar o afrontar una factura eléctrica imposible de asumir. El cambio climático amplifica las desigualdades sociales ya existentes.Adaptar el sistema sanitario no es suficienteLos servicios sanitarios desempeñan un papel esencial durante las olas de calor, pero la respuesta no puede recaer únicamente sobre hospitales y centros de salud.La prevención comienza mucho antes.Es imprescindible identificar a las personas especialmente vulnerables, reforzar la atención primaria y comunitaria, coordinar los servicios sociales, adaptar las residencias de mayores, proteger a los trabajadores expuestos al calor, ampliar los refugios climáticos y transformar nuestras ciudades incorporando más zonas verdes, sombra y espacios públicos preparados para temperaturas extremas.La mejor respuesta sanitaria es aquella que evita que las personas enfermen.No podemos normalizar estas cifrasQuizá el mayor peligro sea acostumbrarnos.Cuando cada verano aparecen cientos de fallecimientos asociados al calor existe el riesgo de asumir que forman parte de la normalidad estival. Pero ninguna sociedad debería aceptar como inevitable una mortalidad prevenible.Nos indignamos ante una gran catástrofe puntual, pero el calor extremo produce una tragedia silenciosa que se repite cada año y cuya magnitud aumenta progresivamente.No deberíamos medir únicamente cuántos grados marca el termómetro, sino también cuántas vidas somos capaces de proteger.El verdadero examen llega antes del próximo veranoLa pregunta no es si volverán las olas de calor. Sabemos que volverán y probablemente serán más intensas.La verdadera cuestión es si habremos aprendido algo cuando llegue el próximo verano.Cada grado adicional tendrá consecuencias sobre la salud. Pero el número de víctimas dependerá también de nuestras decisiones colectivas. Invertir en adaptación climática, fortalecer la salud pública y proteger a las personas más vulnerables ya no es una opción ambiental; es una obligación sanitaria y ética.Porque el calor extremo ya no pertenece al futuro. Vive entre nosotros. Y cada verano nos recuerda que actuar tarde también tiene un coste en vidas.