Miguel Vinagrero, seminarista, sobre qué hacer ante la llamada de Dios: «A un chico que está ahí le diría que se hiciera el mejor amigo de Jesús»

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Vivir una vocación es de las cosas más intensas que le pueden pasar a una persona en la vida. Tanto si lo hace en sus propias carnes como si lo experimenta alguien muy apreciado dentro de su entorno cercano. Se trata de un trance que nunca es fácil de interpretar, ni siquiera para uno mismo. Son momentos de dudas, de incertidumbre ante lo desconocido e incluso de miedo. Eso sin contar cómo podrá afectar a la persona, o personas, implicadas el grado de aceptación social. En el momento en el que una persona siente la llamada de Dios, todo cambia. Deja de ver a su familia de una manera tan habitual y cercana. Rompe con su círculo de amistades e incluso en algunos casos renuncia al amor de su vida. Y todo por seguir una idea que no tiene del todo cierta, pero en la que elige confiar con los ojos cerrados. Como quien se lanza al vacío sin saber si alguien le salvará del impacto contra el suelo. Por ello, muchas personas que están en la situación de haber recibido esa llamada tienen dudas a la hora de escucharla. Lo primero, porque cuesta identificar qué es realmente lo que les sucede. Y segundo, porque da miedo y hasta rabia renunciar a todo lo que se tiene en ese momento solo por seguir un designio divino que, a priori, no es la voluntad del susodicho. Como no es fácil verse en esa tesitura, son muy útiles los consejos de las personas que ya han pasado por ese trance. Un caso así es el que protagoniza Miguel Vinagrero, seminarista de Getafe que se está preparando para llegar a ser sacerdote algún día. Miguel contaba su caso en 'Ecclesia COPE', el programa de la cadena de la Conferencia Episcopal que recoger testimonios como el de este joven que cuenta cómo recibió la llamada de la fe y, sobre todo, qué hay que hacer en estos momentos en los que todo se tambalea. «A un chico que está ahí, lo primero que le diría es vida interior, oración, ponerse delante del sagrario». Para Miguel, la única manera de tomar la decisión correcta y de saber qué quiere Dios de esa persona es tratar directamente con él. «Tienes que hacerte el mejor amigo de Jesús, hablar mucho con él y no tener miedo, confiar que lo que el Señor te va a poner delante es lo mejor para ti». Y por último, prepararse para lo que está por venir. «Y vida eclesial, o sea, dentro de la Iglesia; el sacerdocio no es para ti, es para servir a tus hermanos. Una vez se toma la decisión de seguir esa vocación y de cumplir los designios de Dios, la vida de esa persona cambia para siempre. Cambian sus obligaciones, cambia su entorno e incluso cambian sus voluntades y libertades. Uno de los mayores impactos es la vida en el seminario. «Bueno, podrías mezclar un poco el colegio mayor y el monasterio». «El colegio mayor en el sentido de que vivimos en régimen de internado, vivimos juntos, pero también salimos; no es como un monasterio que es de clausura. Y la parte de monasterio pues es ese ámbito espiritual, o sea, vivimos juntos como una comunidad que crece junta en la fe». La llamada de Dios puede venir en cualquier momento. Sin embargo, Miguel explica que si te acercas al Señor es más sencillo recibir su gracia de esta forma. En su caso fue acudiendo precisamente a la misa de ordenación de un amigo. Si dicen que de una boda sale otra boda, para él fue algo parecido. «En la procesión de entrada, cuando todos los sacerdotes se dirigían al altar, ahí fue cuando con una claridad meridiana sentí en el corazón que el Señor me decía: 'Miguel, esto es lo que quiero para ti, quiero que seas sacerdote'. La llamada viene casi como un tsunami, como una tormenta muy grande que me desestabiliza un montón porque yo ya me había construido todo mi castillo». Miguel en ese momento tenía una relación de pareja consolidada de tres años y su vida familiar encaminada, ya que ambos querían ser padres. Pero un buen día todo cambió y ahora está inmerso en un largo proceso, el de formación como sacerdote. «Tenemos la carrera que dura cinco años, el bachillerato de teología. Antes hay que hacer el curso propedéutico, ya van seis, y luego después del bachillerato el año de pastoral, ya van siete, hasta recibir la ordenación de diácono y después el tiempo que dure el diaconado que son entre seis meses y dos años. Lo normal en Getafe es que esté durando un año». Y así, al cabo de alrededor de ocho años, habrá cumplido el que parece ser sueño.