Había un racimo de prodigios sueltos en Montreal, en el terrible circuito de la ciudad canadiense, y no estaba Tadej Pogacar para marcar los límites de lo imposible. Van der Poel, Evenepoel, Van Aert, Del Toro, Seixas, Pidcock e incluso un español con caché, Juan Ayuso... Tantos candidatos para suceder al genio esloveno y ninguno se viste el maillot más hermoso del ciclismo, el arco iris de campeón del mundo. Lo hace un gregario de Pogacar, Brandon McNulty, sorpresa gigantesca con el que nadie cuenta y que por ese motivo tiene libertad de acción. El norteamericano conquista el Mundial en una decepción total de la selección española, que no tuvo ningún protagonismo ni opción al éxito. Mattheus logra la medalla de plata y el fenómeno Van der Poel el bronce. Ayuso, el mejor español, llegó en un discretísimo puesto 13. El Mundial es la carrera más bonita del curso. Se disputa en el anacronismo de las selecciones nacionales en un deporte mercantilizado y que se sustenta en los patrocinadores y las multinacionales de la bicicleta. Es el mundo al revés. Los rivales durante el año se funden en objetivos comunes para mayor gloria de un país. Y cualquiera se atreve a ser protagonista. México, un país sin tradición en el ciclismo, quiere ganar el Mundial. Lo expone en ese vagón que se monta en cabeza del pelotón con maillots blancos y México en el pecho en protección del candidato Isaac del Toro, que acude a una gran cita sin la protección de su mentor, Tadej Pogacar. Francia exige su cuota. Una nación que ha exportado campeones en épocas antiguas se emociona con Paul Seixas, el cachorro que ha enardecido al país vecino y que obliga a trabajar a los gregarios. (Noticia en ampliación)