Higueras, carrista de un Leopard 2E, en el Ejército Español, dice que su imprescindible labor es tener «la responsabilidad de llevar al resto de compañeros sin provocarles ningún daño»

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El acuartelamiento de El Bruch, en pleno corazón de Barcelona, ha abierto sus puertas para mostrar la realidad diaria de los efectivos de las Fuerzas Armadas. Entre el rigor castrense emerge la figura del soldado Higueras, un militar de Infantería cuya labor resulta vital para la operatividad de las unidades acorazadas sobre el terreno.Su puesto no admite margen de error. Este joven militar asume los mandos de un Leopard 2E, el principal carro de combate del Ejército de Tierra. Manejar esta imponente máquina de guerra exige una concentración absoluta y una pericia técnica al alcance de muy pocos efectivos. El vehículo blindado alcanza las 62 toneladas de peso y alberga a cuatro tripulantes en su habitáculo interior.La presión recae directamente sobre las manos de quien empuña los mandos. «Ser conductor implica la responsabilidad de llevar al resto de compañeros sin provocarles ningún daño», confiesa el propio militar al describir la crudeza de su día a día. La supervivencia de la tripulación depende de su destreza al volante en escenarios imprevisibles, lo que obliga a mantener un nivel de alerta máximo en cada maniobra.Una vocación forjada a base de exigencia extremaEl camino hasta sentarse a los mandos del Leopard 2E requiere superar un filtro implacable. Según relata el soldado en una entrevista concedida a Mundo Deportivo, los aspirantes deben aprobar primero un examen teórico y otro psicológico antes de acceder al blindado. Una vez superada esta criba inicial, los militares afrontan un intenso proceso de formación específica que culmina con una dura fase práctica.«Es un trabajo en el que resulta complicado alcanzar el nivel exigido si no te sale de dentro», advierte Higueras. La presión de los mandos superiores es constante para garantizar la calma en situaciones de alto estrés. Esta vocación le viene de familia, ya que su abuelo sirvió como legionario hace décadas, convirtiéndole ahora en el único representante castrense de su entorno más cercano. Sus familiares sintieron miedo al principio, pero terminaron apoyando incondicionalmente su decisión.De la cabina del blindado a la zona cero de la DANAMás allá de la instrucción táctica, la realidad del servicio militar impone retos humanos desgarradores. El soldado Higueras se desplegó en la primera rotación de ayuda durante la trágica DANA que arrasó decenas de municipios en la Comunidad Valenciana. Las Fuerzas Armadas acudieron de inmediato para socorrer a una población civil que lo había perdido todo bajo el lodo y el agua.«Fue un golpe muy fuerte ver a las personas con todo destruido», recuerda el militar sobre aquella intervención humanitaria. Acostumbrado a la protección del blindaje, en Valencia tuvo que enfrentarse cara a cara con la desesperación de los vecinos afectados, en la que describe como una de las misiones más duras de su carrera profesional.Pese a la crudeza de estas experiencias, el conductor de Infantería mantiene una visión optimista sobre la evolución de la institución. El Ejército de Tierra atrae a nuevas generaciones cargadas de vocación y ganas de servir, consolidando un proyecto de futuro que garantiza la operatividad de las Fuerzas Armadas españolas en cualquier escenario.