El verano sigue siendo una invitación a detener el reloj. Sin embargo, cada año parece costarnos más aceptar esa tregua. Hemos convertido la prisa en una forma de vida y la inmediatez en una exigencia permanente. Queremos resultados instantáneos, respuestas inmediatas y éxitos sin demora. También en las decisiones trascendentales. Quizá por ello las nuevas generaciones, educadas en la cultura del clic, experimentan una frustración creciente cuando descubren que las cosas verdaderamente importantes —una profesión, una familia, una amistad o el prestigio personal— continúan exigiendo lo mismo que hace siglos: tiempo, trabajo y esfuerzo. La sociedad del bienestar ha traído indudables avances, pero también una peligrosa tendencia a medirlo todo en términos de comodidad. Los valores morales y humanos ceden... Ver Más