El triunfo de la selección de España explica mejor que cualquier informe del Centro de Investigaciones Sociológicas la naturaleza real de nuestro país, porque ayer no jugaban solo once futbolistas millonarios, jugaba una proyección de nuestros deseos de validación, jugaba una empresa llamada España, que aspira a tener voz y personalidad en este planeta global. Vimos a una España que ya no viaja por Europa con complejo de inferioridad, cargando con la maleta de cartón del siglo pasado, sino a una juventud que pisa el césped de Nueva York con la misma naturalidad con la que se toma un café palmero, con hielo, nata y vainilla en pleno Manhattan. Estamos viviendo algo que bien podría calificarse de la democratización del éxito, visible en el abrazo que el Rey de España dio a varios futbolistas españoles , porque el fútbol en España ha dejado de ser el opio del pueblo para convertirse en el único pegamento social que funciona. En un país fragmentado, la selección es el único espejo donde la izquierda y la derecha, la periferia y el centro, se miran sin ganas de arrojarse los trastos a la cabeza. Si eso funciona en el fútbol, ¿por qué no lo hace en la política? Esta sencilla pregunta es devastadora y a la vez iluminadora. Lo que pasa en el fútbol no pasa en la política por una razón elemental: en el fútbol juegan los mejores y en la política los mediocres. El espectáculo más triste del mundo es la mediocridad. Lo repito con énfasis: en el fútbol juegan los mejores; en la política, los peores. Los héroes de ayer representan una España mestiza, real, que trabaja en las cocinas de los restaurantes y corre por las bandas de los estadios. Es la España que camina hacia el futuro a pesar de los discursos nostálgicos que se empeñan en anclarla al pasado. Me sorprendió que los futbolistas españoles ni siquiera le miraran a la cara a Donald Trump , convertido en una figura protocolaria, sin ningún interés para ellos. Eso es fascinante. El fútbol es el éxito del pueblo. Hay una belleza whitmaniana en ver a miles de compatriotas celebrar el triunfo en la Quinta Avenida. La masa vestida de rojo parecía una mancha de salsa de tomate sobre el mantel pulcro y gris del Nueva York financiero. Era la irrupción de la vida, del grito, de la caña bien tirada y la sobremesa interminable en medio de la ciudad que nunca duerme. Culturalmente, el fútbol en España cumple hoy la función que antes tenía la religión. La victoria de ayer fue una misa laica. Vivimos en una sociedad obsesionada con el consumo y la juventud eterna, y estos chicos que ayer levantaban el trofeo representan el cénit de esa fantasía. Son jóvenes, son guapos, son ricos y, durante noventa minutos, nos hicieron creer a todos que nosotros también éramos inmortales. Ganar en Nueva York es un éxito deportivo y también corporativo, porque los países hace tiempo que son empresas. Ganar en Nueva York es hacerlo en la ciudad más importante del mundo, no se olvide eso. Ganar el Mundial es un buen negocio empresarial. Es un negocio del que toda España tiene que sacar provecho. Los países ya no existen. Los países son corporaciones que hacen negocios y gracias a esos negocios mejoran la vida de sus ciudadanos. Si España gana un Mundial en Nueva York, España existe en el mundo. Y existe la lengua española, el cine español, la tecnología española, la ciencia española, la literatura española, la música española, el aceite español, el dinero español. Todo es dinero. Y la selección sabe hacer dinero. Quien no sabe hacer dinero es el gobierno de España. Allí hay una paradoja: estamos a la cola de las economías más prósperas, pero ganamos un Mundial de fútbol. Si somos capaces de ganar un Mundial de fútbol, por qué España no ocupa un puesto destacado en las economías internacionales. La pregunta es bien sencilla y bien terca. Hay gente que sabe hacer su trabajo y gente que no sabe hacer su trabajo. El fútbol en eso es maravilloso: o ganas el partido, o te marchas. Esa claridad del fútbol es también la mayor claridad filosófica de este siglo XXI. Yo pido la claridad del fútbol para toda la vida nacional. O ganas el partido o dejas paso a otro. O tienes la mejor sanidad del mundo, o dimites. O tienes la mejor educación pública del mundo, o dimites. O tienes la mejor red ferroviaria del mundo, o dimites. O tienes las mejores universidades del mundo, o dimites. O tienes la mejor ciencia del mundo, o dimites. Por eso amo el fútbol. No admite la retórica de quien quiere justificar su mediocridad. Ayer Argentina fue un equipo mediocre y perdió. Y encima perdió de malos modos. Ayer España ganó porque su fútbol es excepcional. La excelencia del fútbol español debería filtrarse a toda la vida nacional. Después de ver cómo juega España solo podemos vivir en la excelencia. Si no hay excelencia en cualquier ámbito profesional, dimisión. Esa es la enseñanza de la selección española: la excelencia como principio moral, laboral y solidario. A la excelencia solo se llega mediante el trabajo, el sacrificio y el desarrollo de la inteligencia. La excelencia es progresista. Muchos me dirán que el deporte no tiene nada que ver con la política. Es una frase tranquilizadora y falsa. El deporte nunca sustituye a la política, pero la desnuda. Enseña qué valores admiramos cuando dejamos de discutir sobre ellos. Ayer admirábamos el talento antes que la grandilocuencia, la cooperación antes que el héroe solitario, la paciencia antes que el estruendo. No es poca cosa. Ayer admiramos un prodigio: la unión. Ayer vimos un solo jugador compuesto de once cuerpos fundidos en una sola inteligencia. Y eso no es solo fútbol, eso es el triunfo, eso es la excelencia; pues el viejo nombre de la excelencia era «humanismo». Y me confesaré: soy un adicto a la excelencia, y lo soy porque estoy enamorado de la vida en la tierra, y porque soy un humanista.