Una letrina comunal de la villa del emperador Adriano ha permitido entender un poco mejor por qué algunas construcciones romanas siguen en pie dos mil años después. La clave no está solo en cómo se fabricó aquel hormigón: el material siguió cambiando durante siglos, hasta generar minerales capaces de ocupar huecos y cerrar pequeñas grietas.La muestra, extraída de una estructura del siglo II situada en Tívoli, Italia, fue analizada por Paulo Monteiro, de la Universidad de California en Berkeley, y Xiaohong Zhu, de la Universidad Tecnológica de Pekín. Según recoge ScienceAlert, la carbonatación también explica parte de su resistencia, junto con la reacción ya conocida entre la cal y la ceniza volcánica.El hormigón romano no dejó de reaccionar Hasta ahora, buena parte de su duración se atribuía a la reacción puzolánica, que aparece cuando la ceniza volcánica entra en contacto con la cal viva y el agua. El nuevo trabajo no invalida esa explicación, sino que añade otra pieza: la mezcla continuó evolucionando después de endurecerse, incluso cuando quienes la prepararon llevaban siglos muertos.La carbonatación comienza cuando el dióxido de carbono del aire penetra en el hormigón y reacciona con sus compuestos de calcio. De ese proceso nacen cristales de carbonato cálcico que acaban instalándose en poros y fisuras. La calcita fue ocupando esos huecos, lo que complicaba la entrada de agua y frenaba el avance de algunos daños.Eso no significa que el hormigón fuese inmune al desgaste, porque ninguna construcción lo es. Lo que apunta el estudio es que parte de sus cambios internos jugaron a su favor: el material podía volverse más compacto con el tiempo, en lugar de limitarse a perder resistencia conforme envejecía y quedaba expuesto al entorno.Para verlo, los investigadores utilizaron imágenes de alta resolución y análisis realizados a distintas escalas, incluida la nanométrica. Así siguieron la distribución de los carbonatos dentro de la muestra y observaron que los minerales habían crecido en el interior, alrededor de poros, fracturas y otras zonas por las que el agua podía abrirse paso.Monteiro explica que «la reacción puzolánica es de una importancia fundamental», aunque añade que sus resultados indican que «la carbonatación durante un largo periodo también mejora la durabilidad del hormigón y puede ayudarlo a sellar grietas mientras envejece». Dicho de otro modo, no había una única causa detrás de su longevidad.Ese proceso encaja con lo que ya se conocía sobre la autorreparación del hormigón romano. La mezcla en caliente dejaba nódulos de cal capaces de reaccionar cuando el agua entraba por una grieta. La carbonatación añade otro mecanismo de reparación, aunque actúe de una forma más lenta.Lo que puede aprender el cemento moderno Letrina de la villa de AdrianoEl estudio, publicado en Science Advances, no convierte aquella letrina en una receta lista para copiar. Su interés está en mostrar qué ocurre con un material basado en cal cuando permanece expuesto durante un periodo imposible de reproducir en un laboratorio. La muestra lleva casi veinte siglos envejeciendo, con todo lo que eso permite observar.Comprender cómo se forman esos cristales podría servir para fabricar hormigones que duren más y necesiten menos reparaciones. En la práctica, eso supondría sustituir menos estructuras y gastar menos materias primas. Alargar la vida útil también reduce el impacto ambiental, aunque la composición del cemento moderno siguiese siendo la misma.Esta línea de trabajo coincide con otras investigaciones centradas en el uso de materiales alternativos para el hormigón. Unas miran hacia residuos actuales y otras hacia técnicas antiguas, pero todas persiguen construcciones más duraderas y menos contaminantes, sin rebajar la resistencia que necesitan edificios, puentes y otras infraestructuras.Tampoco existía una única fórmula romana que se utilizase en todas partes. Las mezclas variaban según la zona, los materiales disponibles y el tipo de construcción. Lo que aporta la muestra de Tívoli es algo más concreto: parte de la resistencia apareció después de la obra, mientras el hormigón seguía reaccionando con el aire y el agua.