La imagen de los niños que pasaban la tarde en la calle, volvían a casa cuando se encendían las farolas y se inventaban un plan con cuatro amigos sigue teniendo mucha fuerza. También la tienen los recuerdos de meriendas sencillas, recados a pie y horas sin una pantalla a mano. La nostalgia elige sus recuerdos, y por eso conviene mirar aquel tiempo sin idealizarlo.Crecer en los años sesenta o setenta no garantizaba una vida más feliz ni una salud mental más fuerte. Había normas duras, poco espacio para hablar del malestar y desigualdades que muchas familias padecieron de cerca. La investigación sobre desarrollo infantil es clara: un niño necesita protección y afecto, además de margen para aprender por sí mismo.El interés de aquellas rutinas está en otro lugar. Algunas prácticas corrientes entonces, hoy menos frecuentes o más difíciles de encajar en la agenda familiar, se parecen a experiencias que ayudan a desarrollar autorregulación, iniciativa y vínculos sociales. Recuperarlas no exige volver atrás: exige ganar autonomía paso a paso y ajustar cada decisión a la edad del menor.Tiempo para probar y equivocarseLa primera de esas lecciones es dar espacio al aburrimiento cotidiano. Tener ratos sin una actividad dirigida obliga a elegir, imaginar y sostener una idea propia, desde construir una cabaña hasta inventar una historia. El valor no está en dejar al niño desatendido, sino en que no reciba una solución instantánea para cada minuto libre. Esa capacidad de detenerse y pensar resulta aún más valiosa ante la IA en los deberes.También cuenta aprender a esperar una recompensa. Ahorrar para un capricho, aguardar a que llegue el fin de semana o repetir un intento después de fallar enseña a tolerar una frustración manejable. El famoso experimento de la golosina no permite predecir el destino de nadie: la réplica de Tyler Watts, Greg Duncan y Haonan Quan, publicada en 2018, redujo mucho sus asociaciones al considerar el entorno familiar. Aun así, practicar la espera con apoyo adulto ayuda a los niños a conocer sus impulsos y a ponerles palabras.El tercer aprendizaje es aceptar los tropiezos cotidianos. Perder un juego, discutir con un amigo o no resolver un problema a la primera da información útil si el adulto acompaña sin humillar ni rescatar siempre. El informe clínico de la Academia Americana de Pediatría sobre el juego, publicado en 2018, relaciona el juego con funciones ejecutivas y con relaciones estables con los cuidadores. Los planes de clase generados con tecnología también necesitan esa parte activa del alumno, como muestra el debate sobre las lecciones hechas por IA.Responsabilidad con una red cercaOtro hábito recuperable es jugar con reglas propias. El juego libre entre iguales permite repartir papeles, negociar turnos y resolver pequeños choques sin que un adulto dicte cada movimiento. Eso no equivale a dejar a los menores ante riesgos reales. La autonomía se construye con lugares seguros, acuerdos sencillos y una supervisión que se retira de forma gradual cuando el niño demuestra que puede manejarse.Los recados, preparar una merienda o cuidar de sus cosas eran ocasiones para asumir pequeñas responsabilidades diarias. La psicología del desarrollo asocia el sentido de competencia con poder intentar tareas ajustadas a las capacidades de cada edad y recibir ayuda cuando hace falta. En casa y en el aula, conviene pedir que expliquen cómo han llegado a una respuesta, también al usar herramientas de IA escolares, en vez de limitarse a comprobar el resultado final.La sexta lección tiene que ver con negociar los conflictos entre iguales. No todos los desacuerdos requieren intervención inmediata; aprender a pedir turno, disculparse o poner un límite prepara para convivir. El adulto debe intervenir ante violencia, acoso o una diferencia de poder, pero no necesita resolver cada roce menor. Dar lenguaje a lo ocurrido y pedir que cada niño proponga una salida suele enseñar más que imponer una solución desde fuera.El ejemplo y el barrioUna gran parte de la educación pasa por mirar lo que hacen los adultos. El psicólogo Albert Bandura llamó modelado a ese aprendizaje por observación: los niños no solo escuchan las normas, también registran cómo se habla de los demás, cómo se afronta un error o qué lugar ocupa el móvil durante una comida. La misma exigencia de criterio se aplica a las herramientas digitales, donde incluso un supuesto estudio sobre IA puede resultar engañoso.La octava propuesta es reparar antes de sustituir. Coser un botón, arreglar un juguete o reutilizar un objeto no nace solo de la escasez: entrena la paciencia, el cuidado de los materiales y la búsqueda de alternativas. No hace falta convertir cada avería doméstica en una clase. Basta con reservar momentos en los que el niño participe, haga una pregunta y vea que muchas cosas tienen arreglo antes de acabar en la basura.Por último, merece atención contar con una red cercana. Conocer a vecinos, familiares, entrenadores o profesores multiplica los adultos de confianza a los que un menor puede acudir. Una revisión sistemática publicada en 2018 en *Frontiers in Psychiatry* encontró apoyo para factores personales, familiares y sociales, incluido el respaldo de otras personas, en la salud mental tras experiencias difíciles. Esa es una lección que sigue vigente: la infancia gana seguridad cuando nadie tiene que aprender a crecer completamente solo.