Sobre el Plan del Centro Histórico: una estrategia consiste, sobre todo, en elegir después de contrastar

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Hay una idea que atraviesa silenciosamente el Marco Estratégico del Plan Jerez Centro y que merece ser discutida. No porque sea equivocada, sino porque nunca llega a formularse del todo. El documento habla constantemente de estrategia, pero apenas explica en qué consiste realmente una estrategia. Y una estrategia no es una lista de buenos propósitos como tampoco es una colección de objetivos compartidos ni un catálogo de actuaciones deseables. Una estrategia consiste, sobre todo, en elegir.Elegir significa establecer prioridades cuando los recursos son limitados. Significa decidir qué problemas deben abordarse primero y cuáles tendrán que esperar. Significa asumir que algunas actuaciones generan más beneficio colectivo que otras. Y, sobre todo, significa aceptar que cada decisión implica renunciar a alternativas. Hay opciones que, por su naturaleza, contradicen otras. Eso es precisamente lo que echo en falta al leer el Marco Estratégico, documento del que resulta difícil discrepar de sus objetivos. ¿Quién podría oponerse a recuperar población residente, mejorar el espacio público, proteger el patrimonio, favorecer la actividad económica o hacer del centro un lugar más habitable? El documento identifica correctamente muchos de los problemas que arrastra desde hace décadas el casco histórico y construye un relato coherente sobre la necesidad de intervenir de manera integrada.Pero una vez descrito el problema, el texto parece resistirse a hacer aquello que justifica la existencia de una estrategia: ordenar, jerarquizar y decidir. Todo aparece al mismo nivel. Vivienda, patrimonio, movilidad, comercio, turismo, espacio público, cohesión social, sostenibilidad, seguridad o gobernanza forman parte de un mismo horizonte de aspiraciones. Sin embargo, apenas encontramos respuestas a las preguntas verdaderamente importantes. ¿Qué debe hacerse primero? ¿Qué actuaciones son imprescindibles? ¿Qué proyectos deberían descartarse? ¿Qué compromisos son irrenunciables? ¿Qué recursos harán posible todo eso? El documento apenas entra en ese terreno.Quizá esa sea su principal paradoja, pues cuanto más amplio intenta ser, menos capacidad tiene para orientar las decisiones futuras. En definitiva, si todo es prioritario, en realidad nada lo es y simplemente, como viene pasando, se implementará lo que mande el dinero en sus propios intereses. Una estrategia útil no solo señala el camino; también establece límites. Delimita aquello que la ciudad quiere ser, pero también aquello que no está dispuesta a convertirse. Sin esa capacidad para excluir, cualquier actuación acaba encontrando acomodo bajo el mismo paraguas, todo tiene una línea estratégica que lo puede justificar. Una rehabilitación, una plaza, un aparcamiento, un gran evento, una campaña turística o una intervención cultural pueden presentarse como coherentes con el documento. El riesgo es evidente: que el Marco Estratégico termine justificando cualquier decisión en lugar de servir para evaluarla.Hay otra ausencia significativa. El documento describe el centro histórico como si su deterioro respondiera principalmente a un proceso de degradación urbana. Sin embargo, quienes conocen la realidad del casco histórico saben que la situación es mucho más compleja. Detrás de cada edificio vacío aparecen problemas de propiedad, costes de rehabilitación, dificultades administrativas, escasa rentabilidad residencial, falta de vivienda asequible o incapacidad institucional para intervenir. Reducir esa complejidad a un relato más sencillo facilita la comunicación, pero corre el riesgo de simplificar también las soluciones.Algo parecido ocurre con la vivienda, el tema estrella del momento.El Marco Estratégico reconoce, acertadamente, que recuperar población residente debe ser la prioridad. Pero apenas explica cómo hacerlo. No basta con declarar la intención de atraer familias o jóvenes al centro. Hay que explicar qué ocurrirá con las viviendas vacías, cómo se facilitará la rehabilitación, qué papel desempeñará la vivienda pública, cómo se evitará el desplazamiento de quienes ya viven allí o qué instrumentos permitirán contener la presión especulativa. Ni una palabra específica sobre la limitación de la vivienda turística, realidad que se detectó en el diagnóstico como clave en el pretendido proceso de residencialización. Sin esa conversación, la estrategia residencial corre el riesgo de convertirse en un deseo antes que en una política pública; e incluso es justificación de nuevas operaciones especulativas.También sorprende la ausencia de un mapa. No un mapa turístico ni patrimonial, sino un mapa de prioridades. Un documento que pretende orientar la transformación del centro debería señalar con claridad dónde están las mayores urgencias: qué barrios requieren una intervención inmediata, dónde se concentran los edificios en riesgo, qué espacios públicos necesitan una actuación preferente o qué zonas soportan una mayor vulnerabilidad social. Sin esa lectura territorial, siempre existirá la tentación de invertir allí donde resulte más sencillo ejecutar proyectos o donde sea más fácil exhibir resultados.Y quizá ahí aparezca otra de las cuestiones más delicadas del documento.Entre los criterios para seleccionar actuaciones se menciona la necesidad de que estas tengan suficiente visibilidad como para modificar la percepción del centro. La idea puede parecer razonable. Pero conviene preguntarse qué significa exactamente una actuación visible. Porque las políticas más transformadoras rara vez son las más fotografiables. Rehabilitar viviendas, reforzar servicios públicos, acompañar a comunidades de propietarios o intervenir en edificios degradados produce menos titulares que inaugurar una plaza o un gran equipamiento. Sin embargo, suele tener un impacto mucho más profundo sobre la vida cotidiana de quienes habitan el centro.OpiniónEl asociacionismo andaluz ante la pinza regulatoria PP-Vox: cuando el BOJA decreta el desahucio ideológico Miguel González MárquezJerez necesita un gran plan para su centro histórico.Seguramente nunca haya dispuesto de una oportunidad semejante para coordinar inversiones, orientar recursos y construir una política urbana con continuidad.Precisamente por eso conviene exigirle más. No más páginas llenas de grafismos ni más objetivos. No más palabras cuidadosamente escogidas. Lo que necesita el Centro Histórico son decisiones compartidas.Y aquí llega la última cuestión: existe una diferencia fundamental entre construir una estrategia con la ciudadanía y pedir a la ciudadanía que valide una estrategia ya elaborada. La participación no puede reducirse a opinar sobre documentos prácticamente cerrados. Debe servir para decidir qué problemas son prioritarios, qué modelo de centro queremos y qué renuncias estamos dispuestos a asumir.Por eso sorprende que el proceso participativo del Plan Jerez Centro resulte mucho más limitado que el desarrollado por la propia consultora en planes estratégicos de otros municipios. En Chiclana, por ejemplo, el proceso incorporó once mesas temáticas en las que se abordaron cuestiones específicas junto a vecinos, entidades y agentes sociales.Si se ha contratado a un equipo especializado en planificación estratégica y participación, lo lógico sería permitirle desarrollar en Jerez procedimientos similares a los que ya han demostrado en otros municipios.Jerez tiene una oportunidad extraordinaria para construir un gran acuerdo sobre el futuro de su Centro Histórico. Pero ese acuerdo no puede alcanzarse pidiendo a la ciudadanía que ratifique un camino previamente trazado. Debe construirse antes, mediante un debate amplio, informado y abierto, pues los mejores planes no son los que simplemente se aprueban, sino aquellos en los que una ciudad consigue reconocerse.De momento, solo nos queda mandar propuestas en un formulario. Ojalá la ciudadanía activa se lance a definir prioridades y se abandone el papel que se nos otorga, el de meros espectadores.