Visto desde Buenos Aires, el mundo está en contra de la Argentina. Visto desde Europa, la Argentina tiene un problema con el mundo. Cada uno tiene sus razones, todos tienen sus percepciones. Si un partido de fútbol produce tamaños efectos, algo ardía bajo las cenizas. Evitaría el tema, hay demasiada sensibilidad. Pero como la Argentina es para mí, italiano, una especie de patria adoptiva, me tomo el riesgo y la libertad de hacerlo. Para reflexionar, no para juzgar.Como hablo español con acento porteño, siempre me confunden con un argentino. Descubrí así que el argentino no le cae bien a todo el mundo. Tanto en Europa como en las Américas. Igual que los yanquis. No es algo de hoy, de Messi o de Scaloni. Es algo antiguo y arraigado. ¿Por qué?, pregunto molesto. La respuesta es siempre la misma: porque el argentino es arrogante. El 13 de junio de 1990, la Argentina jugaba contra la Unión Soviética; yo lo veía desde el mercado de Riobamba. Al primer gol argentino, aplausos. “¡Qué bien!”, le digo al señor sentado a mi lado, “¡ustedes también son hinchas de Argentina!”. “Es que son nuestros hermanos, a pesar de ellos”, dijo. Nunca lo olvidaré.Son estereotipos. Se proyectan sobre todos los rasgos de algunos. Estereotipos a los que los argentinos, en promedio, son más sensibles que otros. ¡Cuántas veces me preguntan: “¿Qué piensas de nosotros?”! Soy educado y digo alguna banalidad, pero en mi corazón pienso: nada. Me formo una idea de las personas: entrañables, regulares, insoportables. No me pasa por la cabeza que sus rasgos personales sean rasgos nacionales. Si, pongamos, un futbolista italiano juega sucio, ni me parecerá buena gente ni pensaré que así son “los italianos”. Lo mismo con el racismo: desde niño escuché que los italianos son “buena gente”, nada racistas. Mentira: hay racismo en Italia, como en la Argentina y en todas partes. Para negarlo hay que ignorar la historia del nacionalismo argentino y no frecuentar ciertas redes sociales. Pero, de nuevo, eso no significa que “los argentinos son racistas”.La historia argentina rebosa obsesión identitaria; no soy yo quien lo descubre. El “ser nacional”, la “argentinidad”, el “pueblo mítico”; la sobrecarga emocional depositada en el fútbol es una de las muchas creencias de un país en búsqueda constante de la fe que, cree, lo definirá y unirá. Es fisiológico en una nación de inmigrantes, europea por cultura, pero americana por geografía; ambiciosa, pero periférica; ávida de atención, pero a menudo ignorada. De ahí la ansiedad por el “reconocimiento”, fuente insustituible –enseñó Friedrich Hegel– de la identidad social. ¿Cómo lograrlo?Por mímesis o por oposición. La mímesis lleva a emular a aquellos de quienes se desea el “reconocimiento”, a compartir sus valores, gustos y costumbres. Quien lo hace, en la Argentina, suele pasar por “cipayo”. La oposición niega la necesidad de “reconocimiento” y lo suplanta fabricando hiperidentidades, mitos nacionalistas, destinos manifiestos: nos odian porque nos envidian, su odio mide nuestra grandeza. Sin embargo, dado que el nacionalismo excluye la reciprocidad, y sin reciprocidad adiós al “reconocimiento”, lo que queda es frustración. Frustración que produce victimización y agresividad, arrogancia y desmesura, como tan bien lo dice Norma Morandini. Quien buscaba “reconocimiento” obtiene así hostilidad y desprecio, a lo que responderá con aún más obcecación identitaria. La espiral se alimenta a sí misma.Si el mundo está en contra de la Argentina, reza el estribillo, si la Argentina es víctima de una conspiración, discrepar es antinacional, objetar es traicionar, oponerse es blasfemar. La unidad es unanimidadNo son ejercicios intelectuales. El espectro de las “campañas antiargentinas” marca el ritmo de la historia argentina y alimenta la intolerancia política y los malentendidos con el mundo. Si el mundo está en contra de la Argentina, reza el estribillo, si la Argentina es víctima de una conspiración, discrepar es antinacional, objetar es traicionar, oponerse es blasfemar. La unidad es unanimidad. Perón construyó su fortuna sobre eso: la sinarquía nos combate, repetía hasta el cansancio; no tolera nuestros triunfos; quien critica está a su servicio. El antídoto: la Argentina potencia, la arrogancia de la supremacía, la exportación del modelo. También el Proceso denunció la “argentinofobia”: el mundo nos odia porque combatimos el comunismo, nos da lecciones creyéndose superior, ¡pero nosotros “somos derechos y humanos”! Y así sucesivamente: el Fondo Monetario o el “zurdaje” global, los fondos buitre o los árbitros cornudos, el mundo siempre conspira contra la Argentina. Milei no ayuda: agresivo y vulgar, engreído y ofensivo, es el estereotipo en el poder.Todos detestamos a alguien y, sin duda, alguien nos detesta a nosotros. No pasa nada. Pero si les caemos mal a tantos, solo hay dos opciones: o nos consolamos como se consuela quien al tomar la autopista a contramano culpa a los demás –así razona el nacionalista– o bien nos preguntamos qué es lo que genera rechazo. ¿Por qué todos deberían odiar a la Argentina? Es un poco megalómano pensarlo. El mundo no está en contra de la Argentina más de lo que Argentina está en contra del mundo. Es una lástima, porque el costo lo pagan los argentinos que con el mundo quieren vivir en paz.En el Mundial, por otra parte, la Argentina no fue única en odiar o en ser odiada. El odio fluyó a raudales. Fue un espectáculo obsceno, una radiografía despiadada de nuestra época: nacionalismos vulgares, racismos exhibicionistas, prepotencias políticas; el fútbol erigido en religión política, arma geopolítica, pedestal narcisista, garrote ideológico. Nada nuevo, pero peor de lo habitual. Ya no es el momento, si es que alguna vez lo fue, del “patriotismo constitucional” tan querido por Jürgen Habermas; queda muy poco del sueño de una opinión pública cosmopolita unida por los principios de la democracia, orgullosa de su propio país, pero respetuosa con todos los demás. El ambiente del Mundial de 2026 evoca, al revés, la advertencia desencantada de Claude Lévi-Strauss, nos recuerda que “para gran parte de la especie humana y durante decenas de milenios la humanidad se detiene en las fronteras de la tribu”. Una tribu basada en la etnia, la fe, el idioma, la cultura. Y la pelota.