Mucho antes de que los almohades ciñeran al casco antiguo unas murallas de piedra, antes de que la catedral se proyectara ufana como símbolo del triunfo de la Cristiandad o antes incluso de que los palacios renacentistas presumieran de hiedras y buganvillas, el calor ya dictaba sus leyes inapelables. Sin embargo, el verano en Sevilla posee una extraña mezcla de melancolía y belleza, porque es precisamente en la adversidad meteorológica cuando la ciudad revela su carácter más auténtico: en la inteligencia con la que supo construir en tiempos pasados, y en las resilientes formas de convivencia y relación. Y es que cuando llega el calor, la cuidad redescubre los misterios de una liturgia antigua que bebe de la sabiduría romana... Ver Más