Araceli y Agustín Matus, los nietos de Mercedes Sosa, se encargan de custodiar y difundir el legado de la gran voz del folclore argentino. Llevan casi una década dedicados a esta tarea, desde la Fundación Mercedes Sosa o a través de emprendimientos puntuales relacionados a la reedición de álbumes y publicación de otros materiales, poco o nada conocidos. El más reciente, que llevó adelante Araceli, es la publicación de un libro basado en la correspondencia que Mercedes mantuvo entre finales de los setenta y principios de los ochenta con su amigo Hugo Otero. Así lo cuenta en el prólogo del libro que se publicó por ParipéBooks como Mercedes Sosa, Pájaro azul (cartas desde el exilio). “Un día de 2016, llegó Hugo Otero a la Fundación. Él era un amigo de mi abuela, ahora un hombre mayor, dulce y con bigotes, que había trabajado en Felfort, un detalle que yo adoraba por los bombones que solía traernos. Cuando llegó con su bastón y una carpeta azul que explotaba en papeles, me dijo que esa era la correspondencia que mi abuela le había mandado durante años”.Hugo sintió que esa correspondencia le pertenecía a los herederos de Mercedes. Pasaron los años y Araceli venció el pudor. Leyó, ordenó por años y luego pensó que dar esas cartas a conocer no sería una manera de espiar la privacidad sino de correr a la gran artista de ese tótem que se había creado sobre su figura, para mostrarla como una mujer de carne y hueso. De hecho, así lo plantea en esas primeras líneas, cuando ya había terminado el trabajo de edición del material, junto con Graciela Goldchluk y Agustina Pérez Rial. “Mi deseo con este libro es que se pueda leer a Mercedes como una mujer, en contexto; esa imagen de Mercedes como Pachamama me fastidia”.A eso apunta esta publicación y eso es lo que consigue. Aunque hay cartas que fueron escritas en la década del noventa, la mayoría datan de sus primeros años de exilio. Están fechadas entre 1978 y 1983. Es decir: entre los meses previos a su partida y su regreso a la Argentina. Ahí se puede leer a una mujer que no deja de subir a los escenarios para ganarse la vida, que acarrea, cada vez que sube a un avión, tristezas y soledades, a pesar de haber estado siempre abrazada por el aplauso de los públicos más diversos. Una de las particularidades es que escribía en las bolsitas de papel guardadas en los respaldos de los asientos de los aviones para una emergencia ante las náuseas que pueden provocar los vuelos. Ella las usaba como una especie de diario íntimo, aunque cada palabra tuviera un destinatario que, también, era de carne y hueso. “En este momento pienso que nunca me gustó escribir. No es mi fuerte. Pero ahora es lo único que me hace bien”, escribió en una de sus cartas, en junio de 1980.Hubo tres situaciones, todas en 1978, que marcaron el destino de Mercedes Sosa en los años siguientes. Falleció César “Pocho” Mazzitelli, su segundo esposo, poco de después su guitarrista “Pepete” Bértiz y para finales de ese año fue detenida por la policía cuando daba un recital en La Plata. “Mi abuela se fue de la Argentina con dos valijas, un bombo y un grabador”, dice Araceli. Y esa soledad es la que atraviesa ese itinerario epistolar. Pasaron diez años desde que aparecieron aquellas cartas que reconstruyen esos dos años y medio en que la cantora vivió un poco en Francia y otro tanto en España.La memoria de Mercedes Sosa parece ser un trabajo de tiempo completo. “Sí, totalmente, son decisiones -explica su nieta-. Me parece que los mandatos familiares pesan, de todas formas, son decisiones. Hace ocho años que solo me dedico a esto”, dice quien también canta y ha grabado un disco, Matuseándose, hace un lustro. “El tiempo pasa y no estoy avanzando con cosas mías, con cosas propias. Pero mi padre y mi abuela son muy importantes en mi vida. Y este libro para mí fue y es muy importante porque es la primera vez que decido hacer algo acerca de mi abuela porque yo quiero. No tiene que ver con la Fundación. Le pedí permiso a mi hermano porque somos dos y las cuestiones de la abuela son decisiones de los dos. -Cada cosa que publican lleva su tiempo...-Fueron tres años. Más de uno con reuniones semanales con las editoras. Bueno, y viste que el dinero no se hace escribiendo libros. En este caso ni siquiera es mío.-Pero hay otras formas. En 2016 hubieras podido publicar todo como te había llegado. Sin decantar, sin curaduría. Aunque no lo hayan pensado así, para otros habría sido una opción. -Sí, por supuesto. Pero nosotros somos responsables de lo que se haga con el nombre, la imagen y la voz de mi abuela. El mundo es muy grande, no llegamos a abarcar el mundo. Pero en lo que podemos, desde 2020 hasta ahora hacemos un trabajo muy grande para que todo sea respetado. No se ve en dinero, tampoco es lo que buscamos. Por ejemplo, no hubo ninguna editorial en Argentina que haya aceptado este libro. Ni grande, ni chiquita. No es tan fácil. Además, es el libro de alguien que no fue escritora. Falleció ya hace muchos años y hay una generación que no la vio en vivo. Pero tuvimos la suerte que apareció esta editorial con un plan que se cumplió a rajatabla y estoy muy feliz.-¿Lo más difícil fue la decisión de hacer públicas esas cartas? -Fue una decisión individual pero sé que cuento con mi hermano para esto. Una vez que que partió mi abuela, con mi papá -Fabián Matus, único hijo de Mercedes, que falleció en 2019- y con mi hermano fuimos muy claros en la manera de cuidarla y de cumplir con lo que ella había hecho en su vida. Hay cosas que nunca publicó, no porque fueran secretos ni nada por el estilo, sino porque le parecía que no tenían que ver con su trabajo. Si yo decidí publicar estas cartas fue porque, así como mi abuela fue una persona pública, quien tuviera ganas podría leer a mi abuela del modo como ella escribía. Y entiendo el significado muy grande que tiene para muchos, en muchas partes del mundo. Pero le costaba vivir todos los días como a cualquiera.-Por eso mostrarla así, no como la Pachamama... -Sí. Y también pensá que la decisión de Hugo ayudó. Porque él hubiera podido haberse guardado todo eso, lo podría haber quemado, incluso. Pero me dijo: “Esto es de ustedes”. En ese momento mi papá lloraba. Entonces me hice cargo. No sé, es muy complejo. Pero prefiero lo complejo a lo ideal.-¿Te sirvió para conocerla de otro modo? Porque no se le habla a un amigo, como lo fue Hugo, del mismo modo que a una nieta. Ni siquiera en una carta. -Sí, a mi me mandaba cartas que decía: “Te quiero mucho”. Pero no la conocí de otro modo en estas cartas. Por otro lado, yo tenía unos 3 años en aquel momento. Una vez se dibujó llorando y dijo algo así: “No me tendría que haber despedido de vos porque ahora me siento peor”. Por eso te digo que no encontré una abuela que no conociera.-¿Nada te sorprendió?-Bueno, sí, que ella se sentía un poco mal o en inferioridad en la escritura. Eso nunca lo hablamos, aunque no había por qué hablarlo, me parece. Es relevante porque es su sentimiento. Ahora, también cuando ves las cosas que escribe... En un momento dice: “Yo creo que mi mamá me hizo solamente para cantar y para molestar a dictadores de turno”. Es importante su sentimiento y su sensación. -¿Qué tanto trabajo de edición hubo? –El trabajo de Graciela y de Agustina fue para ayudar a la lectura. Yo no quise que se cambiara su escritura, pero también fui aprendiendo que hay formas de edición que permiten que la lectura no obture la visión, digamos. A lo mejor, solo faltaba una coma.-Veo en esas cartas una especie de diario personal...-Se la tomaba como La Pachamama, pero era una mujer. En 1979 tenía 44 años, un hijo de 20 y una nieta. Se le había muerto el marido, uno de sus mejores amigos y el músico con el que tocaba, con el que compartía su vida. Murieron esas tres personas en menos de tres meses. Entonces, bueno, esa era su realidad. Y giró por el mundo, porque tenía que trabajar, se dedicaba a eso. Si no cantaba no cobraba. -¿Publicar un documental es una decisión que tiene que ver con llegar a otra gente, quizá, a una generación que casi no lee? -No. No fue mi idea. Ese es un trabajo de Agustina, que tiene nuestro permiso y aval. Me parece importante porque no hay ningún documental de mi abuela hecho por una mujer. El exilio es la peor época de mi abuela y me parece horroroso, pero entiendo que históricamente es importante, sobre todo su vuelta y los conciertos en el Teatro Ópera. A mí no me gusta nada, me hace doler la panza. Por eso mi insistencia en que estuvieran [en el libro] todas las cartas, porque a mí me interesaba el vínculo de mi abuela escribiéndole a una sola persona. Y me parece importante que libro y documental no fueran hechos en conjunto pero sí dos producciones que tienen que ver, que no están separadas.Fotografías y los signos de un tiempoLa otra voz es el documental que está preparando Agustina Pérez Rial. Aunque todavía sin fecha, el trabajo está bastante avanzado. Se basa en esa correspondencia que le había enviado, especialmente durante su exilio, a su amigo Hugo, y en muchas fotografías que solía tomar. Entre 1979 y 1982 su base fue París primero y luego Madrid, pero desde allí viajó constantemente para cantar en diferentes países. “La idea del documental surgió en paralelo a las cartas. Me gusta el cine epistolar. Llegué a conocer a Araceli por una investigación de la publicación de uno de los discos de Mercedes. Todos los documentales y libros fueron hechos por hombres, y nunca se la mostraba en su dimensión de mujer. Estas cartas están concentradas en el exilio, un momento muy particular de su biografía”, dice Pérez Rial. “Las cartas son el corazón del documental, pero hay elementos que las exceden -explica la directora-. Porque parte de lo que me interesaba era el diálogo que se pudiera establecer entre los archivos públicos (entrevistas, conciertos, apariciones en programas de televisión europeos que hizo Mercedes en esos años), y esa procesión que va por dentro que se lee en las cartas. En ese contrapunto se va tejiendo la narrativa de la película. Y el otro elemento que le da cuerpo a la película son las fotos. Rutas, valijas, habitaciones de hotel. Todo eso me llamó mucho la atención cuando comencé a ver el material”.Además de las fotografías, a la directora le sorprendió la cantidad de cartas escritas en bolsas de avión: “Había algo de vorágine de Mercedes, de ir de acá para allá, por sus giras. Como Araceli me contó que le encantaba manejar su auto pero nada de viajar en avión, en algún punto esas bolsas escritas eran su conjuro para olvidarse de que estaba en un avión. Y me recordó un libro de Nick Cave que se llama La bolsa de mareo”.