En el mundo animal, la comunicación suele ser una cuestión de supervivencia. Un rugido, un canto, un color llamativo o una marca en un árbol pueden transmitir información decisiva sobre quién es cada individuo, su estado físico o su capacidad para imponerse a un rival. En la mayoría de los casos, esas señales deben ser fiables, porque si todos los animales exageraran constantemente sus capacidades, el sistema dejaría de funcionar. Sin embargo, un nuevo estudio internacional ha encontrado que algunos osos pardos parecen haber descubierto una forma de sacar ventaja de ese lenguaje. La investigación, publicada en Journal of Mammalogy y con participación del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), ha documentado por primera vez un comportamiento que podría interpretarse como una forma de «engañar» a otros individuos: dejar sus marcas a una altura superior a la que les permitiría su tamaño real para aparentar ser más grandes. El hallazgo no significa que los osos «mientan» en el sentido humano del término, pero sí aporta nuevas evidencias de que su comunicación puede ser mucho más sofisticada de lo que se pensaba hasta ahora. Los osos pardos utilizan distintos sistemas para comunicarse entre sí sin necesidad de coincidir en el mismo lugar. Uno de los más importantes consiste en dejar señales visuales y olorosas sobre árboles, postes o troncos. Cuando un oso se incorpora sobre las patas traseras y se frota contra un árbol, impregna la corteza con sustancias químicas y deja marcas visibles que pueden permanecer durante semanas. Esas señales informan a otros ejemplares de que un individuo ha pasado por allí y, además, ofrecen pistas sobre su sexo, su identidad e incluso su tamaño corporal. Hasta ahora, los científicos consideraban que la altura a la que aparecían esas marcas era un indicador relativamente fiable de la estatura y fortaleza del animal. Un oso grande podía dejar señales más altas que uno pequeño, de modo que otros machos podían valorar el posible riesgo de un enfrentamiento antes incluso de verse cara a cara. Para comprobar hasta qué punto ese sistema era realmente fiable, un equipo internacional monitorizó durante varios años a 164 osos pardos en distintos puntos de la cordillera Cantábrica. Entre 2021 y 2024 instalaron cámaras de fototrampeo en zonas de marcaje habituales, acumulando más de 117.000 horas de grabación. Además, colocaron pequeñas plataformas junto a algunos árboles utilizados por los animales para averiguar si podían aprovechar esos apoyos para modificar la altura de sus señales. El resultado sorprendió incluso a los investigadores ya que aunque la inmensa mayoría de los ejemplares marcaba los árboles de forma completamente normal, siete machos —algo más del cuatro por ciento de los individuos estudiados— utilizaron estrategias que les permitían dejar sus señales mucho más arriba de lo que alcanzarían permaneciendo sobre el suelo. En algunos casos se subían a las plataformas instaladas por los científicos. En otros, trepaban parcialmente por el árbol antes de dejar la marca. Uno de los episodios más llamativos fue el descubrimiento de una señal situada a unos tres metros de altura, una posición prácticamente imposible para un oso erguido sobre sus patas traseras. La presencia de una rama rota justo debajo hizo pensar a los investigadores que el animal había escalado para colocar deliberadamente aquella marca. ¿Por qué asumir ese esfuerzo? La explicación más probable está relacionada con la competencia entre machos. En la naturaleza, un enfrentamiento entre dos osos adultos puede provocar heridas graves e incluso la muerte. Si un individuo consigue convencer a un rival de que es más grande o más fuerte de lo que realmente es, puede evitar el combate y ahorrar una enorme cantidad de energía y riesgo. Los investigadores plantean que este comportamiento podría resultar especialmente útil para machos jóvenes o individuos que todavía no ocupan posiciones dominantes dentro de la población. Así, en lugar de enfrentarse directamente a ejemplares de mayor tamaño, aparentar una mayor fortaleza podría bastar para disuadir a algunos competidores e, incluso, mejorar sus oportunidades reproductivas. El estudio subraya, sin embargo, que este comportamiento fue extraordinariamente poco frecuente. Solo siete animales mostraron este patrón y, además, las observaciones se concentraron en determinados puntos de marcaje. Esa escasa frecuencia resulta clave para comprender el hallazgo. Si todos los osos exageraran constantemente su tamaño, las marcas dejarían de ser útiles como sistema de comunicación. Y, precisamente porque la inmensa mayoría sigue ofreciendo información coherente, una pequeña minoría puede obtener ventajas ocasionales alterando sus señales sin que el conjunto del sistema pierda credibilidad. Este equilibrio entre señales fiables y comportamientos oportunistas constituye desde hace décadas uno de los grandes debates de la biología evolutiva. Los resultados también obligan a replantear la visión tradicional sobre la comunicación animal. Durante mucho tiempo se asumió que determinadas señales relacionadas con el tamaño corporal eran prácticamente imposibles de falsear porque dependían directamente de las características físicas del individuo. Sin embargo, este trabajo demuestra que algunos animales pueden modificar el contexto en el que emiten esas señales para cambiar la percepción que generan en otros individuos. No significa que exista una intención consciente de engañar comparable a la humana, pero sí que determinadas conductas pueden producir un efecto similar desde el punto de vista evolutivo: alterar la información que recibe un competidor. Los autores del estudio insisten en que el trabajo no constituye una prueba definitiva de una comunicación deshonesta en los osos, sino la primera evidencia observacional de un comportamiento que merece seguir investigándose. Aun así, consideran que el hallazgo abre una línea de investigación especialmente prometedora para comprender cómo evolucionan los sistemas de comunicación en especies solitarias y de gran tamaño.