Una final del Mundial de fútbol es como un agujero negro que atrae la materia del universo. La del pasado domingo entre Argentina y España absorbió a los Reyes, Donald Trump y Pedro Sánchez, a Javier Bardem y Penélope Cruz, a Justin Bieber, BTS y Madonna. Como si fuera una aspiradora cósmica, succionó a periodistas, politólogos, cuñados, primos, tertulianos, vecinos, amigos y enemigos de todo el orbe, más redondo y esférico, más global que nunca. Antes del pitido inicial, la final acaparaba todas las miradas. Detrás de las pantallas estaba el planeta entero. Los superlativos cansan, pero en este caso es difícil exagerar. La final era un agujero negro, el ojo de Sauron, si la batalla se hubiera librado en la Tierra Media. Pero como se libró en la comarca de la hispanidad, más bien parecía el Aleph, «uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos», esa «pequeña esfera tornasolada (…) de un brillo intolerable, que permite observar todo el universo al mismo tiempo y desde todos los ángulos, sin superposición». O sea, como se jugaba y aún se sigue jugando en el reino cervantino del imaginario, la final de marras venía y sigue envuelta en expectativas, ilusiones, trampantojos, desengaños y enseñanzas. Lo fácil sería entonces ponerse estupendos y señalar cuánto debe la primera globalización al mundo ibérico. Decir por ejemplo que esta primera final de habla hispana entre Argentina y España venía ya prescrita en los trabajos y los días de los audaces nautas de finales del siglo XV, quienes cruzaron los océanos para que seres y enseres circularan por el globo. Sí, lo fácil sería invocar a Sloterdijk y apelar a las fantasías esféricas del mundo moderno, que comienzan por promesas de gobiernos en ínsulas baratarias y acaban por cosas tan vulgares como querer aparecer en la foto de los campeones o vender tu alma al diablo por unos diamantes. Luego, el balón echó a rodar. Y entonces, durante un buen rato, los aficionados al fútbol nos sentimos un poco como el héroe de 'La cartuja de Parma', Fabricio del Dongo, en la batalla de Waterloo, desorientado, perdido, preguntando dónde tenía lugar la batalla en la que estaba inmerso, sin saberlo. El césped impedía que la pelota corriera. Argentina no jugaba y apenas pegaba. España tocaba y tocaba, esperando que Argentina cayera hipnotizada. Luego llegó el descanso y la modorra dio paso a la pesadilla kitsch, la cosa hortera del show-business. Ahí debo reconocer que me dolió ver a dos futbolistas legendarios como Ronaldinho y Ronaldo convertidos en mascotas de feria . El mundo al revés: donde debía haber espectáculo no lo había y donde debe haber un tiempo para ir a la cocina o al baño, te montan una feria de abril pero de Minnesota. Qué bochorno. Todo esto nos iba dando pistas sobre la imperfecta esfericidad de la Tierra y de las cosas de este mundo, el contraste entre las expectativas (desaforadas) y las realidades (a lo mejor, palmamos). Llegó el segundo tiempo. España empezó a tocar mejor y Argentina también empezó a pegar mejor. Cada uno, a lo suyo. Pero ni así. Llegó la prórroga. Y me he saltado las dos pausas de hidratación, como dice un amigo, el 'deliplus-moment'. Jesús. La prórroga es un momento agónico, ese plazo que nos damos los escritores para entregar ese libro maldito, aquel artículo que se te atascó. O dices lo que tienes que decir en la próxima página o se acabó. Deja de tocar el balón en horizontal, deja ya de hacer frases redondas, deja ya de procrastinar. Di algo de verdad, sin rodeos, sin entretenerte. Di algo sincero, a ser posible denso y a la vez natural. A lo Chéjov. Tira a puerta, por Dios. Y eso pasó. Porro colgó un balón al área, Nico cabeceó hacia atrás y Ferran la empalmó a la red. España metió alguno más, pero el árbitro lo anuló. Argentina ya estaba con 10. Aun así, empujó. Pese a las patadas, la verdad es que ponen el alma, y a un pueblo que ha dado al mundo a Borges y a Messi, hay que respetarlo, qué rayos. El caso es que nada pudo impedir que España se llevara la final y que el país estallara de alegría. Una final como ésta siempre deja argumentos para pensar. Y héroes a los que celebrar. Rodri es tan elegante fuera como dentro del campo, un jugadorazo. Luis de la Fuente, un tipo cabal y un gran entrenador. Ferran, al que la crítica suele despellejar, nos acaba de regalar otra bonita fábula de ese inabarcable pozo de enseñanzas que es el fútbol: a veces los héroes son los subalternos, los marginados, los suplentes, lo que es una noticia esperanzadora para la mayoría de nosotros, pues nos parecemos más a estos que a los titulares y las grandes estrellas. La lectura final no se le escapa a nadie: España es un país bastante digno. Los jugadores de la selección han dado un ejemplo de cohesión, solidaridad y entrega. Un equipo de verdad. Mañana volveremos a descalificarnos, a negarnos el pan y la sal, el deporte favorito de los españoles, por encima del fútbol. Pero si nos fijamos en las virtudes que practican este grupo de jóvenes deportistas, sin necesidad de convertirlos en héroes nacionales, tal vez podamos mejorar un poco nuestro país. Se trata de triangular el balón, cubrir a los compañeros, estar concentrados en lo que estamos haciendo y tener paciencia hasta que llegue nuestra oportunidad. Los goles se hacen esperar, pero cuando se juega bien, llegan.