Se acabó el Mundial, ¿y ahora qué hacemos?

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El Mundial de fútbol 2026 ha vuelto a batir récords: de venta de entradas y de camisetas, de telespectadores, de gasto publicitario, y hasta de pantallas gigantes en plazas de pueblos y ciudades. Las cifras del negocio del fútbol durante este mes largo superan los 13.000 millones de dólares, de los cuales 8.900 provienen del propio campeonato. Cada ciclo FIFA multiplica el anterior, lo que permite volver a dar la razón a Juan Villoro cuando aseguró que Dios es redondo, y también a Pascal Boniface, quien se atrevió a decir que el fútbol es el fenómeno más universal, «mucho más que la democracia o la economía de mercado de las que se ha dicho que no tienen fronteras». A los aficionados no nos impresionan los ingresos y los gastos sino la pasión con la que nos han hecho vibrar algunos equipos y algunos de sus componentes, de los que hemos memorizado sus gustos, conocido sus manías y hasta su música favorita. Son los héroes contemporáneos, ídolos y paladines de una sociedad ayuna de referentes. Ya lo dijo Vázquez Montalbán en su libro 'El delantero centro fue asesinado al atardecer': «El héroe deportivo sustituye a los napoleones locales», y a los que se pretenden universales. Cada uno de nosotros – que llevamos dentro un entrenador- hemos escrito nuestra alineación ideal de este mundial yankee, en la que, además de Messi, Mbappé, Haaland o Bellingham al menos, deben figurar tres o cuatro jugadores de la selección española , conocida por la Roja desde los Juegos de Amberes de 1922, pues la «sangre de toro» es el color que nos identifica. Cada uno de nosotros atesora en su interior un árbitro. Aún resuena en nuestros oídos el penalti no pitado a Luis Enrique en el Mundial del 94 tras ser derribado en el área por Tassotti, pero de este retendremos los errores que se han llevado por delante a Egipto, a Suiza y casi a España. Cada uno de nosotros es también el mejor cronista, lo que nos permite hacer un podio con el nuevo despertar africano, con los tres más intensos partidos (y entre ellos el Argentina-Cabo Verde) y mandar al infierno algunos rácanos empates y entradas a destiempo. Dentro de cuatro años, en España se pondrá en marcha una nueva edición de la World Cup, la veinticuatro. Queda mucho. Tras un mes largo en vela, absorbidos por la pelotita, esta desaparece de nuestras vidas. Volvemos a una extenuante rutina exacerbada por las sucesivas oleadas de calor. ¿Cómo sobrevivir sin fútbol, sin ver ni hablar de fútbol, que como escribe Philip Kerr en 'Falso nueve', «es, de hecho, lo más importante del mundo»? La finalización del Mundial nos deja en completo silencio. Los futboleros nos quedamos sin el lenguaje del balón. Hemos gozado día a día de hasta tres partidos a horas variopintas y bastante forzadas para la vida sana y ordenada. Pero llegó el apagón y la televisión retorna a melodramas, concursos y otros espacios que se dicen de entretenimiento pero que son perfectamente prescindibles. No logro soportarlo. Me deprime, y naturalmente desconecto cuando comienza la ceremonia de clausura llena de luz y color, una suerte de éxtasis audiovisual, de fuegos de artificio y música pegadiza. Debería suprimirse. Sin más. No hay nada que celebrar, pues el final de la World Cup nos deja huérfanos, hasta que la Liga nos saque del letargo. Y es que como Blas Pascal refleja en uno se de sus 'Pensamientos' necesitamos no aburrirnos jugando todos los días un poco.