El deporte que nos une también nos interpela

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En primer lugar, enhorabuena a la selección española por conquistar su segunda estrella mundial. Un logro histórico que vuelve a demostrar el enorme talento del deporte español y que, además, refleja la pluralidad, la diversidad y la riqueza de una sociedad que avanza y que se reconoce en un equipo formado por personas de diferentes orígenes, trayectorias e identidades.Sin embargo, las celebraciones de ayer también dejan cuestiones que no podemos ignorar.El fútbol sigue siendo, por desgracia, un deporte que en demasiadas ocasiones va acompañado de comportamientos violentos que nada tienen que ver con los valores que debería transmitir. Es un problema estructural que se manifiesta de distintas formas. Sabemos, porque así lo muestran numerosos estudios, que cuando una selección pierde una competición importante aumentan las denuncias por violencia machista en el país derrotado. Y cuando se gana, la euforia colectiva también puede derivar en conductas incívicas, daños al patrimonio público o episodios de violencia.No es una casualidad. Es un reflejo de una sociedad que todavía tiene mucho trabajo por hacer en la gestión de las emociones, en la educación en valores y en la convivencia. Por eso, este debate no puede reducirse a señalar a quienes ayer celebraban una victoria. Debe servir para preguntarnos qué estamos haciendo como instituciones y como sociedad para prevenir estas situaciones.Porque mientras ese trabajo de fondo da sus frutos, las administraciones tienen la obligación de anticiparse a escenarios previsibles. Y ahí es donde el Gobierno municipal de Jerez suspendió.El Ayuntamiento organizó una pantalla gigante en la Alameda Vieja para seguir la final. Era evidente que, en caso de victoria, miles de personas saldrían a celebrar el triunfo. No hablamos de un escenario imprevisible, sino precisamente del desenlace que todos deseábamos. Resulta difícil comprender que no se contemplaran medidas preventivas para proteger espacios especialmente sensibles, como la fuente de la Plaza del Mamelón, que terminó sufriendo daños y convirtiéndose en uno de los principales puntos de concentración. Del mismo modo que se planifica la instalación de una pantalla gigante o un dispositivo de tráfico, también debe planificarse la protección del patrimonio público. Cercar la fuente o establecer un perímetro preventivo habría sido una medida sencilla y de sentido común que probablemente habría evitado lo sucedido.La política no consiste únicamente en reaccionar cuando los problemas ya se han producido; consiste, sobre todo, en prevenirlos. Y cuando un gobierno no es capaz de anticiparse a una situación tan previsible como la celebración de un título mundial, cabe preguntarse si la planificación estuvo realmente a la altura de las circunstancias.Pero igual de preocupante fue la respuesta posterior.Las imágenes de la intervención policial, con un despliegue de antidisturbios utilizando la fuerza para dispersar a la multitud, vuelven a abrir un debate necesario sobre la proporcionalidad en el uso de la fuerza. Entre quienes estaban celebrando había, en su inmensa mayoría, niños, niñas, adolescentes y familias. Evidentemente, cualquier conducta violenta o vandálica debe ser atajada y quien cause daños debe asumir su responsabilidad. Pero la respuesta institucional no puede descansar exclusivamente en la fuerza.OpiniónAndalucía: ¿entre la resignación y la esperanza? David García TorreónLa violencia no se combate generando más violencia. La seguridad es imprescindible, pero también lo son la prevención, la mediación y una planificación adecuada que evite llegar a situaciones donde la única respuesta parezca ser el despliegue de antidisturbios y el uso de las porras.Lo ocurrido ayer deja una lección evidente: el gobierno del Partido Popular en Jerez falló tanto en la prevención como en la gestión posterior de los acontecimientos por no prever un escenario perfectamente imaginable. La instalación de una pantalla gigante para congregar a miles de personas y disfrutar del evento no fue acompañada de impulsar un dispositivo coordinado de seguridad, y de protección del patrimonio, cómo se realiza en otros grandes eventos, lo que propició una respuesta que, lejos de rebajar la tensión, contribuyó a incrementarla.Las instituciones tienen el deber de trabajar sobre las causas profundas que siguen relacionando el fútbol con determinadas expresiones de violencia, ya sea machista, contra el patrimonio o contra las personas. Pero también tienen la obligación de gestionar los acontecimientos con inteligencia, anticipación y proporcionalidad. Gobernar es prever, y cuando esa previsión falla, la ciudadanía tiene derecho a exigir responsabilidades políticas y, sobre todo, a reclamar que se aprenda de los errores para que no vuelvan a repetirse.Ojalá llegue el día en que celebrar una victoria deportiva solo signifique compartir la alegría colectiva, sin daños, sin miedo y sin violencia. Ese debería ser el verdadero objetivo de cualquier sociedad democrática. Mientras tanto, seguiremos necesitando instituciones que estén a la altura de ese reto.