Hace exactamente un mes la vida de miles de venezolanos daba un giro radical cuando la tierra se sacudió de tal manera que cambió para siempre el destino de muchos de sus ciudadanos. Con más de 5.340 muertos y casi 50.000 desaparecidos, el terremoto que tuvo su zona cero en La Guaira derribó edificios como un castillo de naipes y dejó a mucha gente sin su vivienda y sin seres queridos. Para atajar esta emergencia por la catástrofe, se desplazaron hasta el terreno organizaciones como Cruz Roja Española, en cuya expedición está la trabajadora social y antropóloga sevillana Anabel Suárez , que aterrizó en tierras venezolanas el 5 de julio. Desde entonces, la magnitud de la tragedia sigue estando muy presente en el día a día. «Las necesidades son bastante elevadas. Hay muchas personas que han perdido sus medios de vida, su vivienda y, lo más impactante, seres queridos. Incluso un mes después todavía se continúa buscando entre los escombros. La tristeza y la incertidumbre siguen muy presentes », explica Anabel, que desarrolla su labor en el hospital de campaña instalado en Macuto y en el Hospital San José de Maiquetía. Y es que el paso del tiempo no ha mitigado aún la necesidad de ayuda y asistencia de los venezolanos, ya que «las consecuencias son todavía muy elevadas y hace falta mucho tiempo de intervención para la recuperación de esta situación». El trabajo de Anabel cobra especial importancia en catástrofes de este calibre. Cada día recibe a personas derivadas por los equipos médicos o que solicitan directamente ayuda emocional. «Ahora mismo ofrecemos principalmente atención individual , acompañando a las personas en la gestión de emociones y reacciones que son completamente normales ante un evento de estas características», señala esta cooperante que ha estado en otros terremotos como el de Haití o Pakistán. Pero, ¿cuáles son las consecuencias de una tragedia así en las personas? Anabel lo explica tras la llamada de ABC. «Nos encontramos con personas que no quieren dormir porque tienen miedo a que vuelva a producirse otro terremoto. También están muy pendientes de recuperar a sus familiares o preocupadas por haber perdido su vivienda o su forma de ganarse la vida», relata. Toda esa hipervigilancia deriva con frecuencia en insomnio, pérdida del apetito o en una profunda tristeza. Para luchar contra eso, esta sevillana afirma que «nuestro objetivo es ofrecer un espacio donde puedan comprender que esas reacciones forman parte de una respuesta natural». La atención a los menores víctimas de este terremoto requiere de un enfoque diferente, ya que estos asimilan las tragedias de forma diferente y se actúa con ellos a través del juego. «Intentamos trabajar siempre con la familia y crear espacios lúdicos porque ellos procesan mucho a través del juego. Los cuentos, los dibujos o las actividades les ayudan a expresar lo que sienten y a evitar problemas mayores en el futuro», explica Anabel. También insiste en la importancia de protegerlos de la sobreexposición a imágenes e información que circulan por redes sociales y medios de comunicación, ya que pueden incrementar su impacto emocional. Por el hospital donde trabaja Anabel han pasado muchas historias personales, pero hay una que le ha marcado particularmente. Fue la de un matrimonio de edad avanzada que ya había sufrido otra gran tragedia en 1999, cuando un devastador deslave golpeó la misma región. «Lo que más me impactó fue pensar que tenían que reconstruir su vida por segunda vez. Se les percibe más cansados, pero al mismo tiempo son personas con una enorme resiliencia. Siempre terminan la conversación con un mensaje de esperanza y eso también supone un aprendizaje para nosotros», afirma. Vivir una situación tan dramática como la que afecta a Venezuela este último mes inevitablemente deja marca en quienes acuden a ayudar. Por ello, la propia Cruz Roja dispone de programas específicos para cuidar emocionalmente a sus propios equipos . «Nos ofrecen un servicio de ventilación emocional y de acompañamiento para que podamos procesar todo lo que vivimos durante la intervención. Además, aquí se fomenta mucho el apoyo entre compañeros porque también quienes estamos en primera línea necesitamos cuidarnos», destaca esta sevillana que está curtida en situaciones como esta. Sin embargo, reconoce que pocas experiencias alcanzan la dimensión humana de la que vive ahora en Venezuela, donde cada jornada confirma que, cuando los focos mediáticos apuntan ya a otro lado, es cuando comienza el proceso de reconstruir no solo casas, sino también personas.