Las puertas, esas grandes olvidadas de la historia, nos acompañan desde que el ser humano decidió que su cueva o su choza necesitaban algo más que un simple agujero para protegerse del frío y de los animales. Sin embargo, lo verdaderamente fascinante no es la puerta en sí, sino ese pequeño artefacto que accionamos casi de manera automática cientos de veces al día: el pomo. Y es que durante miles de años abrir una puerta era una tarea bastante más rudimentaria. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, las puertas eran losas pesadas de madera o piedra que se movían mediante pivotes insertados en el suelo y el dintel. Para abrirlas bastaba con empujar o tirar de ellas. En Mesopotamia, Grecia... Ver Más