Eduardo Castro es uno de los nombres más conocidos del sector de la motocicleta en Sevilla . Al frente de Eduardo Castro Motos , ubicado en el Parque Empresarial Carretera Amarilla (Avenida de Andalucía), ha consolidado un concesionario de referencia que, sin embargo, nació de una forma mucho más modesta. El empresario comenzó desde cero, cuando todavía era un joven mecánico autodidacta que reparaba motos sin grandes medios ni instalaciones. Esa etapa inicial la ha recordado el propio Eduardo Castro en una serie de vídeos publicados en las redes sociales de la empresa . En ellos explica cómo convirtió el salón de su casa en su primer taller, donde empezó a arreglar motocicletas antes de dar el salto a un negocio que, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en Eduardo Castro Motos. «Aquí fue donde yo, con 16 años, empecé con mi taller , con un juego de llaves y varias cosas que teníamos en aquel momento», cuenta Eduardo desde la entrada de su antigua casa en El Palmar de Troya. Seguidamente, hizo un repaso de su vida desde muy pequeño, explicando que «yo nací en las Incinillas y con seis años ya nos desplazamos al Palmar de Troya, que compramos esta choza. Con mi hermana que tiene 21 meses menos que yo, mi madre, mi padre y mi hermano, que tiene seis años menos, que venía recién nacido». Continuó diciendo que « estuve en el colegio de seis a diez años , que además me fue bastante bien porque había unos maestros estupendos que me enseñaron muchísimas cosas en poco tiempo. Entonces, vieron que podía estudiar y me dieron buenas trazas para eso. Me consiguieron una beca en los Salesianos de Utrera. Desgraciadamente, no había dinero para poderlo hacer. Tenía que aprender un oficio o al campo . Y yo al campo... Siempre he tenido muy claro que no quería». Fue entonces cuando « me fui a un taller de coches , el Taller de Curro, que me trató como un hijo. Estuve con ellos hasta los 16. Y, entremedias, a la hora de comer, ayudaba aun panadero que venía a repartir pan, a conducir el Land Rover. También, por las noches, cuando cerraba el taller, me iba al cine a ayudar al operador a cerrarlo. Y en mis descansos me iba al bar, a estar en la caja, porque el dueño decía que de quien se fiaba era de mí». Con lo cual, y es algo que lamenta Eduardo, «en mi vida, no me dio tiempo a jugar; cuando mis amigos jugaban, yo trabajaba. Y todo lo que ganaba era para mi casa porque era poco, pero hacía mucha falta ». Siguiendo con su vida profesional, Eduardo cuenta que «me fui del taller porque vinieron los inspectores y en aquellos momentos yo no estaba asegurado . Para todo el mundo era igual, pero bueno. Entonces tuve que parar. El panadero al que ayudaba me quería ayudar y me dijo 'Eduardo, tú lo que tienes que hacer es montar un taller porque tienes muchos clientes a los que ya arreglas la moto '. Ese hombre fue el que me ayudó y me dijo 'vamos a Sevilla, a la ferretería Martillo, te voy a comprar todo lo que tú quieras y, si no puedes pagármelo, ya me devolverás las herramientas, que me hacen falta para mi casa'. Era mentira. Él lo que quería era comprar más cosas». Entonces, como le aconsejaron, fue a Sevilla, «compré en aquel momento, con 1.500 pesetas, un juego de llaves, una segueta, un tornillo... Lo demás, lo hice yo aquí. De madera hice un banco, la tabla donde poner las herramientas... Todo eso lo hice yo». Eso sí, Eduardo no esconde que « me daba miedo por si no era capaz de pagar o de llevar un negocio . Igual que me daba miedo cuando me casé por tener hijos, que no sabía si iba a criarlos bien. Todas esas cosas siempre las he tenido, soy muy precavido. Aquello me lo pensé una semana o por ahí, y le dije que aceptaba que me ayudase. Y en una semana le pagué las 1.500 pesetas». Ya con el taller montado «a mi madre conseguí convencerla, porque ella siempre ha confiado mucho en mí, de que ella no tenía que trabajar; que me ayudara a mí, que tenía que arreglar muchas motos en el día para ganar dinero , así que no hacía falta que ella trabajara. En poco tiempo pagamos a Conrado, que fue el que nos dio el dinero para hacer la casa, pagamos a la tienda, nos quedamos a cero y, más adelante, compramos una nave que hay aquí. Compramos un solar e hicimos una nave». Por último, recuerda que «la gente estaba acostumbrada a que yo les arreglara las motos. Entonces, vino muchísima gente, también de pueblos de cerca. Ahí ya empezamos a coger fama . También me iba por las noches a los poblados, a vender motos cuando no tenía mucho trabajo».